Serie de Colosio, venganza contra clase política

Poca importancia que le mereció al PRI la efeméride y el evidente puñetazo que constituye la serie televisiva, lo único a resaltar

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Duele, pero es la realidad: La conmemoración de los 25 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio, víctima de un homicida solitario o de una conspiración fraguada desde el poder, sólo sirvió para el ejercicio anónimo de una venganza televisiva en contra de la clase política en la que, sin duda, participa Netflix sin siquiera saber que es utilizada.

Ha pasado una semana del cumplimiento del primer cuarto de siglo del asesinato de Luis Donaldo en Lomas Taurinas y, contra lo esperado, quizás por el frenesí que el Presidente López Obrador ha impuesto a la agenda política, la efeméride no impactó en la opinión pública, no obstante el evidente esfuerzo por liquidar a la clase política mexicana mediante la difusión de la primera temporada de la serie, de Netflix, “La historia de un crimen, Colosio”.

Lo único a resaltar es la poca importancia que le mereció al PRI la efeméride y el evidente puñetazo que constituye la serie televisiva para la clase política mexicana en su conjunto, no sólo para la priísta, porque para los muchos o pocos que consumieron 4 horas de su vida siguiendo la tragedia capítulo a capítulo fortalecieron su convicción de que sinónimo de político mexicano es: Corrupto, asesino, ladrón, vividor…

Los 8 capítulos de la primera temporada no están a la altura de las expectativas despertadas; nada aportan y están plagados de inexactitudes, quizás por falta de asesoramiento o, tal vez, porque la estrategia asesoril fue incurrir en ellas para ocultar la delicada mano que meció la cuna en cobro de venganza de la generación de Colosio, algunos de cuyos miembros participan activamente en la Cuarta Transformación y otros se afanan en mantenerse a flote y ganar-ganar aún en la derrota, como lo han hecho siempre.

Acostumbrados a ver conspiraciones en todo lo trascendental que ocurre en nuestro país es apenas normal que sospechemos de una más atrás de la asesoría a los guionistas de la supuesta o real que en 1994 cambió el rumbo del país.

Una de las inexactitudes más escandalosas de la serie es poner a Diana Laura Riojas, la viuda de Colosio, firmando la carta que exculparía a Manuel Camacho del asesinato o de la creación del clima que lo propició.

En respuesta a la petición, la admirable viuda, que nunca habló con Manuel, habría contestado al Presidente Salinas: “No soy tan generosa como mi marido”.

Más aún, los guionistas la muestran interesada en hablar con el asesino o con su familia. Nunca lo expresó ni ocurrió.

Cuando sucedió el atentado, Diana Laura llegaba a Tijuana en un avión de Ricardo Canavati para estar en una cena de parejas con su marido. Al día siguiente lo acompañaría a la gira por Sonora.

Nunca estuvo sola en Tijuana. La acompañaron, todo el tiempo, la periodista Norma Meraz, Fernando Gamboa y Villaescusa, por lo menos, primero en una banca en el pasillo al quirófano y, luego, en una saloncito de médicos.

Una infamia es presentar a don Luis Colosio como defensor del sistema. Se comportó como el padre al que le asesinaron a su hijo.

El avión en que viajaron Diana Laura y los restos de Colosio a la Ciudad de México no era privado; fue el presidencial, enviado, ex profeso, para ello, y en él volaron muchos de los amigos y colaboradores de Luis Donaldo.

Manlio Fabio Beltrones no partió de la capital de la República a Tijuana. Estaba en Hermosillo, en una reunión de gabinete del gobierno sonorense, cuando fue informado de lo ocurrido en Lomas Taurinas; con él estaba don Luis, el padre de la víctima. Después de hablar con el Presidente de la República voló a la frontera.

El entonces procurador general de la República, Diego Valadés, nunca dijo que el crimen fuera cometido por un asesino solitario; habló de autor material.

La casa de San Ángel, al sur de la Ciudad de México, en donde vivía con Diana Laura no la terminó de pagar, pero no era rentada.

Liébano Sáenz no estuvo en Lomas Taurinas; cuando ocurrió el magnicidio iba, de avanzada, hacia una televisora en la que el candidato sería entrevistado.

De igual manera, el anuncio de la muerte de Colosio no lo hizo en el pasillo que conducía al quirófano, sino arriba de un escritorio, en el lobby del hospital.

Parecen detalles nimios, pero no es así; tampoco lo es la caricaturización de los protagonistas. Es inocultable la intención de hacer mofa de los personajes dominantes de la política priísta de entonces; no se salva ni siquiera Luis Donaldo. Manuel Camacho pudo ser muchas cosas, pero no el torpe político que nos presentan; lo mismo ocurre con José Francisco Ruiz Massieu.

Está clara la intención de vengarse de todos ellos.

De Ernesto Zedillo a Carlos Salinas, pasando por Manlio Fabio Beltrones, José Córdoba Montoya, Carlos Salinas y Diego Valadés, para no ser exhaustivos, deberían exigir, por lo menos, el cambio de actores para la segunda temporada… si la hay.

Una inexactitud más: Carlos Salinas no acudió a Magdalena de Kino con su gabinete; en cambio, Raúl Salinas, acompañado del banquero Carlos Cabal, si estuvo ahí, en el funeral.

Entre las inexactitudes a destacar está el asesinato de Ruiz Massieu. La escena de su ejecución es estremecedora, pero adolece de una falla: En su vehículo está solo, cuando en realidad lo acompañaban Heriberto Galindo y Roberto Ortega Lomelí.

Además, el atentado en su contra no ocurrió dentro del estacionamiento, sino en la calle de Lafragua, frente a la CNOP (que fue sede de la Gran Comisión de la Cámara de Diputados) y el Hotel Casablanca, en donde José Francisco desayunó con los diputados que ya conducía.

Por lo demás, hay mucho apegado a lo conocido.

En efecto, en la funeraria le dijeron a Camacho que no era bien recibido. Por alguna razón se omite que esa penosa misión tocó a Alfonso Durazo.

También es cierto que Colosio recibió un mensaje en el sentido de que las puertas de Los Pinos (entonces la residencia presidencial) se abrían desde dentro. En la serie se escucha decirlo a Raúl Salinas. El propio Luis Donaldo lo comentó a sus más cercanos colaboradores, pero no reveló la identidad del portador, no al menos en esa reunión. Fue uno de los políticos más respetados y temidos de los mejores tiempos del priísmo, pero como ya no está para confirmar o desmentir seguirá de incógnito.

En fin, la primera temporada pasó sin pena ni gloria, pero, sin duda, cumplió la intención de la mano delicada que estuvo cerca o que, gozando aún de la amistad de algún confidente que sí estaba en el círculo del candidato, pudo meter mano al contenido para ejercer venganza en contra de quienes se convirtieron en protagonistas de primera línea, a partir de 1988, al lado de Carlos Salinas y, en muchos casos, lo siguen siendo aún después de la catastrófica derrota priísta del 2018.

Una conspiración, pues.

Y para estar a tono, y en intento de encontrar el origen de la venganza, quizás ayude poner atención en la supuesta propiedad de Raúl Salinas en la que abandona el jacuzzi para contestar el teléfono y mencionar a su interlocutor algo que el espectador debe interpretar como la confirmación de que se debe actuar en contra de su ex cuñado José Francisco.

 

Hay quienes creen reconocer el inmueble como propiedad del descendiente de uno de los más afamados arquitectos mexicanos y empiezan a atar cabos.

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