Sin problema, Pemex y sindicato firman contrato

Cuando todo parece conspirar en contra, a nadie pareció importar que la empresa productiva del país y el gremio petrolero acordaran, en buenos términos y con antelación de 20 días, la relación laboral 2017-2019

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Hubo tiempo en el que el Presidente Peña Nieto se quejaba de que nos estamos acostumbrando a destacar sólo lo negativo, dejando de lado las cosas buenas, que también merecen ser contadas. Curiosamente, el gobierno olvidó aplicar esta filosofía en una de sus mejores noticias.

Cuando todo parece conspirar en contra, y las primeras páginas, portadas de revistas, redes sociales, columnistas y “opinócratas”, y los tiempos estelares de la radio y la televisión, destacan únicamente lo negativo, dándose un festín a costillas del gobierno (el “socavón” en el Paso Exprés de Cuernavaca, lo más reciente), a nadie pareció importar, incluso a buena parte del gobierno, que Pemex y el sindicato petrolero acordaran los términos de su Contrato Colectivo 2017-2019 con antelación de 20 días y sin que las prestaciones y derechos de los trabajadores sufrieran quebranto.

El arreglo, garante de la estabilidad laboral en la empresa más importante del país (que continúa sosteniendo la economía nacional pese a la caída de los precios internacionales del crudo y de la producción), mereció escasa atención de la prensa nacional, y si mucho me apuran, igual le ocurrió a la cúpula gubernamental.

Todo indica que atentos a la grilla, a la sucesión presidencial, al “socavón”, a la disputa por Coahuila y el Estado de México, al espionaje de “Pegasus”, al regreso al país de Javier Duarte, etcétera, ni siquiera se enteraron de que en lo alto de la Torre de Pemex se jugaba el destino del país y que las partes sacudieron sus diferencias naturales y razonables desde sus particulares puntos de vista para ponerse de acuerdo en lo fundamental y evitar otra desgracia nacional y un problema más al Presidente.

¿Por qué? Quizás porque lo cotidiano sea que el aparato administrativo entregue malas cuentas, y lo normal es que todos los problemas lleguen a las manos a Peña Nieto y lo soporte con lo que le resta de popularidad, como lo ha hecho a lo largo de cinco años, con omisiones y comisiones de muchos de sus colaboradores.

Si el martes pasado, cuando se firmó el contrato, las posiciones confrontadas de José Antonio González Anaya y Carlos Romero Deschamps  se hubiera filtrado a la prensa un poco, lo mínimo, el desencuentro de empresa y sindicato, habría sido la gran noticia, por encima del espionaje telefónico con el uso de “Pegasus”; el “socavón” en el Paso Exprés de Cuernavaca y la lamentable muerte de dos personas; el aún posible descontón del Instituto Nacional Electoral al PRI sobre la elecciones de gobernador de Coahuila (aunque es previsible que Jorge Carlos Ramírez Marín saque al buey de la barranca) o cualquier otro evento negativo que pudiera presentarse antes del 31 de julio.

Es de imaginar la vocinglería que aturdiría al país si el director de Pemex y el dirigente del Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana hubiesen caído en el juego de quienes intentaron enturbiar el clima de las negociaciones anunciando que el gremio sufriría las consecuencias de la necesidad de sanear las finanzas de la empresa, pero, como lo publicaron, en exclusiva, IMPACTO TV y nuestro portal en Internet, impacto.mx, a las 14:30 horas del martes 11, el Consejo de Administración de Pemex aprobó las cláusulas del Contrato, es decir, 20 días antes de la fecha pactada para concluir las negociaciones.

 

PAZ LABORAL

¿Qué ocurrió? Parecerá demagógico, pero ambas partes hicieron de lado sus diferencias y pusieron por delante al país, a Pemex y al Presidente. ¿Para qué crear un problema más grave si se puede utilizar, con inteligencia, un poco del margen que aún existe para llegar a acuerdos sin dañar lo fundamental, la economía del país?

La firma anticipada del contrato era la gran, la buena noticia; si no la del mes, del año o del sexenio, por lo menos la del día, pero la reacción de los medios de comunicación, como de la escasa disidencia sindical y los voceros de Morena, el partido de Andrés Manuel López Obrador, que habían coincidido en anunciar que serían lesionadas las prestaciones y derechos de los trabajadores, fue guardar vergonzoso silencio.

Habían mentido; lo sabían, y para salvar la cara se hicieron los desentendidos.

