Si este es el saldo, pobre legado de la 4T

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Hoy por la mañana algún periodista, no marioneta, le preguntó al Presidente López Obrador en la clásica mañera si a punto de cumplir dos años de gobierno podía decir cuales eran sus principales saldos a este momento, o cuales de sus acciones de gobierno lo hacían sentir orgulloso; respondió que tres y metió una cuarta de relleno: en primer lugar su atención prioritaria al combate a la pobreza a través de la dispersión de recursos; en segundo lugar, su combate a la corrupción que ha sido una acción permanente de su gobierno no permitiéndola ni siendo omiso; en tercero, que no ha permitido ninguna acción de represión al pueblo o de masacre justificada y, ya de pilón, reconoce la permisividad de su gobierno frente al ejercicio de la libertad, aún y cuando se siente el Presidente más atacado en los últimos 100 años.

Me llamó la atención que no mencionara el tema de Seguridad Pública, aún y cuando fue una de sus principales ofertas de solución en su gobierno; tampoco de Economía, cuando garantizó un crecimiento sostenido superior al 4 por ciento; tampoco de Salud cuando estamos en medio de la más grave pandemia de los últimos 100 años y que ha cobrado la vida de más de 27 mil personas; tampoco sobre el Estado de Derecho, entre muchos otros temas que llenó de expectativas y que aún se encuentran en el limbo de la inacción.

Pero bueno, concentrémonos en aquello que lo llena de orgullo y que será su principal legado según refirió.

En cuanto a sus programas de atención social, principalmente los dirigidos a los adultos mayores, a los grupos sociales discapacitados, a los jóvenes sin empleo y a la becas de los estudiantes que trabajan, podemos decir de bote pronto varios cosas: aún no existe una evaluación sobre su impacto social por parte de las instituciones especializadas, ni siquiera tenemos conocimiento del censo social para determinar si realmente existe la población objetivo y tampoco sabemos de qué manera impactó sobre su nivel de pobreza y su capacidad de ingreso.
Lo que si sabemos es que se desaparecieron innumerables programas sociales que eran alternativos a la atención en pobreza, tales como las estancias infantiles, los comedores comunitarios, los programas inclusivos como el Progresa, el Seguro Popular, etc. etc.

En segundo lugar, su combate a la corrupción ha sido una acción voluntarista de la oficina presidencial, no una acción institucional; ha utilizado su combate como una acción de intimidación política más que como una acción de apego al estado de derecho y combate la impunidad. Dejó de lado la construcción del sistema nacional anticorrupción, incluso desacatando mandatos del poder judicial para nombrar los jueces del Tribunal Federal Administrativo que fungirían como magistrados anticorrupción. Su combate fue más una acción política que una política de estado.

En tercer lugar, nombrar como un orgullo no haber dado una instrucción para cometer una masacre no es otra cosa que retórica hueca. Solamente en su mente existe la posibilidad de que se le reconozca por ello; al contrario, si lo hiciere sería objeto de una acción de juicio político por violentar el estado de derecho. Apegarse a la legalidad no es objeto de un reconocimiento sino su obligación porque juramentó apegarse al marco de la ley.

Y respecto de su permisividad frente al ejercicio de la libertad de expresión, no es verdad; ha sido agresivo, insultante, abusivo, altanero contra todos aquellos que no se han rendido a sus plegarias mañaneras. Exige y reconoce las acciones mustias y doblegadas si no, advierte, asumes las consecuencias del enfrentamiento. Su lema central ha sido y así lo ha reconocido: o estás conmigo o contra mí. Eso en esencia no es un reconocimiento sino un sometimiento.

Si estos son los legados de la 4T reconocidos por su propio líder, pobre muy pobre será su herencia histórica. Su pretenciosidad histórica ha quedado en un lamento de frustración y resentimiento.

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