Revocación de mandato riesgo de Jefatura Máxima

Nueva figura constitucional podría convertirse en arma antidemocrática en futuros sexenios

Compartir:

Intento un primer borrador de “Sólo para Iniciados” con un tema que seguramente me merecerá los calificativos favoritos de la Cuarta Transformación (neoliberal, porfirista, fifí, etcétera) cuando un escrito de Rafa Cardona me recuerda el epígrafe de la columna “Alto Poder”, de Manuel Mejido, en El Universal, en tiempos de nuestra lejana juventud: “A condición de que su director no lo abandone, un periodista nada debe temer de un jefe de Estado”.

El problema no es menor: En IMPACTO, el director soy yo.

Dicho esto, intento caminar en los terrenos resbaladizos de la 4T en materia del tan actual tema de la revocación de mandato, cuya existencia está por definirse en el Senado de la República.

A la vista, la revocación de mandato es tema noble porque permitiría al pueblo sacudirse, en breve tiempo, a un mal gobernante que lo engañó en la campaña electoral. Sin embargo,  en los términos que llegó al Senado de la República, hay quienes advierten ciertos riesgos.

No sólo el de unir la consulta para preguntar si permanece o se va Andrés Manuel López Obrador, con las elecciones a diputados federales, gobernadores, legisladores locales y presidentes municipales, en una acción que beneficiaría a los candidatos de Morena, por la alta popularidad del Presidente, sino porque la nueva figura constitucional podría convertirse en arma antidemocrática en futuros sexenios reviviendo la nefasta “Jefatura Máxima”.

Para sumirnos en el tema de la revocación es necesario incluirlo en el contexto de la innecesaria promesa del Presidente López Obrador, signada con puño y letra, de no dejarse seducir por la tentación de mantenerse en el poder más allá del tiempo marcado por la Constitución.

En el logotipo oficial del gobierno de la 4T figura Lázaro Cárdenas por la meritoria expropiación de las instalaciones de las empresas petroleras que cambió el destino del país, pero Cárdenas hizo por México algo tan valioso o más que rescatar el oro negro: Acabar, para siempre, con las jefaturas máximas en el poder político, cuyo rostro más reciente es el de Plutarco Elías Calles, el mismo que después del asesinato de Álvaro Obregón, culpable de traicionar la Revolución con su reelección presidencial, presumió haber liquidado la era de los caudillos con el nacimiento del PNR, que a la postre se convertiría en PRI.

De aprobarse la revocación de mandato no tendría sentido usarla para preguntar al pueblo si quiere a López Obrador gobernando los 6 años de su periodo constitucional o le otorga uno o más sexenios. Haga lo que haga, o deje de hacerlo, difícilmente los números actuales de su popularidad sufrirán una merma de magnitud considerable como para perder el favor de la población.

La revocación alcanzará su verdadero sentido, al menos en materia presidencial, en los sexenios subsecuentes, cuando, en cumplimiento de la carta firmada el martes, Andrés Manuel ya no esté en Palacio, pero continuará siendo el líder moral, e indiscutible, de esa poderosa máquina electoral llamada Morena.

Dicho de otra manera, la revocación de mandato tendrá como destinatarios a los sucesores de López Obrador.

Será entonces cuando una palabra suya, o de quien encabece al partido que esté en condiciones de movilizar a las masas a las urnas de la consulta, pondrá a temblar al inquilino del Palacio Nacional, a grado de que podría volver a tener vigencia la frase insolente soportada por Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez: El que manda vive enfrente.

Dice la historia que la Jefatura Máxima permaneció hasta el 9 de abril de 1936, cuando Lázaro Cárdenas ya habitaba la residencia presidencial de Los Pinos. Ese día, el general Rafael Navarro Cortina notificó a Plutarco Elías Calles el fin del “nopalismo”. El Presidente no soportaba a nadie mandando enfrente, ni siquiera a quien quería como si fuera su padre, así que lo envió a vivir a Estados Unidos. De esta manera nació el presidencialismo moderno mexicano, cuya máxima expresión es López Obrador.

El episodio de Cárdenas sacudiéndose la jefatura de Calles fue utilizada por José López Portillo para enviar a su amigo de la juventud, Luis Echeverría, a representar a México en Australia y las Islas Fiyi.

El 21 de octubre de 1979, con un discurso en el Monumento a la Revolución, el entonces subsecretario de Gobernación, Javier García Paniagua, recordó que mirando el mar michoacano, el general Cárdenas llegó a la conclusión de que sólo las olas regresan.

Don Javier habló de la perversidad de pretender regresar a lo que ya se tuvo: “En el estadio superior de la política nacional, los hombres no deben regresar porque son necesarias las sustituciones de ellos en el poder. Es ambición tan perversa como inútil intentar el retorno a la dirección política del país de manos ajenas a la responsabilidad presidencial”.

El mensaje a Echeverría fue lapidario porque pretendía ejercer lo que entonces se dio en llamar “minimaximato”.

Acabar con la jefatura máxima de Calles fue vital para la historia democrática del país, pero podría actualizarse si Ricardo Monreal y la menguada oposición a Morena permiten su aprobación en los términos aprobados por la Cámara de Diputados.

Compartir:
Comentario anónimo
Comentar vía Facebook

is loading comments...