No son tiempos de traiciones ni deslealtades

Se trata, sin duda, de meras especulaciones a partir de las contradicciones entre los hechos y algunas posturas públicas de López Obrador, obligado a mantenerse públicamente optimista y a repetir que la crisis será transitoria

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Contra lo que el Presidente López Obrador asegura de que en su gobierno todos están aplicados de tiempo completo para atender la emergencia que será transitoria y asegurar la eternidad a la Cuarta Transformación porque, a pesar de los pesares, no hay la intención de regresar a los tiempos aciagos del imperio de la corrupción e impunidad, no es secreto de Estado, de que en su gabinete hay quienes han pensado en desertar.
Si así fuera, es de entender; sin embargo, no son momentos para abandonar un barco que, conforme a “neoliberales, corruptos, conservadores y politiqueros”, empieza a hacer agua debido a las crisis encimadas de la guerra petrolera (esta parece estar ya en proceso de paz) y de la pandemia del coronavirus que ya cobra víctimas mortales en México.
Si para salvarse se echaran al agua, los mexicanos les demandaríamos lo que, fuese cual fuese su justificación, sería un acto de cobardía y deslealtad, lo menos.
La historia sería más que severa con quien huya en momentos de emergencia, y con razón, aunque es posible que, a diferencia de su jefe, les importe un comino cómo pasarán a la historia.
El pretexto fundamental para hacerse de lado sería que la realidad los rebasó, que no imaginaban los imprevistos de la responsabilidad que aceptaron cuando fueron invitados a transformar el régimen.
Erradicar la corrupción y perseguir a los corruptos parecía juego de niños, pero enfrentar al unísono una pandemia y la caída de los precios del petróleo son palabras mayores.
El país al que, mucho antes de la embriaguez del triunfo en las elecciones de julio de 2018, se comprometieron a transformar para siempre, no es el mismo que les tocó gobernar y que, evidentemente no pueden, por no estar preparados para escenarios como los creados por la caída de los precios petroleros y la pandemia del coronavirus que tiene de cabeza a la mayoría de los gobiernos en el mundo, se trate de democracias o dictaduras.
Pero, según se dice, hay un agravante adicional. Conforme susurran los inconformes en el gabinete presidencial, si López Obrador no es de fácil trato en situaciones normales, lo es peor en las extraordinarias.
Lo que ocurre en las conferencias mañaneras de prensa cuando pierde el buen humor y a las preguntas difíciles contesta descalificando a sus críticos con sus ya clásicos adjetivos y chascarrillos, o en minutos rompe las treguas por él mismo propuestas, es un pálido reflejo de lo que pasa en el trato cotidiano del jefe con sus subordinados.
Mayor y entendible es el enojo presidencial si en momentos como los que vivimos, en los que se conoce realmente de qué están hechos quienes lo rodean, descubre desilusionado haberse equivocado en la selección de algunos en los que creyó que con un poco tiempo en el gobierno aprenderían y le harían más llevadero el ejercicio del poder.
EL QUE MANDA, MANDA
La verdad sólo la conocen ellos, ni siquiera los beneficiaros de sus filtraciones, de tal suerte que todo lo que se diga y escriba sobre lo que ocurre en los salones y pasillos del Palacio Nacional se reduce a simple chismorreo.
No obstante, hay hechos emblemáticos que sirven para sospechar que existe algo más que especulación.
Por ejemplo, si el secretario de Relaciones Exteriores se convierte en vocero de la política interior para enfrentar al coronavirus no es solo porque Marcelo Ebrard tenga la experiencia adquirida en 2009 cuando inició las medidas que hoy se adoptan para frenar la propagación del contagio del virus de la influenza, ni tampoco por su indudable capacidad para comunicar.
Si se convirtió en la estrella de la función del lunes 30 de marzo, desplazando incluso al subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, fue porque así lo decidió el Presidente y porque la Secretaria de Gobernación no abrió la boca para reclamar una tarea que constitucionalmente era suya por su condición de jefa del gabinete. Si Olga Sánchez Cordero reclamó su derecho, nadie lo sabe.
El que manda, manda y, si se equivoca, vuelve a mandar, nos decían en los tiempos juveniles; eras tú el que decidía si aceptabas las reglas o te ibas de casa a jugártela por tu cuenta.
Para consuelo de muchos no basta con decir que a doña Olga no es a la única a quien le ocurre.
Si de floreros se trata, no se entiende que siendo empresario el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo, no pueda explicar a sus pares de la industria privada por qué sus consejos no son escuchados por su jefe y que a las decisiones prácticas se impongan las ideológicas.
Ya no vale la pena hablar del NAIM y Santa Lucía, por ejemplo. Los últimos días han sido de constantes desencuentros entre los capitanes de la iniciativa privada y el Presidente, no obstante las reuniones para conciliar posiciones. Es probable que los únicos en ser escuchados han sido los concesionarios de la radio y la televisión (magnates como Ricardo Salinas Pliego, Emilio Azcárraga Jean, Bernardo Gómez, Francisco Aguirre, Rogerio Azcárraga, etcétera) a quienes les regresan los tiempos oficiales a fin de que, comercializándolos, puedan capitalizarse.
Se espera que este domingo la supuesta influencia de Romo sobre su amigo y jefe se refleje en las disposiciones que anunciará para paliar la crisis que ya están sufriendo otros empleadores con menos recursos que los dueños de la radio y la televisión.
El discurso oficial es el mismo para explicar la cruzada para desterrar la corrupción de la vida pública y evitar que nunca más pueda darse la complicidad entre servidores públicos y la iniciativa privada, y con esos argumentos se anuncia que nunca más habrá nuevos fobaproas o condonación de impuestos.
El problema es que nadie pide una cosa u otra. A partir de la crisis económica desatada por la pandemia, el ruego de los empresarios se reduce a crear condiciones para preservar el empleo, como diferir dos o tres meses a personas físicas y morales las fechas del pago al SAT o, en todo caso, puedan cumplir con las obligaciones fiscales en mensualidades.
Nada consiguieron los empresarios el jueves, excepto la promesa de que Nacional Financiera ayudará con créditos a pequeñas y medianas empresas.

