Peña Nieto no podrá dejar la política

...Y menos si se equivoca en designar como su posible sucesor a quien no posea la cualidad que más valora, lealtad

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Veo a Enrique Peña Nieto leyendo el mensaje político de su penúltimo informe, en Palacio Nacional, como Presidente de México y no puedo evitar el lugar común de pensar que me parece que apenas fue ayer cuando en IMPACTO escuchó a Juan José, mi hijo, vaticinarle que sería gobernador del Estado de México; eran momentos en los que Arturo Montiel estaba apenas en su tercer año de gobierno.

O, en mayo de 2006, en su intento de atajar mi sesudo análisis sobre sus posibilidades presidenciales y el vaticinio de que debía prepararse porque competiría, cinco años después, por la candidatura priísta con Manlio Fabio Beltrones, quizás el político mejor equipado del país, no sólo del PRI.

Los primeros cinco años de su sexenio se fueron como suspiro y el último irá más de prisa, si bien las dificultades serán mayores porque tiene todo en contra para cumplir con su obligación, fundamental, de mantener a su partido en el poder. En especial porque el PRI no es tan poderoso como cuando él fue candidato y porque en las cartas a su disposición no hay otro Enrique Peña Nieto, ese garbanzo de a libra sin el que el PRI no habría recuperado la Presidencia en 2012 y Andrés Manuel López Obrador la habría conquistado en su segundo intento.

¿Nostalgia? Seguro que sí, como decimos en mi pueblo. Él tiene la culpa por las entrevistas que dio a El Universal y Excélsior para calentar el ambiente a su Quinto Informe de Gobierno, pero que terminaron siendo una especie de despedida adelantada.

¿Por qué no habría de tenerla si asegura que el primer día de diciembre del 2018 se retirará de la política y algunos, a diferencia suya, no podemos hacer planes a tan largo plazo?

Muchos amigos muy queridos, algunos de ellos, muy pocos, verdaderos hermanos, quizás me  reclamen que escriba en este tono de un Presidente controvertido cuya actuación requiere un análisis más profundo; ocúpate de tus obligaciones de reportero, me dirán, pero más allá de sus sinceras consideraciones, y de la paliza que me asestarán los furibundos amigos de las redes sociales y los críticos y enemigos del Presidente, constituye un orgullo que nadie puede arrebatar a esta familia haber descubierto a Peña Nieto dotes para el futuro cuando quizás ni siquiera sus más cercanos amigos de entonces lo veían como lo que hoy es.

SIN DUDA, UN GRAN PRESIDENTE

Nunca sabremos qué Presidente pudo haber sido Luis Donaldo Colosio; creo que habría sido grande. Sabemos cómo lo fue Carlos Salinas; grande. Y no quisiera dejar el oficio sin saber cómo sería Manlio Fabio Beltrones, sin duda grande. El oficio me dio la oportunidad de conocerlos, de mirarlos muy de cerca y hasta de participar en algunas de sus aventuras vitales. ¿Cómo no estar orgulloso de haber transitado con ellos, con su amistad y confianza a cuestas, si cuando llegué del pueblo a la guardia nocturna de El Universal sólo quería demostrarme a mí mismo que era reportero?

Pero tengo la certeza de no haberme equivocado en aquella plática de mediados de mayo de 2006 en su oficina de Explanada, cuando le insistía a Enrique (entonces se le podía hablar así) sobre su obligación de prepararse, desde ya, para el 2012, dado que todo indicaba que Roberto Madrazo no lograría su cometido de recuperar la Presidencia.

Él no se veía con futuro porque su presente era inexistente; no obstante, a pesar de gobernar el Estado de México con la totalidad de los municipios importantes de la entidad en manos del PAN y del PRD, con un control endeble del Congreso local, a punto de perder la diputación federal mexiquense y no tener senadores de mayoría, en cinco años se convirtió en candidato presidencial de facto una vez que se adueñó de la Legislatura federal y del CEN del PRI.

