AMLO, sin derecho a fallar

Parecía imposible que cumpliera su predicción de que la tercera sería la vencida; el PRI y el PAN hicieron todo lo posible por entregarle el poder casi absoluto

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La toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador como Presidente de México es de las pocas ocasiones en que sentarse ante la computadora para escribir se convierte en reto de estar a la altura del momento.

Es natural la presión; no recuerdo desde cuándo empecé a seguir los pasos que lo llevaron de Tabasco hasta la más alta tribuna de la nación a lucir, sobre su pecho, la banda presidencial y protestar cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanen.


Confieso que estaba convencido de que no viviría para ver a  López Obrador protestar como Presidente de México, en especial después de que, en 2012, Enrique Peña Nieto lo venció con un margen nada espectacular, comparable con el que aplastó a Ricardo Anaya y José Antonio Meade, pero suficiente para no alegar fraude, como en 2006, cuando Felipe Calderón se impuso por 0.62 por ciento.

Cualquier otro habría desistido después de 2 intentos fallidos; los únicos antecedentes de porfía son Cuauhtémoc Cárdenas, que también lo intentó en 3 ocasiones, y el caricaturesco Nicolás Zúñiga y Miranda, que antes de hacerse famoso por postularse 5 veces candidato presidencial (contra Porfirio Díaz y Plutarco Elías Calles) ganó fama al predecir que erupciones del Popocatépetl y del Cerro del Peñón destruirían la Ciudad de México; incluso, inventó una máquina que predecía temblores.

Parecía imposible que Andrés Manuel cumpliera su predicción de que la tercera sería la vencida, pero, al final, ni siquiera de milagro se trató porque el PRI y el PAN hicieron todo lo posible por entregarle el poder casi absoluto; su mérito fue la perseverancia, nada nuevo tratándose de él; refrenar su carácter explosivo ocasional para no repetir errores como aquel letal “¡cállate chachalaca!” contra Fox y remachar, una y otra vez, el combate contra la corrupción, “la más inmunda… pública y privada… la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que ha lucrado con influyentismo”,  que, dijo ayer en la Cámara de Diputados, “más ha dañado a México”.

Incluso, cuando ya era evidente que sus contrincantes disputaban el segundo lugar, mientras él se alejaba de ambos, sin que nadie pudiera pararlo, con base en información que resultó falsa escribí en este espacio que aún faltaba lo que llamé el “Factor Peña”. Es decir, algo preparaban para impedirle el triunfo. Nada; si hubo obuses nadie ordenó lanzarlos o quizás, simplemente, no existieron.

López Obrador ha expresado su aprecio porque Enrique Peña Nieto no se metiera en la campaña ni en la elección para cambiar el rumbo de la historia; lo reiteró en la ceremonia de cambio de mandos, pero el ex mandatario no era el único que podría hacer algo para pararlo en el camino.

Lo cierto es que aquí estoy, mirando en la pantalla de mi computadora a Porfirio Muñoz Ledo tomándole protesta como Presidente de la República, escuchándolo comprometerse a cumplir con la Constitución y ofreciéndonos el ingreso a una especie de paraíso republicano en el que la corrupción estará ausente y el Poder Ejecutivo Federal no perseguirá a los corruptos del neoliberalismo, pero las instituciones correspondiente sí, a condición que, en consulta, lo demande el pueblo.

Todo ha cambiado y debemos acostumbrarnos.

Desde la toma de posesión de Miguel de la Madrid siempre fui invitado del Congreso, incluso a las de Vicente Fox y Felipe Calderón, históricas ambas porque la primera interrumpió la larga permanencia del PRI en el poder y la segunda por la amenaza de que el panista no alcanzaría a protestar como mandatario. En esta, tan histórica como las de los 2 panistas y la de Enrique Peña Nieto, que sacó al PAN de Los Pinos, tuve que conformarme con ver la transmisión a través de IMPACTO TV.

Habría dado todo por presenciar, en la Cámara de Diputados, este episodio histórico. Quiero pensar que la Mesa Directiva me excluyó de la lista por razones de espacio, ya que los invitados extranjeros se hicieron acompañar hasta del perico; prefiero creerlo a aceptar que empecé a pagar las casi 2 décadas que he reportado aquí, y en otros espacios, la historia política de nuestro nuevo Presidente, nunca en el sentido de los periodistas que temprano se volvieron militantes de su causa o los que, por el oportunismo consustancial a mi oficio, son recién convertidos.

