Problemas de gasolineras y problemas de Estado

¿La autoridad proviene del orden o el orden proviene de la autoridad?

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He escuchado a muchas personas quejarse del caos producido por las recientes circunstancias de abasto gasolinero. Desde luego, les asiste la cordura. No se puede conceder razón a quienes la autoridad les parece un espacio demasiado reducido para sus soluciones y, por ello, la rebasan o la derriban.

Los trastornos son imperdonables, sobre todo porque afectan a quienes no tienen que ver con la intención gubernamental, que, desde luego, es sana. Por esa injusticia hay muchas personas que pierden su tiempo, su vuelo o su jornal del día, pero más allá de ello se trata de una solución que puede impedir el funcionamiento de instituciones básicas del sistema republicano. Se trata de daños.


Es por ello que una reflexión más profunda sobre el justificado malestar de mis conciudadanos me ha llevado a la conclusión de que el problema real es de gobernabilidad, no de vialidad. Es de política, no de policía. Es de desabasto de poder, no de desabasto de gasolina. Es de hombres de Estado, no de choferes de carros-pipa.

Por eso me queda en claro que las soluciones, si es que las hay, y espero que las haya, más corresponden a los hombres de gobierno. Tienen que ver con las leyes federales, con el funcionamiento del gobierno y con la instalación de un Estado de craticidad que nos remita lo que me he permitido diagnosticar y designar como un “cratoma” o, en palabras más simples, como un cáncer en los sistemas de poder.

La ingobernabilidad, la dictadura o la anarquía son tan sólo meros síntomas de enfermedades degenerativas de los sistemas de poder, muchas de ellas incurables y progresivas. Son la parte visible de la enfermedad, pero no son la enfermedad, así como la fiebre, la tos, la mucosidad y la algesia son los síntomas perceptibles de la gripe, pero la causa son los virus invisibles y la patología es la inflamación de la garganta, de los bronquios o, hasta la muy grave, de los pulmones.

No me corresponde juzgar porque desconozco si los funcionarios del gobierno han hecho lo correcto ni quién ganará, al final de cuentas, en este siniestro juego de vencidas. Los legisladores, “a salto de mata”. Los procesos legislativos, “a medias”. Los gobernantes, “contra la pared”. Quisiera que ganaran la ley, la razón, la política y el gobierno. Espero que así suceda no obstante que hasta ahora han ganado la ilicitud, la sinrazón, la barbarie y los vándalos.

Las dos peores derrotas a las que puede enfrentarse un sistema político contemporáneo son el fracaso de su autoridad y el fracaso de su libertad. El triunfo de ambas no es sencillo, sino complejo, sobre todo porque, además de la dificultad para consolidarlas por sí mismas, resulta que tienden a excluirse y a deteriorarse con inversa reciprocidad. En muchas ocasiones, el triunfo de la autoridad se paga con cargo a la libertad, así como, en muchos eventos, la victoria de la libertad se paga con cargo a la autoridad.

Luis Muñoz Marín decía que, a diferencia de los sajones, los pueblos latinos tenemos dificultades temperamentales para ensamblar, equilibradamente, autoridad y libertad. Por eso hemos vivido largas épocas de mucha autoridad y poca libertad, así como otras de mucha libertad y poca autoridad. Por el contrario, cuando mis alumnos me piden ejemplos de buen “maridaje” entre autoridad y libertad, por facilidad de explicación señalo al país vecino, donde han logrado tener gobiernos con mucha autoridad y ciudadanos con mucha libertad, pero la gran catástrofe consiste en la debacle de ambas.

Por eso tengo miedo de que mi generación de mexicanos seamos los testigos o, peor aún, los artífices de una vergonzosa derrota histórica a partir de no haber consolidado la plena potestad de nuestra autoridad, al tiempo de no haber entronizado el adecuado uso de nuestra libertad.

A los obsesivos del concepto y del ejercicio del poder nos atormenta, desde hace décadas, una incógnita que llega al grado de enigma. ¿La autoridad proviene del orden o el orden proviene de la autoridad?

Creo que lo primero es el pensamiento de casi todos los pueblos occidentales modernos. Estados Unidos, Canadá y casi toda Europa han instalado su autoridad a partir de la previa presencia del orden, así como en Italia y en América Latina hay poca autoridad porque hay poco orden.

Por el contrario, lo segundo es el pensamiento de casi todos los pueblos orientales contemporáneos. Desde Rusia hasta Japón, pasando por China, India y los países árabes, piensan que sólo con una recia autoridad se puede instalar un orden confiable y duradero.

Y todo esto ¿será pura filosofía política o algo tendrá que ver con nuestras realidades cotidianas? Estoy muy convencido que el que lo pueda entender, más le vale que lo entienda.

 

Abogado y político

[email protected]

Twitter: @jeromeroapis

 

 

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