Peña Nieto ha sido un gran Presidente; las reformas del Pacto por México bastan para justificar el adjetivo, pero pecaría contra la objetividad si, como él mismo reconoció en las entrevistas publicadas el jueves, no registrara que el sexenio también estará marcado por fallas matizadas, según yo, por su alto concepto de la amistad, una cualidad no compartida por algunos de sus colaboradores, que para sobrevivir cargaron, con descaro inaudito, sus errores sobre los hombros de su jefe, a grado tal que casi acaban con su popularidad.

Ha referido su negativa a ceder a los linchamientos políticos de quienes a la vista han cometido errores merecedores de renuncia o cese automático, pero es evidente que algunos de sus acompañantes desde el principio, y aún están, abusaron de su generosidad.

 

LA HISTORIA Y EL VERDUGO LEAL

Todo indicaba que la historia abría las puertas a Carlos Salinas cuando apenas el Senado norteamericano aprobó el Tratado de Libre Comercio y se apresuró a destapar a Colosio a finales de noviembre de 1993, pero 1994 fue de pesadilla a partir de la insurgencia del subcomandante Marcos y del berrinche de Manuel Camacho. Luego vendría el asesinato de Luis Donaldo, pero aun así consiguió sacar adelante al PRI y a quien, a la postre, sería su verdugo, Ernesto Zedillo; más tarde, José Francisco Ruiz Massieu sería ejecutado. Para coronar el año, “el error de diciembre”, ocurrido apenas 20 días después de abandonar Los Pinos, sirvió para que todos los males le fueran achacados. Andrés Manuel López Obrador aún sigue explotando su supuesta villanía.

Pero a Peña Nieto no le dieron oportunidad de disfrutar los primeros logros de sus reformas, obtenidos a base de la insólita alianza de las tres fuerzas políticas más importantes del país en el Pacto por México, un anticipo de lo que serán los gobiernos de coalición.

La fatalidad lo alcanzó la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, cuando faltaban 4 años a su sexenio, pero antes de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa cayeron los precios internacionales del petróleo y la producción del crudo con las consecuencias económicas que todos hemos padecido, algunos más que otros, como siempre ocurre.

Y luego los errores inocultables de algunos de sus más conspicuos colaboradores.

Ya la historia juzgará a Peña Nieto, que a los 52 años estará retirado de la política, según dijo a sus entrevistadores. Creo que la historia lo tratará bien, como ocurre cuando el tiempo y el viento pasan y se llevan las hojas secas de los árboles y coloca a cada quien en su lugar, pero se equivoca en cuanto a que en diciembre de 2018 concluirá su carrera política.

No ocurrirá así ni siquiera si deja en Los Pinos al mejor de sus amigos; no todos los políticos son como Eruviel Ávila, el “verdugo” leal a quien dejó la gubernatura del Estado de México y lo cuidó con esmero impecable.

Su paisano Adolfo López Mateos heredó la Presidencia a Gustavo Díaz Ordaz y el poblano no le perdonó la ovación prodigada cuando le entregó el Comité Olímpico; Luis Echeverría cargó sobre Díaz Ordaz las consecuencias de 1968; a pesar que eran algo así como hermanos, José López Portillo tuvo que deshacerse de Echeverría porque éste pretendía instaurar un “minimato” estilo Plutarco Elías Calles, y Miguel de la Madrid, que debía a Don Pepe haberlo sacado de la oscuridad burocrática, no le perdonó la estatización bancaria.

En esta breve reseña de la historia reciente de la deslealtad en las sucesiones presidenciales, sólo Carlos Salinas fue leal con su antecesor; De la Madrid vivió con inusitada tranquilidad, pero a su sucesor le fue como a nadie; ni siquiera Adolfo de la Huerta y Plutarco Elías Calles sufrieron tanto.

A CUIDARSE DEL ‘DEFAULT’

Es más que conocida la larga historia del exilio y persecución que sufrió Salinas a partir de 1995 como para repetirla aquí, pero sería saludable que Peña Nieto la recuerde al tomar la decisión sobre la candidatura del PRI a sucederlo.

