Ochoa Reza hace política comiendo tacos de lechón y salbutes

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Para acercarse al pueblo o, por lo menos, a las bases del PRI, Enrique Ochoa Reza tendrá que hacer algo más que comer tacos de lechón y salbutes con Jorge Carlos Ramírez en Mérida; y para que sus compañeros de partido lo vean como su líder tendrá que ir más allá de contestar con pétalos de rosa a Margarita Zavala, que anda en busca del priísta que cometa la ingenuidad de engancharse a comparar con ella el gobierno de Peña Nieto con el de su marido.

Para decirlo de otra manera, si Ochoa Reza sigue pegando a los tacos con el entusiasmo que lo vieron los pocos  yucatecos que advirtieron su presencia en el mercado Santa Ana de Mérida, quizás lo único que consiga será boicotear  el programa  del Presidente Peña Nieto contra la obesidad, como lo hace Jorge Carlos.

Y si por falta de asesoramiento cae en la cama que Margarita quiere tender a los priístas, aludiendo a cifras de creación de empleo y porcentajes de crecimiento de la economía, terminará enredado en una madeja de temas para los que no tendrá respuesta.

Ochoa Reza debe preocuparse por temas mayores. Aunque formalmente es líder nacional del PRI desde el pasado 12 julio, y pocos días atrás, el 7, se  había destapado, al estilo priísta, como candidato único a suceder a Manlio Fabio Beltrones, lo cierto es que sus correligionarios siguen sin sentirlo suyo, no le conocen capacidades para estar al frente del partido en el poder y tienen el convencimiento de que no es el hombre que pueda conducirlos a mantener el poder en el 2018; vaya, ni siquiera  ganar las elecciones del año próximo, una de las cuales, la del Estado de México, será definitiva.

Es probable que sus críticos sean un tanto injustos con él y estén acostumbrados al perfil clásico del líder nacional priísta, pero se supone que se viven otros tiempos y que Ochoa Reza pertenece a la nueva generación de militantes y votantes.

Pero lo cierto es que por más que se mire con indulgencia al nuevo líder no hay manera de tragarlo aún como el hombre que dirigirá al PRI en la que ahora sí se podría llamar la madre de todas las batallas porque sus enemigos buscarán aniquilarlo.

El dirigente ya estuvo en Aguascalientes y Yucatán, por lo menos; si viajó a otra (ayer también estuvo en Campeche) no hubo muchos que se dieran por enterados. Inclusive, en sus propias fotografías en el mercado de Santa Ana,  en Mérida, se le muestra ajeno a la masa. Sólo están él, su esposa e hija, el líder estatal priísta, Carlos Pavón, y el senador Arturo Zamora.

El resto de comensales quizá ni se enteró de que ahí estaba el encargado de convertir al PRI en un partido del Siglo XXI, cuya misión es nada más y nada menos que mantenerlo en el poder.

En otros tiempos, Jorge Carlos Ramírez se habría afanado en construirle la escenografía para exhibir que va ganando popularidad, pero en la comelitona de tacos de lechón no se arrimaban ni las moscas.

Ochoa Reza está en una situación ingrata; los priístas no lo sienten suyo y lo creen una especie de tecnócrata a las órdenes de Luis Videgaray, que fue enviado por delante para limpiar de obstáculos el camino del secretario de Hacienda rumbo al 2018.

La oposición, por su parte, no lo toma muy en serio; lo respetan menos que a Agustín Basave, que llegó y se marchó del PRD alegando que suyo es el mérito de que el PAN ganara, en alianza, 5 gubernaturas.

¿Cómo ganarse el respeto de priístas y de sus opositores?

No le resultará nada fácil, pero, sin duda, no lo conseguirá tuiteando sus fotografías comiendo  marquesinas con gobernadores, como el yucateco Rolando Zapata Bello, o tacos de lechón y salbutes con el diputado Ramírez.

La política es algo más que giras gastronómicas.

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