El velatorio de los insepultos

El tricolor fue ejecutado por la última generación de prohombres jóvenes a quienes encumbró

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Por su empecinamiento a abandonarnos en septiembre de 2008, no pude cumplir a don Francisco Galindo Ochoa la promesa de llevarlo el 1 de diciembre de 2012 tan cerca de la puerta 1 de Los Pinos como lo permitiese el Estado Mayor Presidencial, a fin de que pudiera ver a su partido recuperar la casona que para él adquirió Lázaro Cárdenas.

Ya entonces intuíamos que Enrique Peña Nieto encararía la misión de recuperar la Presidencia perdida por el PRI ante el PAN en 2000, sin embargo, hasta sus últimos días él albergó la esperanza de que el encargo histórico sería de Manlio Fabio Beltrones.
Así lo platicamos los tres al lado de su lecho de enfermo cuando pidió la medalla “Belisario Domínguez” para el doctor Jesús Kumate, y le fue concedida.

En todo caso, le prometí que sólo me comprometía a llevarlo lo más cerca de la puerta 1 de Los Pinos; el resto ya no dependía de mí. Sonreía con su picardía característica porque, como nadie, conocía la mutación que sufren los hombres cuando arriban al poder máximo. Yo lo arrimo y usted se encarga de lo demás, si antes no nos arrestan los soldados, le decía.

Ya no estuvo en el 2012, pero para fortuna de los priistas tampoco el 1 de julio de 2018, así que no tuvo oportunidad de mentarles la madre por entregar el poder sin meter las manos a un grupo de desertores de su partido que supieron explotar sus debilidades pues, parafraseando a Juan Gabriel, son tan iguales que no se pueden engañar. Tienen el mismo origen.

Si Dios le hubiese permitido seguir con nosotros el jueves pasado, después de la conmemoración de los 91 años del PRI, con seguridad le habría rogado encarecidamente ahorrarle sufrimientos acogiéndolo en su seno o enviándolo al lugar cálido en donde habitan los dinosaurios, esa especie de la que fue el último ejemplar en México.

Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo de cerca, sabemos que el jueves pasado no habría sobrevivido a tanta exhibición de hipocresía y cobardía. Aborrecía estas cualidades tan propias de la clase política priista sobreviviente al tsunami del 2018.

PARA CERRAR UNA ERA

Me intentan convencer de la pérdida de tiempo de escribir sobre el 91 aniversario del PRI porque se trata, me dicen, de un tema que a nadie interesa. No les falta razón. Escudriño la prensa del 5 de marzo y casi nada encuentro sobre el evento encabezado por “Alito” Moreno; los analistas ni siquiera se percataron que los tricolores estuvieron de fiesta. En realidad, tampoco yo tengo interés, no obstante, me enterco porque vale la pena cerrar una era platicando con don Francisco.

Estaba en la guardia caballona en la redacción de El Universal (de las 9:00 de la noche a las 3:00 de la madrugada) cuando Agustín Baena me puso al teléfono con el subdirector Ariel Ramos.

Me ordenaba ir a casa por ropa para varios días porque a las 6:00 horas debía estar en el autobús de prensa del PRI para incorporarme a la gira del candidato presidencial José López Portillo.

Al grupo en campaña de El Universal lo encabezaba don Clemente Cámara Ochoa, pero en esa etapa en especial (Guerrero, Morelos, Michoacán y Estado de México) el mando lo tenía Angelito Gómez Granados, pues don Clemente andaba de viaje por Japón. Así inicié el contacto en el PRI nacional que perdí cuando René Juárez Cisneros entró a salvar lo que ni Dios padre habría rescatado.

Aquella gira triunfal de don Pepe merece ser recordada una vez concluidos los rezos de 2020 por la defunción del PRI porque marcó mi vida profesional, iniciada en el periódico ORIENTE de mí querido, Teziutlán. En ella conocí al gran Manuel Mejido sobre cuyos hombros ingresé a la grilla nacional.

