EN VERACRUZ HACE FRÍO

Hace tres años, en 2013, en el mismo evento (graduación de cadetes de la Escuela Militar ‘Antón Lizardo’), todo fue diferente; en un momento dado, el Secretario de Marina se levantó a dar su discurso y el mandatario estatal ocupó su lugar a un lado de Peña Nieto

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> Ahora, el Estado Mayor Presidencial lo sentó a cuatro lugares del Mandatario federal para que el tufo a cadáver político no contagiara a las visitas

 

El 25 de julio de 2013, cuando apenas amanecía el sexenio y parecía que la misión de los gobernadores priístas jóvenes que habían tomado el poder consistía en mantenerlo en 2018, el Presidente Peña Nieto visitó Veracruz. Fue un día caluroso, pero el calor político humedecía, aún más, la atmósfera de la graduación de cadetes de la generación 2008-2013 en la Escuela Militar “Antón Lizardo”.

Todo era felicidad; el granero electoral veracruzano permanecía priísta y Javier Duarte exhibía suficiencia. Parecía listo para el futuro, incluso, hacía sentir a su visitante que estaba al lado de un político del futuro. Sólo le faltaba deshacerse de unos kilogramos en el gimnasio o dejar de consumirlos en la mesa. La solución serían las frutas, verduras, agua y moverse, dice el slogan del IMSS.

Cuando aquel mediodía de julio de 2013 tocó el turno al micrófono al Secretario de Marina, el almirante Vidal Soberón, Duarte cumplió el ritual de no dejar un asiento vacío al lado del mandatario y se sentó junto al Presidente. Las fotografías lo muestran sobreactuado, sonriendo feliz de la vida, llenito, rico en colesterol, como dirían sus paisanos, y mirando a la concurrencia a través de sus lentes con graduación, mientras Peña Nieto trataba de llamar su atención. Era importante y se afanaba en hacerlo patente.

Tres años después, cuando Veracruz ha caído en manos del PAN y una celda parece esperar al gobernador, todo es diferente.

El jueves pasado, en una ceremonia similar a la de 2013, la escena fue diametralmente opuesta: El Estado Mayor Presidencial lo sentó a 4 lugares del mandatario para que el tufo a cadáver político no contagiara a las visitas, pues ya se sabe que los cadáveres apestan a los 3 días.

Ignoro si Duarte esté a 2 meses y medio de ingresar a prisión, como tampoco sé si otro, y no Miguel Ángel Yunes, tomará posesión el 1 de diciembre, porque el cruce de numerosas acusaciones penales entre los gobernadores saliente y electo podría ocasionar que ambos huyan, puedan deambular por el puerto y tomar café en la Parroquia, amparados por la justicia federal, o que, en esas bromas que suele jugar la vida, compartan celda en la prisión local; quizás la misma que en otra época anterior, también de venganzas, fue hogar de Dante Delgado.

Lo único cierto es que entre ambos han convertido a Veracruz en un estercolero, y que conforme avanza el final del sexenio local se han enfrascado, uno al otro, en la tarea de exhibir sus supuestas o reales miserias.

El espectáculo es nauseabundo: Asesinatos entre criminales y de periodistas, protección a violadores, enriquecimientos ilícitos, incestos, saqueo de las arcas públicas, negocios con los míseros salarios de los profesores usando al ISSSTE, residencias de opulentos por aquí y por allá, prestanombres, etcétera.

Como decía, mientras la justicia pone a cada quien en su lugar, el ecosistema en Veracruz ha cambiado gracias a la política: En donde había calor, y el sudor escurría por rostros y humedecía guayaberas, ahora impera el hielo; la historia registrará esta glaciación.

El jueves, el Presidente Peña Nieto arribó al Puerto y el gobernador sólo apareció hasta que el Estado Mayor se lo permitió en la ceremonia naval. Ahí permaneció a distancia, congelado, sin poder acercarse al Presidente, pues ni modo de pasar por encima del secretario de la Defensa, Salvador Cienfuegos, del comisionado Nacional de Seguridad, Renato Sales, y de la presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres, Lorena Cruz Sánchez, que lo apartaban del mandatario.

Para que no hubiese duda de lo que en Los Pinos se piensa y de que va en serio el recurso de inconstitucionalidad que el Presidente de la República interpuso ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación en contra del blindaje que se construyeron algunos gobernadores para evitar que sus sucesores los metan a la cárcel, Duarte no sólo fue apartado físicamente de Peña Nieto, sino que fue editado, convenientemente, en el paquete de fotografías de la gira distribuido por la Oficina de prensa de la Presidencia. Ni siquiera un centímetro cuadrado de su impecable guayabera se salvó del experto ojo del censor.

