Sheinbaum, Minimí de AMLO

Con Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal, la jefa de Gobierno es lo mejor que tiene el Presidente para sucederlo.

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Doña Claudia Sheinbaum equivoca la estrategia si supone que convirtiéndose en una especie de Minimí (en honor a Austin Powers) de Andrés Manuel López Obrador, inaugurará la segunda época de la Cuarta Transformación.

Con Marcelo Ebrard y Ricardo Monreal, la jefa de Gobierno es lo mejor que tiene el Presidente para sucederlo.

Alfonso Durazo se quiere ir a Sonora y será lo mejor que le ocurra cuando todos los experimentos (la Guardia Nacional con filosofía y mando militar) fracasen en el combate a la inseguridad; y Esteban Moctezuma está a punto de ser devorado y deglutido por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, a menos que obligado por su jefe ceda en todo. Ni pensar, sólo por razones de edad en Porfirio Muñoz Ledo y Javier Jiménez Spriu.

Carlos Urzúa pronto entrará en confrontación porque la economía empieza a reflejarse de mala manera en los bolsillos, como era de esperarse, y doña Olga Sánchez Cordero empieza a ser víctima de ella misma.

Sheinbaum tiene mucho que imitar al Presidente porque se equivocará quien suponga que todo en él es ocurrencia; en realidad todo o casi todo es parte de un plan maestro largamente pensado para centralizar el poder en su persona, ampliar y aceitar su base electoral y crear las condiciones para que, aún estando fuera del mando constitucional, lo detente él.

Por ejemplo, con pretexto del combate al huachicol puede López Obrador provocar desabasto de combustible en regiones claves del país, y aún así convertir el enojo de los ciudadanos en colaboración para acabar con ese mal heredado del neoliberalismo.

Asimismo, puede concluir por decreto la guerra al crimen organizado y no sufrir daño en su imagen pública a pesar que el final de la contienda equivale a un permiso a las bandas del narco para prosperar en su negocio.

Más aún, puede hacer malabares con lenguaje beisbolístico en intento de explicar por qué no pone en su lugar a Donald Tump como prometió en campaña, enojado porque Enrique Peña Nieto no respondía como él haría, dijo, las agresiones del mandatario norteamericano.

En fin, él puede hacer lo que le venga en gana que para eso tiene 30 millones de votos y 80 por ciento de popularidad que, además le sirven, para no tocar ni con el pétalo de una rosa a los profesores de la CNTE que ya amenazaron a los diputados con no permitirles sesionar si no aprueban la contra reforma educativa en los términos prometidos por López Obrador y no por la versión maquillada de Enrique Peña Nieto.

Pero lo que no puede hacer la jefa de Gobierno es abandonar a su suerte a los capitalinos sólo porque un reducido grupo de damnificados de los sismos se le ocurrió bloquear la avenida más larga del mundo, la de Los Insurgentes, por más de 12 horas.

Resulta inaudito que la arteria vital de la capital de la República permaneciera bloqueada por tanto tiempo sin que siquiera un policía de crucero se arrimara a rogar a los manifestantes que permitieran al resto de ciudadanos hacer uso de su derecho a transitar.

Durante 14 horas la policía de Jorge Orta se concretó a informar de alternativas de tránsito, cuando su obligación era desalojar a los desconsiderados sin dañar su derechos de reunión y manifestación. Es cierto que López Obrador desapareció al Estado Mayor por razones de austeridad y haber disparado el 2 de octubre de 1968, y que por las mismas razones la jefa de Gobierno desapareció al Cuerpo de Granaderos.

Lo es también que el Presidente prometió no reprimir a manifestantes y que Sheninbaum está dispuesta a imitarlo, pero nadie le pide a la jefa de Gobierno que lo haga; los chilangos sólo queremos que vele también por los derechos del resto de habitantes de la Ciudad de México.

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