Diría Perogrullo que lo único importante en 2018, amén de mantener la economía, por lo menos, en los parámetros actuales, será ganar-ganar porque, de lo contrario, Andrés Manuel López Obrador constituirá una amenaza para lo que el país ha avanzado y el aterrizaje exitoso de las reformas, pero también para la seguridad de quien será ex Presidente.

Pero no sólo el candidato de Morena debe preocupar a quien ya, desde hoy, se siente retirado de la política en el último mes de diciembre de 2018. Conoce mejor que nadie a quienes tiene en mente, sean los mencionados por Emilio Gamboa o los que agregue en las próximas semanas; sólo él sabe en quién puede confiar y en quién no, aunque es pasmosa la facilidad con que uno suele equivocarse.

En alguna ocasión platicamos ampliamente sobre la anécdota que me confió Ernesto Zedillo y cuya veracidad niega Carlos Salinas.

Según Ernesto, a la comunicación de Salinas de que había optado por él para ocupar la candidatura vacante por el asesinato de Colosio contestó que el Presidente había pasado del “dedazo” al default”. Es decir, según Zedillo, fue candidato porque Carlos no tenía manera de postular a otro mejor, como Pedro Aspe, por ejemplo.

Comenté a Peña Nieto que cierta o no la anécdota, no se trataba de un chistorete de Zedillo, sino de su manera de decir que no debía a Carlos la candidatura y, en consecuencia, no se sentía en deuda.

Concluí la charla: “Y ya sabe, Presidente, cómo le fue a Salinas”.

Al despedirnos, en la puerta de su oficina, el Presidente me comentó: “Me dejas pensando en el default”.

En la entrevista con David Aponte, Peña Nieto dijo que el candidato del PRI a sucederlo debe tener visión clara de hacia dónde va el país, así como trayectoria honesta, limpia, de reconocimiento y prestigio.

Casi nada, pero aun cuando sólo se trate de una declaración perogrullesca para salir al paso de una pregunta comprometedora, hay muchos en el PRI, y en otros partidos, que comparten estas cualidades, como bien dijo Miguel Osorio Chong, el primer amigo con nivel (era gobernador de Hidalgo) que comprometió su futuro a su causa.

En lo personal creo que si Peña Nieto en realidad desea abandonar la política el primer día de diciembre de 2018 deberá buscar a quien, además de estos atributos, posea la cualidad que más valora, lealtad.

Si cae en la trampa del “default”, es decir, postular sólo a quien le cuenten que tiene visión de futuro y goza de prestigio, y de una imagen de honesto, como José Córdoba Montoya convenció a Salinas con Zedillo, pero ignora esa cosa rara llamada lealtad, seguirá en política por muchos años, al menos defendiéndose de su sucesor.

Y extrañando a quienes lo rodeaban y juraban lealtad eterna, que intentarán salvarse a sí mismos y justificar sus omisiones y comisiones con el clásico “ya sabes cómo era nuestro amigo”.

Nada nuevo, incluida gente de los medios de comunicación que hoy parece estar a su servicio, pero que son expertos en convertir en negocio la masacre de los ex Presidentes.

La nostalgia adelantada es natural, pero, ahora, lo único que debe importar al Presidente es no equivocarse de candidato y afanarse en ganar-ganar no con el descaro del “haiga sido como haiga sido” de Felipe Calderón, pero sí con la seguridad con que lo hizo Eruviel Ávila al sacar adelante a Alfredo del Mazo en el Estado de México.

El futuro de las reformas está asegurado; las alianzas en el Congreso impedirán el regreso al pasado, a menos que caigamos en la tentación de disolverlo o crear un instrumento legislativo paralelo, tipo Venezuela, pero la cacería de brujas podría no ser tan cruenta con un amigo en el Ejecutivo Federal, aunque quienes no olvidamos la historia reciente sabemos que ni los amigos son garantía.

En ocasiones, como lo demostró Peña Nieto, los contrarios suelen ser más confiables que los amigos.

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