Fue así que no hubo forma de admirar, al menos oficialmente, su nuevo look, de unos 30 kilogramos menos de peso, que por razones de salud, dice él, se quitó de encima, o que, como murmuran sus maliciosos paisanos, dejó en el camino para recuperarse de sus problemas sentimentales, porque el temor a la cárcel le ha dado una nueva compañera, la ansiedad, que no le da reposo; o por un balón gástrico o una operación bariátrica, aunque esto último se descarta, pues practicarse cualquiera de las dos intervenciones lo dejaría fuera de escena durante dos semanas, por lo menos, y lo agitado de su situación no le permite malgastar tiempo, aunque sea en salud. El frío a que lo sometieron el jueves quizás ayude a esfumar los restantes 11 kilogramos que por razones de salud necesita sacudirse.

¿ES JUSTO SU SUFRIMIENTO?

Una de las escenas cumbres del tercer episodio de la saga de “El Padrino” nos muestra a Al Pacino, desgarrado en llanto, confesando el asesinato de su hermano Fredo al Patriarca de Venecia. Quien luego sería Juan Pablo I lo absuelve, pero le dice que es justo su sufrimiento. No de otra manera se paga haber matado al hijo de su padre, hijo de su madre.

Es probable que el símil no se ajuste a la situación de Veracruz, pero la opinión pública y los electores, aunque los jueces nada hayan dicho, dan por sentado que Veracruz está inundado por la inmundicia, en mucho gracias a Duarte, del que ya nadie quiere saber nada ni estar cerca de él.

¿Hasta dónde es culpable de las acusaciones de sus enemigos? Ya lo dirán los jueces porque de ellos será la última palabra, aunque ésta siempre puede ser matizada por un agente del Ministerio Público con experiencia, y para su fortuna, por ahora, la Fiscalía veracruzana escucha sólo sus órdenes y ya se sabe que el MP siempre puede dejar una rendija imperceptible que un buen abogado convertirá en zaguán si su cliente paga bien.

Pero mientras sus casos llegan a un juez (su acusador, Miguel Ángel Yunes, se queja de que, en 5 meses, la Fiscalía de Duarte no ha reaccionado a sus imputaciones, mientras que en 5 días da trámite a las del gobernador en su contra), lo cierto es que el jueves no fue sentenciado ni ejecutado, pero el frío a que lo sometió el Estado Mayor Presidencial equivale a muerte civil.

Sin duda, si le hubiesen ofrecido la oportunidad de pedir un favor habría solicitado que la Secretaría de Marina realizara la ceremonia en otra escuela naval para no sufrir la vergüenza de ser marginado del último evento que el Presidente Peña Nieto encabezará en Veracruz en los próximos 3 meses.

El calvario de Duarte es mayor porque se ha quedado sin amigos, por lo menos de quienes creyó que lo eran. En la clase política que habita en la capital de la República no hay quien derrame una lágrima por él y, más grave aún, su partido está dispuesto a llevarlo al sacrificio, culpable o inocente, para evitar que su reputación le acarree más derrotas, como la del 5 de junio.

Con apenas 42 años, de otra cosa hablaríamos si el gobernador de Veracruz no hubiera hecho bueno el apotegma del general Marcelino García Barragán sobre lo que pasa con quienes se suben a un ladrillo cuando el poder llega a sus manos. Quedó demostrado, con suficiencia, que el poder marea a los inteligentes y enloquece a quienes no lo son.

Parecía llamado a más que culminar su gobierno en las condiciones que son vergüenza nacional y que sirven de materia a los discursos del líder nacional de su partido, Enrique Ochoa Reza, para recuperar electores y no perder la Presidencia en el 2018: No más corruptos.

El hubiera, decía don Javier García Paniagua, es el verbo de los pendejos, pero si otra fuera la historia, es probable que hoy estaría siendo candidateado para desplazar a algún miembro del gabinete y que hasta sería presidenciable, como lo es el secretario de Agricultura, José Calzada, que no obstante haber perdido su entidad, Querétaro, no lo precede la mala fama, sino al contrario, pues todo mundo está de acuerdo en que hizo un buen gobierno.

Pero nadie puede extrañarse de que así terminen las historias en las que la traición es el personaje principal.

Según las leyendas urbanas veracruzanas, Duarte traicionó a su creador, Fidel Herrera Beltrán, que, a su vez, mantiene un pleito casado con Miguel Ángel Yunes desde que éste gobernó a Veracruz por delegación de poder de Patricio Chirinos, si bien las traiciones datan de cuando Dante Delgado perdió el favor de Ernesto Zedillo y terminó en prisión.

Se trata de historias truculentas que los veracruzanos conocen a la perfección; en principio parecía que Duarte era diferente a sus congéneres, pero he aquí que, según Yunes, es la personificación de la corrupción; él, desde luego, dice lo contrario, que los malos son los otros.

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