Para Alfonso Durazo, la tarea más importante e ingrata

Algo le vio Andrés Manuel que decidió hacer suya la obligación de cerrar el cementerio y regresarnos la tranquilidad perdida

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Conozco a Alfonso Durazo casi desde que Diana Laura lo integró al equipo de Luis Donaldo Colosio; fuimos amigos, ignoro si aún lo seamos (no habría razón para perder la amistad, pero uno nunca sabe en esto del periodismo político), y por eso me detengo en la encomienda que le encargó Andrés Manuel López Obrador: regresar la tranquilidad perdida a los mexicanos.

No suelo hacerlo en primera persona, pero que mis escasos lectores me perdonen hoy.


Vamos a dejar de lado que Alfonso vivió la peor de las pesadillas la tarde-noche en la que, en su oficina de campaña priísta, le informaron que su jefe y amigo, Pelo Chino, había sido ejecutado en Tijuana por un “asesino solitario”, como sentenció el procurador Diego Valadés apenas arribó a la ciudad fronteriza; que luego sería obligado a aceptar la Secretaría de Acción Social en el territorio de Manuel Camacho, una acción dolorosa y afrentosa por más que la hombría de bien de Manuel Aguilera alivianara lo que a todas luces era un castigo, y que más tarde su concepto de lealtad con el país, no con las personas, lo obligara a abandonar la Secretaría Particular de Vicente Fox en Los Pinos con un extenso legajo, que critiqué, para evitar, como lo consiguió, el despropósito de Marta Sahagún de coronar su ambición de ser presidente de México.

Después de la ejecución de Luis Donaldo, que no fue otra cosa su asesinato en Lomas Taurinas, Alfonso transitó en todas las aristas de la oposición hasta aterrizar en el movimiento de Andrés Manuel López Obrador.

Hoy está nominado a encabezar la Secretaría de Seguridad Pública, inexistente hasta que el Congreso la independice de Gobernación.

Lo he dicho y lo reitero, lo pusieron a bailar con la más fea.

Rebajar salarios a la burocracia dorada, trasladarla a otras entidades, decidir quién hace más o menos dinero con el nuevo aeropuerto, combatir la corrupción, construir refinerías y hasta entrar en arreglos buenos, malos o regulares con Donald Trump, entre otras tantas promesas de campaña del próximo presidente, pueden esperar el tiempo que se requiera, pero regresar a los mexicanos la tranquilidad perdida en los 18 años en los que, según Olga Sánchez Cordero, el PAN y el PRI convirtieron al país en un gran cementerio, es la tarea más difícil del gobierno que sucederá al de Enrique Peña Nieto.

Hasta donde puedo saber, Alfonso aspiraba a una posición menos desgastante que a la Secretaría de Seguridad Pública, cuya separación de Gobernación será prioritaria en la próxima Legislatura; pero, como cualquiera sabe, en política una cosa es a lo que se aspira y otra  la que decide quien reparte el pastel.

Algo le vio Andrés Manuel que decidió hacer suya la obligación de cerrar el cementerio y regresarnos la tranquilidad perdida.

Escribo en lo personal e interesado.

Nada me daría mayor gusto que ir nuevamente de mi pueblo a Talpa, en Jalisco, a cumplir las mandas incumplidas por los favores recibidos (uno de ellos la salvación, en combinación con los médicos, de mi hijo) sin temor a que la banda dominante confunda a los caminantes; comer chacales una vez más en Los Camichines sin preocupación por ignorar quién está en la mesa de junto o si, en todo caso, guarda un misil para derribar helicópteros; ir en caravana con los amigos a las playas de Casitas, en Nautla, sin miedo a ser confundidos con quienes dominan la plaza; no pasar las noches de los fines de semana en vela en espera de que mis hijos y nietas, no tan mayores, regresen a salvo del antro a casa, etcétera.

Si algo de esto consigue Alfonso, daré gracias a López Obrador por encargarle una misión que se antoja imposible, incluso para el policía más experimentado. Que yo sepa, él jamás tuvo vocación de cuico, como diría don Javier García Paniagua.

La noticia es que Andrés Manuel hará uso de una de las 2 iniciativas de ley preferentes a que tiene derecho, para regresar a la SSP a como la dejó Genaro García Luna, con el añadido de que también manejará el sistema de espionaje oficial que desaparecerá como Cisen para convertirse en la Agencia de Inteligencia, cuya tétrica denominación remite a regímenes dictatoriales.

Ignoro si como secretario particular de Luis Donaldo en Desarrollo Social, en el PRI o en campaña, Alfonso tenía acceso a la información mañanera del Cisen, pero no tengo duda que recibía alguna copia, no sé si completa o fragmentaria, de lo que los servicios de inteligencia entregaban cada mañana a Vicente Fox en Los Pinos y que el presidente terminó por no leer, según confesión propia, creyendo que si no estaba enterado nada ocurría.

De quienes acompañarán a Andrés Manuel en la tarea de gobernar, Alfonso es, con Marcelo Ebrard, Esteban Moctezuma y Ricardo Monreal, de los políticos más completos y mejor construidos por su largo paso en los primeros niveles del poder.

Pero a diferencia de ellos, la tarea que le asignaron es quizá la más ardua y más peligrosa y, a todas luces, sin futuro. Él sabrá por qué aceptó.

Yo me conformo con que mi viejo amigo consiga lo que le pedía líneas arriba: poder cumplir las mandas en Talpa, viajar a Casitas sin temor y no pasar la noche en vela en fines de semana en espera de que los chavos regresen a casa sin problemas.

Si lo consigue y aún dispongo de este espacio lo agradeceré sin regateos, porque si regresa la tranquilidad perdida a los ciudadanos habrá justificado que la mayoría del electorado votase por López Obrador.

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