Peña Nieto juega con los líderes de opinión

Ignoro si Meade será candidato del PRI y, eventualmente Presidente de México. Pero sería sano que contagiara a sus colegas esa cualidad muy suya

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Lejos estaba de imaginar que la licenciatura en “líder de opinión” fuera tan divertida.

Porque lo conozco, me divierte, no me asombra observar la manera como Enrique Peña Nieto juega con los más conspicuos “líderes de opinión”, los que todo saben sobre cualquier tema, en especial el político.

Es decir, con lo más granado de quienes escribimos columnas políticas que, según los enterados, a los lectores les importa madres porque sólo nos leemos entre los que escribimos del tema y nuestros clientes, en el mejor sentido de la palabra, los políticos (como decía Roberto Blanco Moheno, somos el club del tú me lees y yo te leo); pero también con los populares dueños de los micrófonos de la radio y las pantallas de televisión.

El Presidente es un experto en lidiar con nosotros; se le nota cómo disfruta cuando manipula a los más expertos en política.

Y le gusta provocar.

 

LA TRAMPA PRESIDENCIAL

En la sesión de preguntas y respuestas sobre la reconstrucción de lo que destruyeron las tormentas tropicales, los huracanes y los sismos, tuvo respuesta para todo y para todos, sin embargo, en apariencia cometió un error de inicio: prometió dar respuesta a todo lo que preguntaran, tuviera que ver o no con la reconstrucción en la Ciudad de México, Chiapas, Oaxaca, Puebla, Ciudad de México, Morelos, etcétera, y caímos en su trampa: le agarramos la palabra.

Fue así como el evento de pronto nada tuvo que ver con damnificados, el costo de sus nuevas viviendas, los escombros, la reconstrucción y el financiamiento, sino con preguntas tan sesudas como si el candidato del PRI estaba en el salón, si lo sentaron a su derecha o a su izquierda y, en todo caso, cuándo seria postulado o si los obligaría a renunciar cuando se acercaran los tiempos del registro de precandidaturas.

De hecho, nada diferente a lo que el día anterior le había preguntado Adela Micha bajo el patrocinio del banquero Carlos Hank, hijo del profesor Carlos Hank y yerno del “Maseco”, don Roberto González.

La fecha me resultará inolvidable porque, ignoro si por broma de Eduardo Sánchez o de Andrés Chao, recibí ayer la licenciatura en “Líder de opinión”, algo que por iletrado no pude presumir en 42 años de ejercicio, si bien Juan Ramón de la Fuente me concedió licenciatura y maestría en dos libros suyos, pese a ser semi-analfabeta.

La jornada en Los Pinos para escuchar lo mucho que el gobierno ha hecho para enfrentar las consecuencias de los sismos, inició normal. Recibí el abrazo fraterno de mi antiguo compañero de suplencias en El Universal, Marco Mares (cuando nos encontramos, él era, como lo es, un muchacho, yo ya andaba rondando los 30; él reporteaba de todo, en especial financieras; yo, sumido o asilado en la guardia nocturna).

Ayer por la mañana quedé instalado entre Ana María Lomelí y Javier Alatorre, ambos sumus de amabilidad que hicieron el milagro de hacer confortable un escenario hostil para un simple mortal advenedizo en las grandes ligas. Luego todo fue esperar a que llegara el Presidente y pasara a saludar.

Como suele hacer, Peña Nieto se quedó unos segundos de más con el director de IMPACTO. Se está volviendo costumbre, le dije. Él repitió la observación. El viernes anterior lo había saludado en Palacio Nacional en el reconocimiento a los rescatistas de las víctimas de los temblores.

 

MEADE, TRAS PEÑA NIETO

Escribí que entonces se comportó como un líder que desconocíamos.

En la tragedia y pese a los porcentajes de popularidad en su contra, a las campañas políticas sistematizadas para descarrilar su proyecto futurista y al incumplimiento de su palabra con los damnificados gracias a las maniobras circenses de sus colaboradores, se convirtió en el líder que la comunidad necesita.

Pero ayer, mientras el resto de destapados por Emilio Gamboa como precandidatos del PRI (Miguel Angel Osorio Chong, Aurelio Nuño y José Narro) se instalaban en el presídium, tras él se abría paso José Antonio Meade, el simpatizante priísta a quien se da por descontado que será candidato presidencial del PRI.

La jornada prosiguió como se esperaba a partir de que el Presidente propuso que se le podía preguntar del tema de la reunión y de lo que le viniera en gana a los asistentes.