Casi un año atrás, en videos promocionales, Peña Nieto se quejó de que “nos quieren inundar de malas noticias”. La reacción de la “opinocracia”, de sus contrarios políticos y de los usuarios de las redes sociales, fue hacer mofa con el reclamo en el sentido de que “las cosas buenas no se cuentan (y)… lo bueno cuenta, y cuenta mucho”.

Lo cierto es que en ambas reflexiones tiene razón.

Tratándose de noticias, las negativas lo son por encima de las positivas; el criterio editorial en casi la totalidad de los medios de comunicación es que lo negativo vende y lo positivo debe ser relegado a los espacios menos importantes, si sobran; si no hay en dónde meterlas, al bote de la basura.

En cuanto a las malas noticias, es indudable que en el sexenio han abundado y que el diluvio no tiene para cuándo parar, pero también es incuestionable que el gobierno no sabe defenderse; los casos sobran, pero ese es otro tema.

El que nos ocupa es para preocupar a la cúpula gubernamental porque la mejor noticia de los últimos tiempos, y no hay quien pueda rebatirlo, ha sido la resolución, sin mayor conflicto, de la renovación del Contrato Colectivo de Pemex con su sindicato, lo que se traduce en la necesaria paz laboral.

 

LEALTAD FRENA CAOS

Supongamos, sólo como ejercicio, que las cosas hubiesen sido diferentes: Que González Anaya y Romero Deschamps, aferrados a sus posiciones particulares, no firmaran el 31 próximo, y no el 11, como lo hicieron.

Nos falla la memoria, pero ocurrió en tiempos pasados, priístas incluidos: El dirigente sindical firmaba en una oficina y el director en otra; la dirigencia gremial declaraba, unilateralmente, una prórroga porque el secretario de Gobernación pretendía que estallara la huelga; el secretario del Trabajo declaraba que la firma del contrato era un regalo para México, pero el gobierno lo incumplía por un año, o, para no ser exhaustivos, la firma se prorrogaba hasta en tres ocasiones consecutivas. En cada caso se llegó a límites en los que las banderas rojinegras empiezan a ser sacadas de los armarios.

Si el rompimiento entre empresa y sindicato hubiera ocurrido en la semana que termina, o antes del 31 próximo, la noticia habría sido catastrófica para el gobierno y para el país.

Insisto, por encima de cualquier otra, incluso si el INE, que no lo hizo, hubiese resuelto que Miguel Ángel Riquelme rebasó los gastos de campaña; que existe evidencia de que la empresa OHL participa con el Presidente y el gobernador Eruviel Ávila en la llamada “Conspiración de Estado” inventada por Paulo Díez Gargari y Emilio Álvarez Icaza; peor aún, que la causa del “socavón” en el Paso Exprés fue producto de corruptelas de algún funcionario de primer rango del gobierno, la noticia del no arreglo entre González Anaya y Romero Deschamps habría desplazado cualquier otro acontecimiento, inundando al país, y estaría en todos los medios de comunicación del mundo porque, necesariamente, colocaría al país al borde del colapso económico.

Por lo menos José Antonio Meade habría perdido la compostura y Agustín Carstens quizás estaría en el aeropuerto para viajar a Suiza, a tomar posesión de su nueva chamba y abandonar el infierno que sería el país.

Parece lugar común, pero el peor de los escenarios que podría marcar al sexenio y no se ha dado, fundamentalmente, por la lealtad del sindicato y su dirigencia al país, a Pemex y al Presidente, habría sido la colocación de las banderas rojinegras en las instalaciones petroleras, los trabajadores ganando la calle y manifestándose como otros gremios, situando en cero la producción y la distribución de combustibles, con la consecuente parálisis del país y el impacto adverso, irremediable, en los ingresos del erario nacional.

Es un escenario de terror que no ocurrió ni siquiera en los sexenios panistas, cuando Vicente Fox y Felipe Calderón pretendieron destruir al sindicato y encarcelar a sus dirigentes, y el gobierno manipulaba a los medios de comunicación, que se prestaban para participar en el aniquilamiento de la organización, sin embargo, para tranquilidad del país y del Presidente Peña Nieto, que merece que las malas noticias, algunas con origen en sus colaboradores, no inunden a su gobierno, no fue noticia que, en esta revisión, empresa y sindicato se sacudieron las presiones y llegaron a un acuerdo 20 días antes de concluir el tiempo pactado para las negociaciones.

Lo que no termino de entender es por qué si “las buenas noticias cuentan mucho”, y esta es una de las mejores, el gobierno no se esmeró en contar lo bueno que hicieron González Anaya y Romero Deschamps.

 

 

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