Recordando el 2 de octubre

Si bien los hechos son fundamentales para la historia, para la política, lo primordial son las consecuencias de los sucesos

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Como político que soy, estoy convencido de que el día más importante del movimiento estudiantil de 1968 no fue el 2 de octubre, sino el 3 de octubre.

Los sucesos de Tlatelolco fueron, desde luego, un gravísimo final de esas infaustas semanas que se habían iniciado desde el lunes 22 de julio con las broncas de la Ciudadela y que habrían de pasar por el bazukazo en la Preparatoria, el combate en Santo Tomás y el allanamiento en la Ciudad Universitaria. Todos estos son registros muy trascendentes para la historia, porque para la historia, lo fundamental son los hechos, sin embargo, para la política, lo primordial son las consecuencias de los hechos.

Un hecho puede ser muy grave, pero muy intrascendente. La explosión de San Juanico fue muy trágica, pero no tuvo consecuencias políticas. Por el contrario, el terremoto del 85 fue, también, gravísimo, pero, además, tuvo unas consecuencias políticas tan grandes que todavía están en evolución y aún no alcanzamos a dimensionarlas plenamente.

Así, a casi 50 años de distancia, vemos con claridad que el 68 mexicano produjo efectos, de los buenos y de los malos, que todavía conviven con nosotros y que no han terminado, siquiera, de desplegarse a plenitud.

En la tarde del miércoles 2 de octubre hubo un mitin en Tlatelolco. Hubo discursos, bengalas, balazos, presos, heridos, desaparecidos y muertos, pero el 3 de octubre, México amaneció con novedades hasta entonces desconocidas. Las primeras planas daban cuenta de los sucesos del día anterior con un enfoque que venía a romper, por primera vez, con 40 años de prensa oficialista que dócilmente se atenía a la consigna, al control y a la censura. Un día mas tarde, Abel Quesada publicaba su ya legendario cartón con todo el espacio en negro y con el título “¿Por qué?”.

Y es que las consecuencias del 68 fueron muchas, y de diverso signo.  Algunas tan positivas, como una mayor apertura política, una mayor tolerancia hacia la oposición y la disidencia, un realineamiento más crítico de los medios de comunicación, una mayor libertad para el pensamiento y la expresión, una mayor valoración de la participación de la juventud, un mayor espacio para el pluralismo ideológico y una vía más amplia para el tránsito hacia la democracia.

Mi generación universitaria estuvo impregnada por un brusco despertar, pero quizá por eso también se ha esforzado, más que cualquier otra, en la construcción de una sociedad  plural, democrática, tolerante, participativa, igualitaria y libre.

Por eso creo que es importante que las nuevas generaciones conozcan los hechos y sus consecuencias no para el rencor ni para la amargura, ni para el resentimiento, sino para lo que puedan servirles para la previsión de su propio acontecer futuro.

En el México de los 60 existían varios factores dignos de mención.  Por una parte, una juventud urbana y universitaria que estaba sanamente seducida por ideales insurgentes. La Revolución cubana, Fidel, peñas literarias, el socialismo, música de protesta, el “Che” Guevara, asesinado en el 67, romanticismo político y, en fin, todo el perfil idealista que, en esos tiempos, germinaba con fertilidad en los jóvenes.

Por otra parte, ejercía la Presidencia de México un hombre de profundas torceduras psicológicas, políticas y emocionales que inició la difuminación de tal institución, hasta entonces patriarcal en la escena mexicana.  Díaz Ordaz tenía un concepto muy retorcido de la autoridad política y una idea muy peculiar de la autoridad moral.  Tarde o temprano esa juventud y ese gobernante tendrían que entrar en ruta de colisión.  Ambos lo sabían.  Tengo, incluso, la impresión de que ambos lo provocaron y lo apresuraron.

Lo que sí es un misterio son las razones.  Díaz Ordaz siempre se erigió en autor de las órdenes, señalándose como salvador de la patria.  No escondió la mano, sino que la levantaba con orgullo.  ¿A qué obedecía ello?  Sólo a tres posibles hipótesis.  La primera, que haya sido engañado con información falsa.  La segunda, que su propia mente generó fantasmas con tranchetes.  La tercera, que, ciertamente, hubiera hilos de conjura que movieron a juventudes inocentes. Como quiera que sea, son secretos que se llevó a la tumba.

Lo que nunca está de más es prevenirnos para el futuro.  Considerar los espacios que ha ganado la política mexicana en el escenario de la tolerancia, del entendimiento, del diálogo, del respeto y de la concordia, pero tener presente que esto no está ganado de por vida.  Que siempre corremos el riesgo de convivir con gobernantes poderosos y con poderosos no gobernantes que quisieran que no existieran otros poderes, otros partidos, otras ideas, otros derechos u otras voces que no fueran los de ellos.

Esa es la única memoria y la única verdad que puede rescatarse de Tlatelolco, la fe en el valor de la política como lo único que nos puede alejar de la barbarie, de la sinrazón y de los odios.

 

w989298@prodigy.net.mx

Twitter. @jeromeroapis

 

 

 

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