Omar García Harfuch tuvo padre y abuelo

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Nunca sabré por qué don Javier García Paniagua me tenía cariño y cierta confianza. Quizás el paisanaje; lo cierto es que me permitía ser impertinente. Una mañana, hartándome en su exuberante mesa del jardín en Risco, le comenté que, por aceptar la jefatura de la policía de la Ciudad de México, bajo la regencia de Manuel Camacho, sus amigos periodistas corríamos el riesgo de ofenderlo con algún comentario sobre los “cuicos” a sus órdenes, como en Jalisco llamamos a los gendarmes.

Sabía a lo que me refería. El puesto nos parecía menor para un hombre de su estatura con el que perdí la primera candidatura presidencial. “No la perdimos”, me corrigió en alguna ocasión que tocamos el tema. “Se pierde lo que se tiene; nunca fue mía”.

Me recordó que cuando José López Portillo optó por Miguel de la Madrid para sucederlo en la Presidencia, el subsecretario de Inspección Fiscal, Ignacio Madrazo, inventó la infamia de que don Javier se preparaba a levantarse en armas al frente del cuerpo especial del Ejército.

Esto ocurrió después que Manuel Bartlett le pidió a nombre de De la Madrid dos o tres posiciones en el PRI, que presidía. El hoy director de la CFE recordará la institucional respuesta. Palabras más o menos: ¿Dos? ¡Todas son del candidato! Incluida la mía.

Y don Javier se marchó del PRI. Despachó por un tiempo en la Secretaría del Trabajo, pero el mejor lugar para verlo era por las madrugadas en el vapor de la Santa María.

Tuvo a bien explicarme que aceptó la jefatura de la policía del Distrito Federal porque constituía un reconocimiento del Presidente Salinas a su lealtad, puesta en entredicho cuando el destape de De la Madrid. Carlos ponía en sus manos la fuerza armada más importante después del Ejército.

Y sobre los que dudaron de su lealtad me dijo: “olvidaron que tuve padre”.

Se refería al general Marcelino García Barragán, el revolucionario jalisciense que siendo secretario de la Defensa Nacional rechazó la oferta norteamericana de sustituir en 1968 al presidente Gustavo Díaz Ordaz. “¿Sabe por qué, me preguntó?”. La explicación la tenía a flor de labio: Victoriano Huerta era jalisciense; con un “Chacal” en la historia ya era suficiente.

En abril de 2018, en presencia de mi hijo Francisco Bustillos, recordamos con Salinas aquel episodio. El ex Presidente nos platicó su preocupación por no ofender al gran mexicano con la propuesta de encabezar a la policía preventiva de la capital. Gran conocedor de los hombres, don Javier se percató y cortó con cinco palabras la tribulación del Presidente electo: “¡Muchas gracias, a sus órdenes señor Presidente!”.

Y así fue como Carlos inició el sexenio con un trabuco que le daba el tiempo y espacio suficientes a su brazo para lanzar la pelota, cual Joe Montana con los 49 de San Francisco: don Fernando Gutiérrez Barrios en Gobernación; Manlio Fabio Beltrones en la Subsecretaría; don Javier García Paniagua en la policía del DF y Javier Coello Trejo en la subprocuraduría General de la República. ¿Qué valiente se les ponía enfrente?

Cuando la Corte empezó a desmantelar paulatinamente esa bolsa de protección empezaron los problemas, pero esa es otra historia que incluye los asesinatos de un príncipe de la Iglesia, un candidato presidencial y el líder de la bancada priista en la Cámara de Diputados.

En aquella casona de los desayunos exuberantes habitaba un chamaco que, después de estudiar Derecho sin dar explicaciones ni pedir permiso a la familia decidió ser policía. Lo lleva en la sangre. Una vez pasar por la Policía Federal como jefe de Investigación y dirigir la Agencia de Investigación Criminal de la PGR y de la Fiscalía General de la República, Claudia Sheinbaum le confió en junio de 2019 la Policía de Investigación de la Procuraduría capitalina y posteriormente lo designó secretario de Seguridad Ciudadana.

Un año después, el 26 de junio, dos días después del Día de San Juan, recordé a uno de sus hermanos reclamarle airadamente cuando decidió ser policía: “no lo hagas, te van a matar, cabrón; tú eres de los que no agarran nada, te van a matar”.

El Cártel Nueva Generación de Jalisco, al que ha combatido desde que estaba en la Policía Federal en el sexenio pasado, atentó contra su vida en Las Lomas de Chapultepec.

Podría extenderme hablando sobre las capacidades y valores del jefe de la policía capitalina, pero basta recordar que antes de ingresar al quirófano escribió en su cuenta de twitter: “Esta mañana fuimos cobardemente atacados por el CJNG, dos compañeros y amigos míos perdieron la vida, tengo tres impactos de bala y varias esquirlas. Nuestra Nación tiene que continuar haciéndole frente a la cobarde delincuencia organizada. Continuaremos trabajando”.

Ya en su hogar, recuperándose, escribió en su cuenta de twitter: “Fui dado de alta del hospital, agradezco profundamente las muestras de solidaridad y apoyo recibido. En pocos días regresaré a trabajar con la mayor determinación para continuar con la construcción de la mejor Policía de México y combatir a la delincuencia que tanto daño nos hace”.

Quienes ordenaron el atentado contra su vida olvidaron que García Harfuch tuvo padre y abuelo.

Está de vuelta; en realidad nunca se fue.

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