Periodismo en la cuarta transformación

Viable mantener la línea editorial ante el presidente electo y familia

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Contra lo que muchos supusimos, el debate entre el presidente electo y su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, con la Revista Proceso, a partir del llamativo cabeceo en portada de la entrevista con Diego Valadés, no hizo mella en la relación de Andrés Manuel López Obrador y Julio Scherer Ibarra, quizá el accionista más importante del semanario fundado por su padre, el legendario ex director de Excélsior.

Es probable que, parafraseando a López Obrador, habrá que acostumbrarnos a un nuevo estilo de periodismo en el que los propietarios no influyen en la línea editorial de sus publicaciones (a menos que en su propio espacio practiquen el oficio) y al pocas veces ejercido derecho de réplica del gobernante, cual sea su nivel, e incluso el de sus familiares, como ocurrió en el debate, en Twitter, que sostuvieron la señora Beatriz Gutiérrez Müller y el director de Proceso, Rafael Rodríguez.


A decir verdad, conforme estamos acostumbrados, era de esperar que a partir de la relación estrecha, con el presidente electo, de Scherer Ibarra, quien será Consejero Jurídico de la Presidencia de la República en la próxima administración, la revista Proceso se comportaría como aliada incondicional del próximo mandatario y, al menos, de los personajes más conspicuos de su corte; para decirlo de otra manera, en una especie de boletín oficial de la Cuarta Transformación, como lo hacen, por decisión propia, otros medios.

Sin embargo, el reportaje sobre la boda de César Yáñez, el ex vocero de Andrés Manuel que lo ha acompañado en las buenas y en las malas (más en estas), nos tomó de sorpresa. Nada se guardó Proceso del evento social más relevante del inicio de la Cuarta Transformación, aunque para algunos no fue tan hiriente como lo pudo ser si otro, y no alguien tan cercano al presidente electo, hubiese sido el protagonista.

En su momento, nadie tuvo explicación de la motivación de Proceso para diseccionar el evento social poblano y, acostumbrados a otro estilo, muchos llegamos a sospechar, al menos yo, que se trataba de un burdo aprovechamiento del episodio en la corte lopezobradorista para deshacerse de Yáñez. Pocos, casi nadie, concedimos que asistíamos a una lección de periodismo libre.

El asombro fue mayor con la entrevista con el ex director del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y la llamativa cabeza de la portada (“sensacionalista”, “amarillista”, según los calificativos de López Obrador), que para algunos no se ajustó, rigurosamente, a la letra ni al espíritu del texto, pero que, sin duda, atrajo la atención de lectores ávidos de disfrutar un escándalo político más (por cierto, en donde no lo había), propio de la transición sui géneris que vivimos.

Resulta asombroso para alguien que, como consta en estas páginas, no ha sido fan de Andrés Manuel en los últimos 18 años comprobar que, como decía al inicio, los dos episodios periodísticos de Proceso que están en boca de todos y llaman la atención en las redes sociales, especialmente en Twitter, no incidieron ni en la relación personal de los López Gutiérrez con Scherer Ibarra ni en la política y profesional del presidente electo y quien será su consejero jurídico.

No es desconocida, sin embargo, la proclividad de López Obrador a reaccionar a botepronto ante sus críticos y a lo que llama “prensa fifí” porque la supone impulsada por lo que, en su lenguaje, se conoce como la “mafia del poder”.

Pero, como dirían los clásicos, estoy en condiciones de decir que tuve acceso a información que demuestra, sin lugar a dudas, conforme a mi consideración, que, al margen de la cercanía personal o profesional, es posible mantener la línea editorial ante el presidente electo y familia, más allá de que estos se sintieran agredidos por el estilo llamativo de cabecear en portada una entrevista.

Y esto, hay que decirlo, es un hallazgo inesperado y una bocanada de oxígeno cuando se multiplican presagios de tiempos de intolerancia para la prensa.

 

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