Tengamos cuidado de no cuidarnos

En asuntos políticos, al final, todos tenemos la razón; la diferencia entre unos y otros es que, en ocasiones, algunos la tuvimos a tiempo y otros cuando ya no hay remedio

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No queda claro si la política mexicana se ha perfeccionado o si va en decadencia. Los signos indicadores son confusos y enigmáticos. Es cierto que ha mejorado la democracia, pero es innegable que ha decaído la gobernabilidad. Es indiscutible que se ha incrementado la participación,  pero también que ha disminuido la efectividad. Desde luego, vivimos en un sistema más moderno, pero no todos estamos seguros de que sea más civilizado.

Por eso, los tiempos actuales obligan a un esfuerzo adicional de responsabilidad y de conciencia frente a los asuntos de la política. Quizá estas palabras adquieran mayor claridad cuando se contrastan frente a sus antónimos: La irresponsabilidad y la inconsciencia

La irresponsabilidad no es más que la falta de previsión de nuestra propia conducta.  Es grave, desde luego, tratándose de los  hombres comunes, lo mismo se concretice en un desliz indebido que en una farra amiguera y que en un despilfarro irreflexivo.

Sin embargo, puede resultar catastrófica en los hombres de Estado.  Es ella la que se revela en una guerra innecesaria, en una designación equivocada o en la expedición de una ley perversa.  Es la irresponsabilidad política la que derrumba economías, la que condena a varias generaciones, la que fractura el régimen de gobierno, la que altera el orden de convivencia, la que socava los cimientos sociales.  Por ello es tan pecaminosa cuando se instala en los hombres públicos.

Parecida a la irresponsabilidad es la inconsciencia, sólo que aquella es una perturbación de la voluntad y esta es una perturbación del conocimiento.  Aquella es una afectación del querer.  Esta lo es del saber.  El irresponsable no quiere cumplir sus obligaciones.  El inconsciente no sabe cuáles son sus obligaciones.

En los hombres de Estado, estas desviaciones suelen presentarse como desalineaciones ideológicas. Pongamos un ejemplo. Para un gobernante neoliberalista, la pobreza es un asunto no preponderante en su agenda de aplicaciones.  No es que no le interese o que no le preocupe, o que no quisiera que se superara, pero no considera que sea su responsabilidad fundamental.  Por ello, en un país sin pobres, o con muy poca cantidad de ellos, ser neoliberalista es, simplemente, una posición ideológica, pero en un país como México, con un 54% de pobres, ser neoliberalista es una inconsciencia brutal.

En otro sentido, existe la percepción generalizada de que no todo va mal, pero que no todo va bien.  Que en México va muy mal la pobreza, va muy mal la seguridad y va muy mal la justicia.  Esa combinación ha sido más que peligrosa a través de la historia, pero además pareciera que también va muy mal la política.  Esta sería una especie de alarma sísmica.  Cuando la política va bien, todas nuestras crisis pueden tener solución.  Cuando la política va mal, hasta lo que hoy es sano puede enfermar mañana porque, hoy en día, existen muchos mexicanos que no saben todavía, en realidad, qué tipo de país queremos.

Por eso, hay que esmerarnos en la política como el ejercicio de la noble tarea del entendimiento, del diálogo, del convencimiento, del arreglo, de la tolerancia, del respeto y de la concordia.  El valor de la política es lo único que nos podría alejar de la barbarie, de la sinrazón y de los odios.

En este sentido, nuestro itinerario no tiene extravío posible.  O revitalizamos nuestra previsión, y nuestra provisión, para asegurar nuestro progreso, nuestra mejoría y nuestro perfeccionamiento, o el síndrome, infalible, de nuestra decadencia se instalará sin solución y sin remedio.

Son estos los tiempos, y son estos los eventos, para tomar aliento y refresco.  Para imaginar nuestro posible futuro.  El que nosotros sepamos elegir.  El  futuro prometido por una sociedad perfeccionada a base del respeto, de la solidaridad, de la generosidad y del humanismo que seamos capaces de generar. O el futuro amenazado por una edad media de alta tecnología a fuerza de haber entronizado nuestro egoísmo, nuestro capricho y nuestra crueldad.

Es muy claro, y ya no podemos disimular, que si no cuidamos la ciencia nos vamos a degradar.  Si no cuidamos el arte nos vamos a embrutecer. Si no cuidamos nuestra convivencia nos vamos a aniquilar.  Si no cuidamos la economía nos vamos a empobrecer.  Si no cuidamos nuestras convicciones nos vamos a traicionar.  Si no cuidamos nuestra generosidad nos vamos a envilecer.  Si no cuidamos nuestras esperanzas nos vamos a desahuciar.  Si no cuidamos la justicia nos vamos a corromper.  Si no cuidamos nuestros orgullos nos vamos a humillar.  Y si no cuidamos la política nos vamos a destruir.

A través del tiempo me he formado la convicción de que en asuntos políticos, al final, todos tenemos la razón.  La diferencia entre unos y otros es que, en ocasiones, algunos la tuvimos a tiempo y otros cuando ya no hay remedio.

 

 

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Si bien es cierto que ha mejorado la democracia en México, es innegable que ha decaído la gobernabilidad

 

 

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Tiempos actuales obligan a un esfuerzo adicional de responsabilidad y de conciencia frente a los asuntos de la política

 

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En los hombres de Estado, desviaciones suelen presentarse como desalineaciones ideológicas

 

 

 

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