Peña da en el blanco: Extremos no funcionan

Ni ‘parálisis de la derecha’ ni ‘el salto al vacío de la izquierda demagógica’; su propia naturaleza -física, ideológica y hasta biológica- los lleva a parecerse, unos, a Maduro y, a otros, a Trump

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No sólo en los últimos días, o semanas, desde hace años, el Presidente Enrique Peña Nieto se ha mantenido en calma.

¿Se le ha notado contrariado? Sí, algunas veces. Por ejemplo, cuando el caso de la “casa blanca”, cuando el Gobierno federal entró, sin deberla, en el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, que todo mundo sabe quién estuvo atrás de ese lío, la izquierda municipal y estatal de Guerrero.

Pero también, quizá, en los momentos más drásticos de la caída del precio internacional de petróleo, cuando tocó fondo a finales del 2015 y principios de 2016, y seguramente cuando se supo que Hillary Clinton dejó ir la victoria en Estados Unidos para permitir la llegada de Donald Trump.

Tal vez desde Carlos Salinas o Ernesto Zedillo, ningún Presidente de la República ha enfrentado un ambiente y atmósfera tan pesada y en contra.

Dólar, petróleo, Trump, inseguridad, redes sociales manipuladas, pero tampoco ningún gobierno, desde Salinas, Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, había puesto sobre la mesa del Poder Legislativo una serie de modificaciones constitucionales consensuadas (con los principales partidos políticos, PRI, PAN, PRD) y mediante un andamiaje como el “Pacto por México”, como el de esta gestión.

Tino o coincidencia, sin ello, el país estuviera pulverizado. No lo está.

Vaya, ni siquiera en momentos menos álgidos, la inversión, el empleo o la inflación, habían permanecido en términos tan soportables.

No es exageración. Acuda hoy al centro comercial de su agrado, al cine, a la calle, al restaurante.

Entonces, ¿de qué espantarse? ¿De los exabruptos? El ruido, dicen, lo hace quien lo requiere. Quien busca que volteen a verlo. Quien necesita reflectores. Quienes graban spots y spots y spots.

Pueden, incluso, inventar enfermedades, aunque el marcapasos lo traigan otros.

Pero este sábado, durante la celebración del 88 aniversario del Partido Revolucionario Institucional, el Presidente Enrique Peña Nieto, quien acudió gracias a la “sana cercanía”, dio en el blanco al mencionar el riesgo de un retroceso en el 2018.

Lo dijo así: “Al igual que hace seis años, están resurgiendo las amenazas que representan la parálisis de la derecha o el salto al vacío de la izquierda demagógica”.

De su discurso es relevante esa parte porque muchas veces hemos hablado de la inoperancia de los extremos.

Los extremos contienen mucho de nihilismo, hipocresía, racismo, narcisismo.

Vaya, ni la Izquierda ni la Derecha se plantan en un discurso y en una acción intermedia, a pesar de cambios tan trascendentes, por ejemplo, en Europa. Su propia naturaleza -física, ideológica y hasta biológica- los lleva a parecerse, unos, a Nicolás Maduro y, a otros, a Donald Trump.

Lo mismo conduce a partidos de ambas ideologías a irreconciliables guerras internas. A desaparecer del mapa político, como a ver languidecer su padrón de miembros y simpatizantes.

Cierto, tampoco ser del centro o aparentar que no se mata una mosca es garantía de buenos gobiernos. La transa mata a cualquiera, pero como entre lo borracho y lo feo, para la transa basta un castigo ejemplar (que, por cierto, no se ha dado), ¿pero para la locura?

 

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