Para fortuna de AMLO, Ebrard no es Videgaray

A diferencia de algunos compañeros del equipo presidencial, titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores no llegó a aprender y está haciendo su trabajo

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Nada me habría gustado más que adjudicar a Marcelo Ebrard la aplicación, a Nicolás Maduro, del “comes y te vas”, pero el secretario de Relaciones Exteriores estaba ocupado en asuntos más importantes que en igualar la triste despedida de Luis Videgaray, que en mala hora convenció a su jefe de terminar el sexenio entregando a Jared Kushner la más alta condecoración que otorga el gobierno mexicano a extranjeros sólo porque es yerno de Donald Trump y le garantizará hacer lo que sabe en Estados Unidos ahora que ya no será una especie de vicepresidente de México.

El repudio al mandatario venezolano no debe confundirse como apoyo a las estrategias panistas para mostrar su existencia en el Congreso, que no por eso deben ser demeritadas, pues tienen fundamento de sobra.


Se trata de una reacción natural a lo que Maduro ha hecho en su país y a la insistencia de algunos personajes de la nueva realidad mexicana a que ingresemos a la fraternidad de países bolivarianos, como la lideresa de Morena, Yeidckol Polevnsky; de uno de los más cercanos asesores en campaña de Andrés Manuel  López Obrador, el politólogo John Ackerman, esposo de la nueva secretaria de la Función Pública, Irma Eréndira Sandoval; del diputado Gerardo Fernández Noroña, que no es morenista sólo porque César Yáñez lo mantiene a cierta distancia de su jefe, y el presidente de la mesa directiva del Senado, Martí Batres, entre otros.

Ebrard, de lo más valioso que hay en el equipo de López Obrador, seguramente advirtió el riesgo innecesario que corría el inicio de la Cuarta Transformación con la presencia del dictador sudamericano en el Congreso, pero para evitarla no habría llegado al extremo de aconsejar una estrategia tan pedestre como la de Vicente Fox con Fidel Castro para dar gusto a George W. Bush y que Carlos Marín sintetizó, con genialidad, en una frase lacónica: “Comes y te vas”.

Para no especular sobre qué evitó que Maduro echara a perder la ceremonia de investidura aceptemos que se le descompuso el avión, que había neblina en el aeropuerto de la Ciudad de México, que su nave voló con viento en contra, que tenía que encarcelar a más opositores, que ordenaba la impresión de más bolívares, que empujaba a más venezolanos a emigrar a Colombia o Brasil, etcétera.

Mientras todo eso ocurría, Ebrard preparaba el discurso que pronunció en la recepción de López Obrador a sus distinguidos visitantes, entre ellos Maduro, y lo que será recordado como el primer acto de gobierno del sexenio, la Declaración Política El Salvador-Guatemala-Honduras-México que el mandatario mexicano firmó con Óscar Manuel Ortiz Ascencio Villaseñor, vicepresidente de El Salvador, el guatemalteco Jimmy Morales y el hondureño Juan Orlando Hernández.

En esa declaratoria conjunta se reconoce que para conseguir que, en el futuro, la migración sea “una opción, y no una necesidad”, como predica el Presidente López Obrador, es necesario “impulsar acciones que mejoren la calidad de vida de nuestros pueblos mediante la generación de trabajo digno y bajo una visión social que fomente su bienestar y desarrollo”.

El tiempo dirá si La Declaración quedó sólo en buenas intenciones y si el gobierno mexicano, comprometido a docenas de programas que requerirán de miles de millones de pesos, pudo disponer de recursos para ayudar a los 3 países hermanos de Centroamérica, pero por lo pronto destacar que Marcelo, a diferencia de algunos compañeros del equipo presidencial, no llegó a aprender y está haciendo su trabajo.

 

 

 

 

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