Y la sospecha me viene porque si bien no conozco al Presidente, sí a la mayoría de quienes lo acompañarán en la aventura de poner en marcha la Cuarta Transformación (CT) porque, como él, son ex priístas.

Es tanto el peso de los ex priístas en el partido que no sólo sacó al PRI del poder, sino que acabó con Los Pinos como residencia presidencial, que no me extrañaría que alguno, o varios, me echaran montón para privarme de ser testigo del gran momento. Todos han sido personajes, en mayor o menor medida, en mis escritos y, si fuera el caso, bien merecido me lo tengo, pero ni son tan mezquinos ni tan poderosos en esa estructura que encabeza Andrés Manuel.

Libré batallas épicas con Manuel Bartlett; con Marcelo Ebrard nos tocaron encuentros en bandos diferentes por Manuel Camacho y Luis Donaldo Colosio, y así por el estilo, pero a quien palomea la lista de invitados, Porfirio Muñoz Ledo, le recordé apenas, en el 50 aniversario del 2 de octubre de 1968, los discursos zalameros que pronunció, como joven tribuno, en apoyo de Gustavo Díaz Ordaz.

Tengo seguridad de que no existe en mi exclusión, y en la de otros que ejercemos el oficio con libertad, desquite del nuevo mandatario porque conozco a alguien que está muy cerca de él que me asegura no es de ese tipo e incluso lo califica de buena persona, pero más allá de los atributos de Andrés Manuel es evidente la inexistencia en su equipo, al menos al día de hoy, de quien ejerza mando político sobre las tribus que integran Morena, sean ex priístas, ex panistas, ex perredistas o sus seguidores de siempre.

Tal vez porque la ministra Olga Sánchez Cordero nunca tuvo funciones de gobierno, la Secretaría de Gobernación de la Cuarta Transformación nace casi inexistente, al menos al estilo de los tiempos en que el PRI dominaba el Poder Ejecutivo y Legislativo, como ocurre hoy con Morena. De lo contrario pondría orden en donde aún no lo hay para evitar suspicacias, como las que abundaron en los meses de transición. Tendrá que aprender a marchas forzadas para permanecer porque es evidente que, hasta el último día del anterior sexenio, sus responsabilidades eran realizadas por otros.

Sobran episodios a rescatar de la toma de posesión, quizás la más importante lo bien portado de los legisladores, que, a diferencia de otros tiempos, no se metieron con el Presidente saliente, Peña Nieto, ni con el entrante. El fantasma del 2006 fue expulsado de la Cámara de Diputados.

Pero en esto, episódico, porque el Congreso es, por definición, arena retórica, lo más importante es la promesa a la nación de que, seguidor de Francisco I. Madero, por ningún motivo buscará la reelección y, en cambio, en 2 años y medio se someterá a la revocación de mandato si el pueblo lo quiere. Y así ocurrirá porque él lo demanda y tiene la seguridad de que la decisión popular será que se mantenga el resto del sexenio.

Y quizás sea lo más trascendente porque el control absoluto que tiene del Congreso y los programas sociales que anunció crearán, no tengo duda, las condiciones para que en 6 años pudiera surgir una corriente pidiéndole que se quede un sexenio más para garantizar que la Cuarta Transformación no sufra regresión.

El discurso inaugural, de una hora y 20 minutos, fue una repetición de lo dicho en 18 años de campaña presidencial, pero, insisto, lo más rescatable es que no habrá reelección porque, además de asegurar el futuro democrático del país, otorga esperanza a quienes lo acompañarán en el gobierno a hacer el mejor de sus esfuerzos porque se les abre la posibilidad de sucederlo.

Hay que decirlo, excluyendo, sólo por razones de edad, a Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Bartlett, Olga Sánchez Cordero y Javier Jiménez Espriú, el resto tendrá su oportunidad. No es futurismo tempranero, pero ahí están Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Alfonso Durazo, Mario Delgado y Ricardo Monreal, sin excluir a otros, aún agazapados y otros por crecer.

Es curioso; la mayoría son priístas, lo que me lleva a bromear con la Cuarta Transformación: Diría, sin ánimo de ofender, que se trata, en realidad, de la evolución del partido que hoy perdió el poder: Con Plutarco Elías Calles se llamó PNR; con Lázaro Cárdenas PRM; PRI con Miguel Alemán y en su cuarta advocación se llama Morena.

En fin, ya estamos en plena Transformación y queda el compromiso que, según López Obrador explicó al Congreso, le arrancó un ciclista que se le emparejó cuando se trasladaba al Palacio Legislativo de San Lázaro: No fallará, porque no tiene derecho.

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