Familia petrolera de luto por Marco Murillo

A Blanquita, Gaby y Ale Murillo Alencaster, con inmenso cariño

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¿Qué se traerá la muerte que con apenas 4 días de distancia se lleva a dos de mis mejores amigos?

El pasado martes 14 murió Chamín Correa y este sábado Marco Antonio Murillo Soberanis.

Antes de mencionar, sólo de pasada, la valía de Marco para el país, tanta que, de existir justicia, lo haría merecedor al honor de contar, por lo menos, con una placa en la torre de Pemex o con un monumento al lado del busto de Lázaro Cárdenas, prefiero recordarlo como era, con su inseparable cigarro, y su vaso de vodka con agua y jugo de arándanos, bailando mientras cantaba las frases premonitorias de Espinoza Paz:

“Sé que nada pasará si mañana no me ves… me haré pasar como un nombre normal que puede transmitir que no se siente mal, y voy a sonreír para que pase desapercibida mi tristeza…”.

Marco Murillo Soberanis era todo, menos un hombre normal.

“¿Para ​quién trabajas?”, preguntó Emilio Lozoya a Marco Antonio, y el entonces subdirector de Relaciones Laborales de Pemex contestó a su jefe: “No se equivoque, Director; ¡para la empresa!”.

Y así era. A él y a la estrecha, entrañable, relación que entabló con la familia petrolera, muy en especial con la dirigencia del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana, encabezada por Carlos Romero Deschamps, Manuel Limón y Fernando Navarrete, se debe que, en el sexenio pasado, Pemex no cayera en huelga en cada revisión contractual, con la consecuencia, irremediable, para el país de que la economía se fuera al abismo.

Sólo en ese episodio, las negociaciones llegaron a tal nivel que el sindicato impuso dos prórrogas en la negociación de las pensiones, y si no hubo una tercera y, después, la huelga, con los petroleros manifestándose en los centros de trabajo y en las calles del país, fue porque Romero Deschamps y Murillo acordaron los términos finales que Lozoya, Luis Videgaray y el Presidente Peña Nieto terminaron por aceptar.

No faltará quien me diga que exagero, pero conozco la historia del que, con inmensa generosidad, me decía “mi hermano” porque lo era por herencia de su hermano Manlio Fabio, aquel delegado en Milpa Alta de Ramón Aguirre cuando fue jefe del Departamento del DF, y por Carlos, Mi General.

A sus capacidades profesionales, a su incomparable conocimiento de la realidad de Pemex, a ese tan personalísimo don con que la vida lo dotó para contagiar confianza y su decisión inquebrantable de cumplir compromisos, se debe que Pemex superara los momentos más cruentos desde que, en 2002, fue nombrado gerente corporativo de Recursos Humanos y, con los años y una inquebrantable lealtad a Pemex, ascendiera a Director Corporativo en Administración con Carlos Treviño, puesto que ocupó hasta el último día de diciembre de 2018, cuando la empresa ya era dirigida por Octavio Romero Oropeza.

En realidad no se necesita placa ni monumento para que la familia petrolera lo recuerde. Cuando al inicio del sexenio lo jubilaron, en el patio de la torre que construyó Jorge Díaz Serrano, los trabajadores, encabezados por Héctor Sosa, se arremolinaban para abrazarlo. Todos le daban las gracias y ni siquiera identificaba a la mayoría de los que no lo dejaban avanzar hasta la reja para pisar la banqueta y decir adiós a su amada empresa.

No, no fue un hombre normal; no podía serlo con esa inmensa generosidad que hizo estallar su corazón ¡cuando hacía ejercicio!

Y tan no lo fue que Juan Manuel despidió a su tío escuchando a Pink Floyd cantar “quisiera que estuvieras aquí…”.

Y se fue quedándome a deber una comida, planeada para la semana próxima, pero la importante la tuvimos cuando fui su prestanombres para evitar el celo de subordinados de Emilio porque Romero Deschamps y el sindicato petrolero querían agasajarlo por su cumpleaños.

Cumplía años el 30 de agosto y no había manera de organizar el evento hasta que nos pusimos de acuerdo para hacer como que la comida era para mí.

Para nuestra suerte, el 27 de agosto me habló el Presidente Peña Nieto y le pedí el favor de ordenar al director de Pemex asistir al evento que, lo sabrá hasta hoy si me lee en donde esté, era para Marco.

Erwin Lino recordará que me habló para confirmar la asistencia de Lozoya. Ya en la comida, Emilio se percató de qué se trataba y pronunció palabras elogiosas para quien poco después salvaría, con Romero Deschamps y Fernando Navarrete, las negociaciones sobre las pensiones.

No, Marco no fue un hombre normal, pero no le quedan las palabras de Espinoza Paz porque imposible que nada pase si mañana no lo vemos. Y no, no podrá pasar desapercibida la tristeza que por no verlo más nos embarga a sus amigos, sus muchos hermanos.

 

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