Como en el Brindis del Bohemio, “siguió la tempestad de frases vanas” referidas, casi todas, al tema único que nos importa, el juego que todos jugamos, el de Juan Pirulero, el de la sucesión. Eso sí, antes todos escuchamos con atención a los secretarios leyendo los guiones en las pantallas de televisión gracias a la magia del power point.

Una vez concluido el desfile de números estadísticos, algunos micrófonos y las plumas más afamadas del país preguntaron si en el salón estaba el “tapado” (el candidato presidencial del PRI); si el Estado Mayor lo había colocado a la derecha o izquierda del Mandatario; si el “destape” está cerca o lejos, etcétera.

Para entonces, la reconstrucción valía madres. Si acaso algún despistado preguntó si el Presidente y sus servicios de inteligencia, el Ejército o la Marina, tenían informes de que habría estallidos de violencia en las zonas de Oaxaca y Chiapas, preferentemente.

Después de largas explicaciones del Presidente, apoyado ocasionalmente por Meade, que sabía lo que decía, y por Rosario Robles, a la que era difícil entender lo que decía, Peña Nieto terminó por preguntar quiénes han viajado a Chiapas y Oaxaca; yo levanté la mano, pero nadie me preguntó cuándo. Habría explicado que de vacaciones en el verano de 2016. Luego invitó a viajar con él a quienes quieran ver de cerca los daños ocasionados por los temblores.

Pero “aquel grupo bohemio, del que brotaba la palabra chusca, la que vierte veneno, lo mismo que, melosa y delicada, la música de un verso”, poco quería saber de reconstrucción; dos temas le escaldaban: la renuncia del fiscal-carnal, Raúl Cervantes, y la sucesión presidencial estilo priísta.

 

¡EL VIDEO!

Peña Nieto se divirtió; el día anterior había hecho escoleta con Adela Micha, si bien el ex procurador no fue tema en esa ocasión.

Ayer el Presidente se concretó a repetir lo que ya había dicho y a eludir con gracia de torero, tipo ‘El Juli’, las que parecían las preguntas más espinosas.

Por ejemplo, Pancho Garfias se fue sin respuestas y todavía al final de la jornada el Presidente se do el lujo de preguntarle si le quedaba alguna duda.

Cuando ya se despedía el Mandatario, nos encontramos en la puerta y recordó decepcionado que por alguna circunstancia los “líderes de opinión” no pudieron ver el video sobre rescates que el viernes anterior habían pasado en Palacio Nacional durante el reconocimiento a los rescatistas.

“Juan, tú ya lo viste”, me dijo. En efecto, tuve el privilegio de estar en esa ceremonia colmada de emoción en la que Miguel Mancera retrató a Arturo Elías Ayub con la perrita “Frida” de la Marina.

Otro día será, dije a Peña Nieto, pero el Presidente pidió el video y se armó un gran desmadre para ver si alguien lo tenía. Hubo quien arrimó su celular para presumir que lo había almacenado; hubo carreras, brincos y gritos y por fin, alguien prometió que en cuestión de segundos estaría en las pantallas diseminadas por el salón.

 

INEXACTO, PERO GRACIOSO

En eso estábamos cuando se me acercó el secretario de Hacienda que sólo quería decirme que la columna que publiqué ayer en IMPACTO sobre su supuesto pleito con el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, por los “remanentes”, estaba divertida, tenía buenos datos, pero algunos eran inexactos.

Me sorprendió que me abordara; cuando me saludó en ocasión de su arribo acompañando a Peña Nieto, mencioné mi nombre, pero si me identificó no lo demostró. Ni mi nombre ni mi rostro le decían algo. Simplemente seguía el paso apresurado de su jefe, pero su actitud me habló de un futuro ominoso. En México nada eres si el Presidente o el futuro mandatario no te conocen.

Pero casi tres horas después, mientras Peña Nieto esperaba que el video del rescate apareciera en las pantallas, Meade empezaba a explicarme asuntos inescrutables para quien apenas entiende la regla de tres simple.

Por fin, por esos milagros del poder, el Presidente pudo presumir el video del rescate de vidas y cuerpos, víctimas del sismo del 19 de septiembre en la Ciudad de México. Rodeado de “líderes de opinión”, entre ellos yo, se dispuso a verlo una vez más.

Meade ya no pudo seguir con su aclaración al reportero de IMPACTO y se marchó, pero yo no estaba dispuesto a dejarlo ir vivo. Aproveché que un nutrido grupo de “líderes de opinión” rodearon a Peña Nieto para ver el video y me largué a alcanzar al secretario de Hacienda.

