Sólo periodistas, ni políticos ni activistas

Para mis amigos cometí pecado al escribir el viernes 4 que “No todo es criticable en la Cuarta Transformación”. Hablo por mí: quizá ocurre a algunos priístas que esperan de los demás la pelea que ellos no dieron y, con muy contadas excepciones, no están dando

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Inició el año de manera previsible: obligado a tomar decisiones por la realidad de la prensa escrita en la Cuarta Transformación, pero dispuesto a realizar, no una declaración de principios editoriales, innecesaria porque son inconmovibles, pero precisiones sí ante la extrañeza de algunos lectores sobre el tratamiento de la información, en especial la política.

En cuanto a la primera, quizá el único conflicto lo tenga con la nostalgia, superada ya por el pragmatismo y las ineludibles cuestiones económicas.


La segunda, se refiere a una columna mía que me dejó mal parado, no con los robots de las redes sociales, lo cual no me extraña porque hace mucho que soy su cliente, sino porque para algunos resulté defensor de Nicolás Maduro y, porque, para unos cuantos amigos muy queridos, que no recurrieron a las redes sociales y se tomaron la molestia de decírmelo, en una especie de reclamo, me he vuelto seguidor de Andrés Manuel López Obrador o, en el peor de los casos, estoy levantando la mano para hacerle notar mi supuesta transformación a la Cuarta.

Y todo porque el viernes 4 intenté explicar la negativa del subsecretario de Relaciones Exteriores para América del Sur y el Caribe, Maximiliano Reyes, a firmar con los representantes de los países miembros del Grupo de Lima la petición a Nicolás Maduro de no asumir como presidente de Venezuela.

Es decir, la negativa mexicana a intervenir en los asuntos internos de Venezuela.

Cada quien leyó lo que quiso leer.

Imagino que el texto no gustó ni al secretario Marcelo Ebrard ni a Reyes, a quienes, según mis amigos quise agradar y, a través de ellos, a su jefe, el Presidente.

Resulta ocioso bordar sobre el asunto, pero me cito: “Nicolás Maduro es indefendible, pero la ‘Doctrina Estrada’, que México mantuvo vigente desde 1930 y que, lamentablemente, fue arrinconada en los últimos años, como cuando Luis Videgaray se permitió afirmar que México no reconocería a Cataluña si se independizaba de España, no permite a nuestro gobierno interferir en los asuntos internos de otro país, así se trate de dictaduras, como la venezolana”.

Sólo a vía de recordatorio, la Doctrina Estrada tiene su origen en el rechazo de México a que de manera aislada o en grupo, los países reconozcan o no a gobiernos de otros. A México le ocurrió históricamente. El último gobierno que Estados Unidos se negó a reconocer fue el de Venustiano Carranza.

De hecho, los “reconocimientos”, aunque no sean formales, nos siguen importando. Para Carlos Salinas fue fundamental la presencia de Fidel Castro en su toma de posesión. El equipo de López Obrador por poco invita a la ONU en pleno. En la lista estaban Trump, Putin y hasta el Papa Francisco.

No siempre nos hemos ajustado a la llamada “Ley Estrada”. Los ejemplos más claros ocurrieron, por ejemplo, con el auxilio a Fidel Castro que, con su grupo, partió de Tuxpan a invadir Cuba a derribar a Batista; el apoyo del PRI a la guerrilla nicaragüense para acabar con la dictadura de Somoza. Pero también con Vicente Fox auxiliando a Bush contra Cuba, y Felipe Calderón apoyando a Manuel Zelaya contra el golpe de Estado de facto en Honduras que lo destituyó.

También intervino hasta el entonces jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, hoy secretario de Relaciones, si bien su participación en la defensa de la embajada hondureña quizá fue por amor y, claro, por solidaridad con el mandatario destituido que, por cierto, era aliado de Hugo Chávez y lo es de Maduro.

Como sea, mi convicción personal es, y así lo escribí, que Maduro es un dictador y que a los venezolanos, sólo a ellos, atañe deshacerse de él y no a 13 países influenciados, esto lo digo hoy, por el gobierno de Trump.

Los venezolanos han intentado deshacerse de sus últimos dictadores (en sentido estricto hasta Simón Bolívar lo fue); casi lo consiguen con Chávez, pero han fracasado reiteradamente con Maduro. Lo ideal es que lo sigan intentando porque no merecen gobiernos de esa calaña.

Y así lo dije: “Es asunto de los venezolanos sacudirse al dictador o permitirle que siga en el poder. Esa etapa, los mexicanos la superamos hace mucho”.

Parece que la columna no gustó a nadie, en especial a mis amigos priístas porque empecé diciendo que “No todo es criticable en la Cuarta Transformación, no al menos en materia de Relaciones Exteriores”.

En efecto, hay mucho de criticable y aquí lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo en tanto mantengamos vigencia.

En realidad, tenemos una larga historia siguiendo los pasos de Andrés Manuel, desde su irrupción en el altiplano conduciendo tabasqueños para ayudar a Manuel Camacho a probar a Salinas sus capacidades de negociación con los grupos que tomaban la Ciudad de México, hasta su triunfo indiscutible sobre un priísmo que ni las manos metió.

Pocos medios pueden presumir una cobertura tan puntual y crítica como la nuestra, incluso en la última campaña, la transición y el arranque del gobierno.

No sólo sus pasos hemos seguido con ojo crítico, sino también los de su grupo más visible, en especial de los ex priístas como Ebrard, Alfonso Durazo, Esteban Moctezuma, Ricardo Monreal y Manuel Bartlett, sino también los de otros, como el ex panista Germán Martínez.

Pero para mis amigos cometí pecado al escribir el viernes 4 que “No todo es criticable en la Cuarta Transformación”.

Hablo por mí: quizá ocurre a algunos priístas que esperan de los demás la pelea que ellos no dieron y, con muy contadas excepciones, no están dando.

Al finalizar el año pasado, escribí que “Después de la paliza del primer domingo de julio, los priístas se mantuvieron quietos y en silencio. Quisimos entenderlo bajo el supuesto de que fieles a la institucionalidad, nada harían hasta que su jefe, el Presidente Peña Nieto, saliera de Los Pinos. Pero hace un mes que Enrique abandonó la residencia presidencial y quienes fueron grandes figuras del priísmo siguen igual que entonces. Esperando, quiero suponer, pero ¿esperando qué?

“Dan la impresión de estar dispuestos a disfrutar de un largo periodo vacacional, del que apenas han consumido 6 meses y que podría prolongarse por sexenios”.

Dije entonces y lo refrendo: siguen viviendo en la sospecha de haber sido traicionados; lo murmuraron durante toda la campaña, pero nada hicieron para evitar la entrega del poder, si esto ocurrió mediante pacto, como sostienen. Se apoltronaron y así siguen, en espera, quizá, de un milagro o de que Andrés Manuel se derrote a sí mismo.

“Mientras, siguen lamiéndose las heridas, maldiciendo la traición de que se dicen objeto, ejerciendo su oposición con el reenvío de tuits y videos criticando al Presidente y, en espera que otros demos las batallas que, si en realidad les preocupara el país, estarían librando, como los panistas que, disminuidos y todo, lo hacen.

Insisto en lo innecesario de bordar tanto sobre el asunto, pero en ocasiones vale la pena recordar que nosotros sólo hacemos periodismo y que la política y las luchas sociales son problema de políticos y activistas.

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