EL ESTOICO DEL GABINETE
No le va mejor al secretario de Hacienda, Arturo Herrera. A menos que los hechos lo desmientan, todo indica que regresamos a los tiempos en que la economía se dirigía desde Los Pinos (hoy sería en Palacio Nacional) y no en la Secretaría de Hacienda.
Hace tiempo hemos dicho aquí que por lealtad y agradecimiento al Presidente, Herrera no seguía el camino de su antecesor Carlos Urzúa y estaba dispuesto a esperar condiciones adveras para dejar de ser el cajero nacional y le regresaran sus responsabilidades, y jugársela hasta el final.
Su antecesor abandonó el barco para convertirse en feroz crítico del gobierno al que sirvió, pretextando la toma de “decisiones de política pública sin el suficiente sustento” y por su convencimiento de que “toda política económica debe realizarse con base en evidencia, cuidando los diversos efectos que ésta pueda tener y libre de todo extremismo, sea éste de derecha o de izquierda. Sin embargo, durante mi gestión las convicciones anteriores no encontraron eco (amén de que le)… resultó inaceptable la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública”.
Como decía, fuentes cercanas a Herrera lo colocaban a la espera de que las circunstancias económicas empezaran a salirse de control a fin de que le dejaran la conducción, pero nunca imaginó escenarios como el decrecimiento de -3.9 por ciento que anunció en los Precriterios Generales de Política Económica que entregó al Congreso de la Unión en vísperas del informe trimestral del Presidente.
Sin coronavirus y sin guerra de precios petroleros, el secretario de Hacienda sabía que las cosas se pondrían feas, pero no tanto. Y terminó por convencerse de lo grave de la circunstancia cuando horas después de entregar al Congreso sus Precriterios, López Obrador los desestimó en la conferencia mañanera.
Nunca imaginó escuchar a su jefe negar haber tenido conocimiento previo de lo que “esté planteando Hacienda… No he visto lo que propusieron, lo voy a revisar, pero sí les digo que soy optimista”, dijo el Presidente.
Pero López Obrador no se quedó ahí: también reveló que “ahora tampoco coincido (con Herrera). Para empezar, no existe normalidad económica. Por razones obvias todo está alterado. Yo, por ejemplo, sostengo que el precio del petróleo va a aumentar (como ha ocurrido)…”.
Y como si fuera poco, no se le hizo “correcto” que Hacienda hiciera pronósticos para 2021cuando aún estamos “en el primer trimestre del 20”.
Pero más allá de lo que sepa o ignore sobre cuestiones económicas, es grave que López Obrador no estuviese enterado de lo que su secretario de Hacienda entregó al Congreso de la Unión (“no he visto lo que propusieron”).
Se antoja imposible que Herrera se fuera por la libre, aunque…
Si hubiese necesidad de calificarlo, diríamos que el secretario de Hacienda es el estoico del gabinete y que se ha resignado a que en cada ocasión que abre la boca el Presidente hable en sentido contrario. Y esto ocurre desde que era subsecretario con Urzúa.

LA TOALLA EN SU LUGAR
Así las cosas, se han desatado rumores sobre renuncias de Sánchez Cordero, Romo y Herrera, por no hablar de muchos otros cuyo peso no es tan significativo, pero se trata, sin duda, de meras especulaciones a partir de las contradicciones entre los hechos y algunas posturas públicas de López Obrador, obligado a mantenerse públicamente optimista y a repetir que la crisis será transitoria y que “vamos a recuperarnos, vamos a estar sanos y salvos, se va a reactivar la economía y regresará la confianza, la alegría, la felicidad en nuestro pueblo”.
Si así va a ser, entonces no habría razón para que algunos miembros del gabinete estuvieran pensando en tirar la toalla a menos que, como amplios sectores de la población, tengan otros datos y estén convencidos de que antes de la normalización correrá largo tiempo y que los más nos veremos obligados a hacer esfuerzos sobrehumanos para sobrevivir.
Y que, si Hugo López-Gatell no se equivoca, como en 2009, en el camino perderemos muchas vidas.
Sin embargo, debo decirlo, ni Sánchez Cordero, Romo o Herrera, me gustan para traidores o desleales. Sus historiales personales hablan de otra cosa.
Podrán estar desconcertados por algunas decisiones de su jefe contrapuestas a lo que ellos proponen; molestos por la intromisión de compañeros de gabinete en sus tareas; en desacuerdo con la explicación de que, para asegurar la eternidad a la Cuarta Transformación, la pandemia y sus secuelas en vidas y crisis económica para las mayorías, vino “como anillo al dedo” al grupo gobernante, y desde luego asustados por el tamaño de la responsabilidad que de pronto se posó sobre sus hombros, muy diferente a la platicada cuando les fue ofrecida la oportunidad de jugar en las ligas mayores.
Pero dadas las aficiones beisboleras de su jefe, supongo saben que el juego no termina sino hasta que el “ampayita” canta el último out, y que nadie se va a los vestidores por propia decisión, sino cuando lo mandan a la regadera, por muy encabronado que pueda estar.

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