Santiago Vasconcelos, el incorruptible

Reconocimiento que ni siquiera le ha rendido el Estado mexicano le llega, en voz de un jefe mafioso,10 años después de su muerte

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Mesa de Redacción de IMPACTO: Enrique Sánchez Márquez, Hugo Páez, Subdirector General, Ricardo Aldana, José Luis Santiago Vasconcelos, Juan Bustillos, Director General, Virginia Martínez Souza, Servando Pérez Ramos y Roberto Cruz (de pie)

Sin duda, el mayor homenaje, el que ni siquiera le ha rendido el Estado mexicano a José Luis Santiago Vasconcelos, se lo hizo Jesús “Rey” Zambada en sus revelaciones en la Corte de Nueva York, en el juicio contra Archibaldo Guzmán, “El Chapo”: “Lo único que hacía era que no cooperaba con nadie”, y por eso la orden de ejecutarlo.

Era “un policía al que todo mundo tenía respeto y miedo porque no agarraba dinero del narcotráfico”, puntualizó Zambada. Y por eso “El Chapo” ordenó su asesinato.


Supe, por boca propia, de por lo menos dos atentados contra su vida (uno abortado por la policía preventiva de la Ciudad de México), y nunca me ha abandonado la sospecha de que el avionazo en el que murió con Juan Camilo Mouriño y otras personas no fue accidente ni la irresponsabilidad de que alguno de los dos pilotara la nave (aunque ambos gustaban hacerlo), sino producto de la orden se asesinarlo por haber propiciado la extradición de uno de los jefes más conspicuos del Cártel del Golfo.

Vasconcelos es, con Marisela Morales, Arely Gómez, Javier Coello, Jorge Carpizo, Alfonso Navarrete, Omar García Harfuch y Salvador Peralta, de los grandes personajes de la PGR que el oficio me ha permitido conocer a fondo, y no necesariamente por razones amistosas en principio, en el caso de algunos de ellos, sino todo lo contrario.

Todos han tenido una significación especial en mi vida, incluso de hermandad, y todos comparten la condición de incorruptibles con Vasconcelos.

Fui amigo de José Luis hasta el final de sus días; tuve, por reportero, la amarga experiencia de confirmar con la persona que amaba que aquella aciaga tarde del 4 de noviembre de 2008 viajaba con otros funcionarios de la Secretaría de Gobernación en el avión que traía a Juan Camilo Mouriño de San Luis Potosí a la Ciudad de México. No pude confortar a la embajadora, agobiada por el dolor.

La amistad me permitió verlo llorar, emocionado, al leer una carta de Mario Villanueva en la que el ex gobernador de Quintana Roo, víctima de la política, y no de su presunta vinculación con el narcotráfico, le protestaba que nunca amenazó con matarlo; no le pedía ayuda porque José Luis ya nada podía hacer; sólo quería que supiera de su respeto a su persona y de que nunca se había relacionado con el crimen organizado.

Fui testigo también de la bajeza con que el gobierno de Felipe Calderón lo echó de la PGR; ni siquiera le permitieron abandonar el edificio escoltado por la guardia a que tenía derecho. Al menos esas fueron las instrucciones del procurador Eduardo Medina Mora, hoy ministro de la Suprema Corte. Fue necesario que el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, le enviara a su escolta personal para que saliera a la calle sin correr peligro.

García Luna, que siempre se mantuvo leal a su amistad, convenció a Mouriño de incorporarlo a su equipo como secretario técnico del Consejo para la Implementación del Sistema de Justicia Penal.

Podría acabarme el papel hablando de José Luis, pero, en consonancia con lo dicho por el “Rey” Zambada en la Corte de Nueva York, debo recordar que en los meses anteriores a su fallecimiento recurría a sus amigos para conseguir un préstamo aquí y otro allá para hacer frente a sus necesidades pecuniarias.

Se trata de una gran victoria porque el reconocimiento le llega, en voz de un jefe mafioso,10 años después de su muerte, pero, sin duda, allá, en donde esté, celebró en grande que aquellos que en la administración de Medina Mora en la PGR se mofaban de los atentados en su contra escondan la cara de vergüenza. Contra ellos nadie atentó por… lo que sea.

 

 

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