Ochoa Reza aprendió a vivir en el infierno

Dirigente nacional del PRI se sacó la rifa del tigre en un contexto traumático para su instituto político y el gobierno

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Sin duda exageraba Felipe Calderón cuando decía que estar en el gobierno es como vivir en el infierno; si así fuera, pecaría de mal marido propiciando que su esposa Margarita sufra lo indecible entre 2018 y 2024 si consigue regresar a Los Pinos como jefa, no como consorte.

El ex presidente también explicaba lo a toda madre que es estar en la oposición porque todo se reduce a criticar,  buscar y encontrar lo negro y las fallas, y crucificar a quien está al mando. Esa era la gloria, según Felipe.

El otro infierno es acudir a un debate a defender al gobierno, cual sea su signo. Si no, que lo diga Enrique Ochoa Reza, que ayer sufrió en el programa de Carlos Loret de Mola la embestida de la mancuerna formada por Alejandra Barrales, del PRD, y Ricardo Anaya, del PAN; para su fortuna, a la perredista le falta nivel, tablas y preparación para estos eventos.

Difícilmente se puede decretar ganador porque Anaya tiene bien aprendido el rol que le toca jugar;  lleva un año al frente del PAN y cuenta en su haber la carrera parlamentaria, que da tablas a quien  toma su trabajo en serio. Además, quiere ser Presidente, como Margarita y Rafael Moreno Valle, por lo menos.

Ochoa Reza se sacó la rifa del tigre en un contexto traumático para el PRI y el gobierno: La derrota en 7 de las 12 entidades que se disputaron en junio pasado; el entorno económico mundial, que ha impactado a México; el escandaloso autoblindaje de  los gobernadores de Chihuahua y Veracruz; la renuncia del secretario de Hacienda, Luis Videgaray, a causa de la invitación a Donald Trump; los sucesivos recortes al presupuesto; la devaluación del peso ante el dólar, etcétera.

Y, desde luego, asuntos priístas ocurridos en la era panista, como los problemas jurídicos relacionados con el crimen organizado de los ex gobernadores tamaulipecos Eugenio Hernández y Tomás Yarrington.

La buena noticia para el priísmo es que, en menos de 100 días, Ochoa Reza ya aprendió a vivir en el infierno. Ayer, Anaya se equivocó si creyó que el debate televisivo sería un paseo por las nubes y que aporrearía al líder priísta hasta hacerlo sangrar.

Si descartamos a Barrales, que se concretó a convocar a un frente nacional para sacar al PRI de Los Pinos y a acudir, machaconamente, a la realidad porque  no se preparó para el debate, lo justo sería decretar empate entre Anaya y Ochoa Reza.

El empate no favorece  a Anaya porque con los elementos a la mano esperaba una victoria aplastante; no contaba con que Ochoa Reza aprendió la lección. De hecho, se preparó  a conciencia para enfrentarlo; en simulacros del debate adivinó los argumentos del líder panista y para todos tuvo respuesta.

En realidad no fue tarea difícil. La totalidad de los ataques y críticas de Anaya son lugares comunes a los que los priístas se enfrentan a diario. El problema es tener  respuesta. Ochoa Reza las tuvo, incluso para su liquidación como director de la CFE: El finiquito fue establecido en la era panista.

El debate, en sí mismo, no fue la gran cosa, pero agradezcamos a los líderes del PRI y del PAN que lo tomaran con seriedad y acudieran preparados, uno para aniquilar y el otro para defender y explicar situaciones, algunas indefendibles e inexplicables. De lamentar que la dirigente del PRD desperdiciara la oportunidad.

Y sí, lástima que, fiel a su naturaleza, Andrés Manuel López Obrador los dejara plantados, lo cual no lo convierte en cobarde, como insistió Anaya. Simplemente, está a la cabeza de la competencia y, como decía Juanga, ¿qué necesidad?

 

 

 

 

 

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