Cuando atraje su atención, le pedí que siguiera con su explicación sobre los “remanentes” por aquello de que llegue a ser Presidente de México, como son los presagios por su condición de simpatizante del PRI y votante de Peña Nieto cuando trabajaba para Felipe Calderón.

Me regaló una explicación amplia de que nunca pensó, como yo escribí, en utilizar en 2011 los “remanentes” (el dinero que guarda el Banco de México por el diferencial en la compra y venta de dólares) en la campaña de Ernesto Cordero, que no pudo ser candidato presidencial del PAN por culpa de Josefina Vázquez Mota; también de cómo en su momento a él le ocurrió lo que años atrás pasó a Agustín Carstens con Guillermo Ortiz, que también fue gobernador del Banco de México.

Él estaba de prisa y yo de estas materias entiendo poco, a diferencia de Marco Mares; así que quedamos en platicar después o de encontrarme, mejor, con un amigo mutuo que fue su subsecretario en Hacienda en la época calderonista, Carlos Treviño, director corporativo en Administración de Pemex.

 

LA HUMILDAD

Debo admitir que de regreso a integrarme al grupo que rodeaba a Peña Nieto, fui rumiando la comparación de Meade con algunos de sus colegas de gabinete que también buscan la candidatura presidencial.

O no leen o se hacen que no leen; de hecho, resulta inconcebible que alguien como el secretario de Hacienda, a quien algunos consideran cuasi candidato presidencial del PRI, sea capaz de desmentirte de tú a tú, sin carta de por medio; mucho menos que con un sorprendente dejo de humildad te mencione que eres inexacto, pero divertido, en algunos datos.

Ignoro si Meade será candidato del PRI y, eventualmente Presidente de México. Pero sería sano que contagiara a sus colegas esa cualidad muy suya.

De regreso encontré al Presidente divirtiéndose  de lo lindo dispensando con generosidad inusitada medias verdades y señales de distracción a algunos de los “líderes de opinión” que se empeñaban en no dejarlo ir a comer.

Les habló de Raúl Cervantes y de su convicción de que un procurador debe durar seis años; de su impresión de que Ricardo Anaya no las tiene todas consigo para obtener la candidatura presidencial del Frente Amplio, así como del crecimiento reciente de Miguel Mancera. Pero nada del PRI. En su partido todo está circunscrito a la “liturgia”. Nadie fue capaz de preguntarle quién es el sumo sacerdote de esa religión. Él, claro.

Ya integrado al grupo, le dije que mientras él veía el video con mis colegas “líderes de opinión”, yo andaba futureando con José Antonio Meade; no me hizo mucho caso porque la tropa insistía en preguntarle si en el Salón Adolfo López Mateos había estado el candidato y si, en todo caso, se había sentado a su derecha o a su izquierda.

Él disfrutaba manipulando las respuestas y abusando de su magnetismo en corto. Cuando al fin decidió despedirse, me permití hacer una observación para licenciarme como “líder de opinión”.

 

¿LES DIJO QUIÉN ES?

Después de comentarle que, como el lunes, ayer insistió en la liturgia priísta, en referencia a la católica que observa reglas inconmovibles después de dos mil años, pregunté qué nos quiso decir a su llegada al salón, porque, mientras Osorio Chong, Nuño y Narro, que llegaron con él, ocuparon sus lugares en el presídium, él nos saludaba a los “líderes de opinión” seguido por José Antonio Meade. Él estrechaba una mano y su secretario de Hacienda lo hacía apenas el Presidente se alejaba un paso.

Me preguntó “sorprendido” si era cierto que tras él iba Meade; le contesté que sí, que incluso cargaba el maletín. El Presidente lanzó la carcajada acostumbrada, me dio un golpecito en el brazo y dijo “¡Ay Juan!” y se marchó.

Segundos después, mientras nos despedíamos entre abrazos los pocos “líderes de opinión” que quedábamos, llegó el secretario de Gobernación. Estrechó las manos de todos para despedirse y sonriendo preguntaba si ahí sí, el Presidente nos había dicho el nombre de quién será el candidato del PRI a la Presidencia.

La pregunta para la maestría es si Osorio Chong se quedó cumpliendo consigna al final para preguntar si hubo destape, o si lo hizo de manera espontánea.

Con estos priístas y los simpatizantes nunca se sabe.

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