En Morelia, don Pepe López, que comparte el primer apellido y la oriundez de sus ancestros con Andrés Manuel López Obrador, recibió la noticia de que en plena campaña ya era Presidente, pues el PAN decidió no presentar candidato. Si le placía, ahí podría concluir la campaña. No necesitaba más.
Al comunicar la noticia a la comitiva no estaba radiante ni de buen humor. Aquello era una especie de velorio; ni Rosa Luz Alegría se habría atrevido a hacerle más agradable la noche. El candidato del PRI sabía que estaba destinado a iniciar su mandato sin legitimidad.
A López Obrador le pasó algo similar, pero no igual. El PRI, el PAN, el PRD y los candidatos independientes, Margarita Zavala y Jaime “El Bronco” Rodríguez lo dejaron ganar sin oposición; estuvieron sin estar, pero no por ello deslegitimaron su mandato, sino al contrario.
A diferencia de López Obrador que tiene todo el poder, parecía que López Portillo lo poseía todo, pero no era así. El que había mandado seguía viviendo en San Jerónimo, no tan enfrente de Los Pinos, pero hacía sentir como si estuviera dentro, no enfrente.

Para hacerse del poder que obtuvo en las urnas y deshacerse del émulo de Plutarco Elías Calles, López Portillo contó con la ayuda de don Javier García Paniagua y de Gustavo Díaz Ordaz. Al hijo del general Marcelino García Barragán le bastó un discurso recordando al general Cárdenas para que entendiera el mensaje el aspirante a Plutarco Elías Calles pretenso de erigir un minimaximato.

López Obrador ha dicho que no se reelegirá, incluso se ha comprometido firmando ante notario no obstante la prohibición expresa en la Constitución, pero inventó la revocación de mandato que a su estilo usará para preguntar al pueblo si quiere que él lo siga gobernando, pero que realmente le servirá para en próximos sexenios, desde su retiro en Palenque, pero al mando de Morena o del partido que lo sustituya, poder cambiar presidentes o gobernadores a voluntad.

EL CUMPLEAÑOS FUNERAL

¿Por qué el largo preámbulo?

Alejandro Moreno ofició el miércoles las exequias por lo que fue un gran partido y, no está por demás repetirlo, fue ejecutado por la última generación de prohombres jóvenes a quienes encumbró.

Se trató de una celebración de cumpleaños en la que no faltó el pastel.

En realidad parecía lo que fue, un velorio o, peor aún, una reunión de insepultos, muertos vivientes que abrazándose unos a otros, se sonreían, se condecoraban, se comprometían al pronto regreso, tal vez al cementerio de los hombres nada ilustres porque el poder que tuvieron les queda lejos, muy lejos, inalcanzable, no así las candidaturas plurinominales a diputados, un bien preciadísimo en tiempos de persecución que, hay que decirlo, no alcanzarán para todos porque hasta para esto se necesitan votos.

El gran símbolo de la reunión, la promesa de la supervivencia y del retorno triunfal, fue sin duda el personaje más festejado, Augusto Gómez Villanueva, el líder campesino fiel representante de la filosofía que inspira al gobierno que sustituyó al priismo del neoliberalismo, el echevarriato, en cuyo aguas abrevaron algunos de los personajes principalísimos de la Cuarta Transformación, como Ignacio Ovalle, quien fuera jefe en su momento del joven Andrés Manuel López Obrador que iniciaba su peregrinar para redimir a los desposeídos.
El cumpleaños-funeral no fue vistoso ni celebrado como antaño; tampoco las palabras huecas del dirigente nacional, Alejandro Moreno, alcanzaron lugar preponderante en los medios de comunicación no obstante los decibeles calculados para hacer resonar verbos y adjetivos que hoy no tienen sentido al ser pronunciados por un líder nacido en la ilegitimidad por la imposición de quienes impulsaron o aceptaron la derrota histórica sin parpadear ni ruborizarse y, en consecuencia, sin derecho a definir el futuro de un partido enviado con anticipación al panteón cuando en principio prometía que la nueva generación reinaría por largo tiempo.

#SóloParaIniciados

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