Seguridad nacional, salud física y mental de AMLO

Ciudadanos tienen derecho de saber cómo anda quien conduce los destinos del país

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El Presidente López Obrador no tomó con su habitual sentido del humor que un ciudadano solicitara a su oficina información sobre sus estudios médicos y psiquiátricos. Se entiende. ¿Qué mandatario podría no molestarse cuando se insinúa que su cuerpo no anda del todo bien o que está mal de sus cabales?

El solicitante es puntilloso; exige la constancia médica y psiquiátrica del Presidente de la República “con los generales de una institución médica de nivel y sus visibles, tales como papel membretado, timbrado, del médico o institución médica que expida la constancia, con fotografía”.

Más aún: “La fotografía debe estar cancelada con el sello, la firma del médico que la expide. Tiempo que ha sido médico del paciente. Dar a conocer el estado de salud local y fecha de la consulta, sello y firma del médico”.

Con justa razón, López Obrador zanjó la cuestión con una frase muy suya: “No se miden estos… es un exceso”, dijo y mostró el documento.

Entiendo su molestia, pero no la comparto. Los ciudadanos tienen derecho de saber cómo anda física y mentalmente quien conduce los destinos del país y si tras la solicitud haya buena o mala intención; ¿cómo saberlo? Sólo con una respuesta contundente.

A la vista salta que el Presidente está en excelentes condiciones físicas, a pesar de que inicia de madrugada sus jornadas, incluidas las giras, de fin de semana, en provincia. Todo indica que lleva una vida sin excesos y que suele bajar temprano la cortina.

También es cierto que su estilo personal de gobernar no es del agrado de muchos y que algunas de sus decisiones, tomadas, incluso, por encima de la opinión de sus más cercanos colaboradores, son desconcertantes, pero esto no es síntoma de supuestos padecimientos mentales.

Más de un enfermo nos ha gobernado. El más reciente, Enrique Peña Nieto, se sometió a dos cirugías; Felipe Calderón cayó de la bicicleta y sufrió una fractura, pero antes que ellos, Vicente Fox dejó el gobierno en manos de Marta Fox y de su jefe de oficina, Ramón Muñoz, mientras convalecía de la intervención en la columna vertebral.

Recuerdo cuando dirigía Ovaciones y tuve el dato. En vano intenté confirmarlo en Los Pinos;  al final creí en mi fuente inobjetable y anunciamos, en exclusiva, que “Fox al quirófano”.

Sus enemigos y los especuladores dijeron que, en realidad, el Presidente se había escondido en una habitación del hospital militar para no contestar el teléfono a quien le llamaba de Washington exigiendo su apoyo para avalar la intervención norteamericana en Irak. Mentían; Fox estaba paralizado.

Antes, Humberto Romero tuvo que gobernar guardando el secreto a don Adolfo López Mateos, que padecía migrañas que le hacían la vida imposible.

En el sexenio siguiente, el general Marcelino García Barragán mandó a donde merecían a las voces norteamericanas que le sugerían asestar golpe de Estado al Presidente Gustavo Díaz Ordaz, víctima de un problema médico.

López Obrador puede ser el hijo laico auténtico de Dios, como lo definió Porfirio Muñoz Ledo, pero no es Dios; es un mortal que en el pasado sufrió un infarto.

Su salud, y no el aeropuerto de Santa Lucía, sí es tema de seguridad nacional. Su ausencia temporal o total, o incapacidad para gobernar, desataría una lucha por el poder de proporciones no imaginadas porque no hay una fuerza política dominante en el país. Ni siquiera Morena, que sólo es una especie de confederación de tribus enfrentadas entre sí. La oposición, simple y llanamente, no existe y el Ejército y la Marina ya no son lo de antes. La Guardia Nacional es un ente híbrido que existe sólo por decreto.

El Presidente no debe enfadarse con quien o quienes estén interesados en su salud física y mental, por más que el peticionario de la información la solicite, como sospecha, más por joder y ridiculizarlo que por interés genuino en el destino del país.

Abunda la literatura sobre la insania física o mental de quienes han gobernado al mundo.

La salud de los jefes de Estado es un tema interesante y preocupante, y creo que el mejor autor sobre el tema es David Owen, un médico y político inglés que publicó “En el poder y en la enfermedad” (El ojo del Tiempo, Siruela), en el que habla de enfermedades en jefes de Estado y de Gobierno en los últimos 100 años.

Owen es médico especializado en neurología psiquiátrica; fue, además, miembro de la Cámara de los Comunes, ministro de Marina, de Sanidad y de Asuntos Exteriores, y líder del Partido Social Demócrata en la Gran Bretaña.

Atendió a muchos políticos con todo tipo de problemas y sirvió y conoció a muchos de los que son objeto de estudio en su libro.

Haría bien el Presidente, o su círculo más estrecho, en leer a Owen o, al menos, la introducción de una obra de consulta obligada, en la que encontrará a personajes como Winston Churchill, John F. Kennedy, Boris Yeltsin, Adolfo Hitler, Richard Nixon, Margaret Thatcher, George W. Bush, Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson, Kruschev, Stalin …

Ahí podrá leer sobre el aforismo de Lord Acton, “el poder corrompe, pero el poder absoluto corrompe absolutamente”, y el síndrome de “hybris”, al que los griegos aludían para hablar de los héroes que, ebrios de éxito y acumulando poder, se comportaban como dioses o, al menos, como tiranos.

Leerán que Owen sostiene que las sociedades democráticas han desarrollado mecanismos de contrapesos para defenderse de los dirigentes embriagados de poder, pero concluye que ningún mecanismo es eficiente, ni siquiera la presión internacional.

Saludable podría ser que si se animaran a hojear a Owen leyeran al menos los 14 síntomas que enumera para saber si un personaje público padece el síndrome de hybris. Asegura que es suficiente con 4.

O, para no ir más lejos, podrían recuperar el perfil de Donald Trump que Juan Ramón de la Fuente publicó en el periódico El Universal el 18 de marzo de 2016, cuando estaba muy lejos de imaginar que representaría a la Cuarta Transformación en la ONU.

 

 

 

 

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