Ritos políticos y rituales de gobierno

Sobre innumerables tópicos especulación en temporada de informe; formato constitucional ya no es como aquella antigua ceremonia en día festivo que conocíamos como ‘el día del presidente’

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Todo informe presidencial contiene características muy especiales y se produce en espacios de maniobra muy singularmente confinados

Cada año, la temporada del informe presidencial provoca la especulación sobre muchos tópicos. Que si habrá cambios en el gabinete. Que si la devaluación monetaria. Que si los mensajes crípticos rumbo al destape postulatorio, pero en medio del ejercicio de los “illuminati”, todos aquellos que no cobramos por gobernar, ni por oponernos, tenemos plena libertad, y amplia posibilidad, para razonar con imparcialidad y con seriedad.

Aunque el formato constitucional del informe presidencial ha sido modificado, y ya no es como aquella antigua ceremonia en día festivo que conocíamos como “el día del presidente”, lo cierto es que sigue siendo un motivo para que los gobernantes utilicen todos los medios a su alcance tanto para satisfacerse de lo hecho y para disculparse de lo pendiente, así como para que sus opositores renieguen de los logros gubernamentales y se aprovechen de sus pifias.

Porque, en un sentido realista, y como lo he dicho en otras ocasiones, algo de bueno y algo de malo habrá hecho nuestro gobierno en estos meses. En la política real, la única en la que creo, no existen el “cero absoluto” ni el “10 absoluto”. Tan sólo ciertas calificaciones que oscilan entre el 4 y el 7. El 8 y el 9 son la excelencia, mientras que el 2 y el 3 son la debacle; ambas se dan cada medio siglo. Por eso, un país con 200 años de vida tan sólo ha tenido cuatro presidentes excelentes y otros cuatro pésimos. El resto no fueron ni santos ni villanos.

El canon antiguo, ciertamente, es cosa del pasado, pero los sexenios siguen siendo, más o menos, de seis años. Eso determina que sigan siendo vigentes las condiciones político-cronológicas en las que se da cada uno de los seis informes presidenciales. Recordemos un poco de esto.

Todo informe presidencial contiene características muy especiales y se produce en espacios de maniobra muy singularmente confinados. Son como los sacramentos de la religión católica. Las esperanzas programáticas les corresponden al primero y al segundo. El primer informe es el que podríamos llamar el del “bautizo”. Se da a unos meses de iniciado el sexenio. Por eso, el Presidente trata de justificar su designación. Es un poco el verdadero cierre de la campaña electoral. En este informe, el mandatario confirma o rectifica sus promesas. Ya dio un adelanto de su comportamiento como gobernante. Es un informe de ofertas un poco más serias que las de campaña.

El segundo informe es el de “la confirmación”. Aquí, el presidente ya no es una mera promesa, sino que ya se le ve como verdadero. Ya es presidente de “a de veras”. Acierta y se equivoca. Cumple y defrauda. Gusta y repugna. Vamos, apenas está siendo canonizado. No ha llegado a la santificación, pero sí a la beatificación. Tan sólo se le juzga, pero aún no se le reclama.

El tercer y cuarto informes solían ser los más gloriosos. Las fechas son más que propicias para ello. Es el momento en el que el mandatario está más libre del pasado y del futuro. En esos días sólo existía el presente, y el presente era tan solo de él. Es, entonces, cuando se encontraba más lejos de la sombra tenebrosa y retadora de su antecesor, y más lejos de la luminosidad desafiante y deslumbrante de su sucesor. Eran los informes que conferían un mandato real. Eran como el matrimonio o el sacerdocio. Los del mayor festejo y la mayor gloria. Como en la religión, la boda o la ordenación, son todo un acontecimiento casi inigualable.

El interludio del mandato debería ser el de mayor lucimiento. El de las mejores galas. Como en la vida del hombre, la edad madura intermedia es la de la gloria suprema. La que va de los 40 a los 60 años de edad. Ese tiempo en el que ya no se carga con la inexperiencia de la juventud ni con la impotencia de la senectud. En los que el individuo luce su plenitud y su posibilidad. Si en ese “mediodía” al gobernante no se le notan todas las virtudes que no se le notaron antes, ya no se le notarán después.

Pero más tarde venía el quinto informe, cuando ya no hay tiempo para prometer y todavía no es tiempo para disculparse. Cuando el gobernante ya conoce sus posibilidades y sus limitaciones, pero, también, cuando ya lo conocen sus gobernados. Cuando ya no puede mentirles ni engañarlos con facilidad. Cuando ya decidieron sus sentimientos frente a él. Cuando ya es irremediable que lo amen o que lo odien. Este informe es “el agonizante”.

Después viene el sexto informe, cuando el agonizante se convierte en moribundo. La unción extrema, los santos óleos, el preludio del réquiem. El balance final de un mandato y, casi, de una vida, pero, por eso, el sexto Informe de Gobierno está reservado para el gran planteamiento histórico político del gobernante. Para esa fecha ya está en condiciones de anticipar su lugar en la historia. Ya puede ir adivinando cómo lo verán los futuros mexicanos y ya sabrá  premonizar el destino de su pueblo y de su nación.

Ese es el capital que puede rescatarse de los informes presidenciales, cuando están bien aprovechados. Ese debiera ser el gran legado de visión histórica de un hombre que pudo colarse en la historia de su patria.

 

Abogado y político.

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twitter: @jeromeroapis

 

 

 

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