No hubo pacto de impunidad

Peña Nieto se mantuvo al margen del proceso electoral, actitud reconocida públicamente, y en varias ocasiones, por López Obrador

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Cuando las pasiones bajen de intensidad, y los historiadores se encarguen del sexenio que termina, mucho rescatarán de un gobierno calificado hoy con bajísimos índices de popularidad; desde luego, las reformas estructurales, en plena revisión por quienes están dispuestos a modificarlo todo y a sentar las bases de un régimen que dure no mil años, pero  por lo menos 70, como el PRI de Plutarco Elías Calles.

Pero los historiadores, obligados a mirar con frialdad, sin pasión, lo ocurrido entre 2016 y 2018, destacarán la decisión de Enrique Peña Nieto de no usar el poder presidencial (el de México es, hacia el interior del país, superior a la mayoría de los mandatarios del mundo, con excepción de los dictadores) para impedir que Andrés Manuel López Obrador se convirtiera en Presidente.


Peña Nieto pudo hacerlo, pero sólo él sabe por qué se abstuvo. A los demás sólo nos queda especular.

Más que un carismático líder social, o un ambicioso soñador que anhela mirar en vida la instalación de su bronce en el panteón de nuestros hombres ilustres, el Presidente electo es hombre de poder.

Por esta condición sabe, como pocos, lo que dice al insistir en su aprecio a Peña Nieto por no meter las manos en las elecciones del primer domingo de julio ni en la campaña presidencial.

Cuando explicó a Milenio que un Presidente debilitado, o por muy tonto que sea, “si decide hacer daño lo logra”, no se refería, en específico, a Peña Nieto, sino a la institución presidencial, quien la represente.

De hecho, este hombre de poder que en seis días será el primer mandatario sabe que ningún Presidente es tonto ni débil, así esté en las postrimerías de su mandato y con la popularidad en los suelos; en realidad, la presunta debilidad y la impopularidad lo hacen más peligroso. En 6 años, él vivirá su propia circunstancia; en la que sea estará en condiciones de decidir el rumbo del país en el siguiente sexenio.

Digámoslo con crudeza: En la semana que le falta para cumplir su sueño de colocarse la banda presidencial (la buena, no la que le puso doña Rosario Ibarra el 20 de noviembre de 2006, cuando se proclamó Presidente legítimo), quien fuese el Presidente de la República (hoy lo es Peña Nieto) podría interponerse en el camino del Presidente electo y cambiar el rumbo de la historia pasando sobre sus 30 millones de votos y sin importar que ya sea dueño absoluto del Congreso. El constitucional continúa siendo comandante supremo de las fuerzas armadas.

Las consecuencias de tal acción serían desastrosas para el país si un irresponsable estuviese al mando; pudo ocurrir en campaña o en la jornada electoral, y podría suceder en los días que faltan para la inauguración formal del próximo gobierno.

Para fortuna del país, Peña Nieto no es ese irresponsable que algunos quisieran.

Habrá que ver cómo transcurre el sexenio 2018-2024 para que comprobemos si quienes tomarán el poder el próximo domingo estarán dispuestos a dejarlo dentro de 6 años, en el supuesto de que alguna fuerza política creciera como para estar en condiciones de arrebatárselo; hasta entonces sabremos a qué estarán dispuestos a acudir para no perderlo.

Sin embargo, las evidencias delatan que llegaron para quedarse un largo rato: Antes del irremediable desgaste consecuente de la acción de gobernar, es decir, aún sin tomar posesión, han dado pasos trascendentes, vía el Congreso, para evitar que, dentro de 6 años, Morena sea suplido por otro partido político.

Puede escucharse cínico, pero los morenos están en su derecho, bajo la premisa de que la primera obligación de un partido político es mantener el poder.

En comparación se debe reconocer que, en su momento, el PAN y, en esta ocasión, el PRI hicieron todo para perderlo.

 

EL PODER PRESIDENCIAL

Dejando al margen lo que pueda ocurrir en el futuro, una ligerísima revisión del pasado reciente sirve para alimentar la tesis de Andrés Manuel de que un Presidente tonto o débil, si quisiera, podría ser una piedra insuperable en el camino de quien pretenda suplirlo.

Sólo a manera de anécdota: En 1976, el inolvidable Rodolfo “El Güero” Landeros se acantonó en Televisa (un enclave político tan estratégico entonces como lo es hoy) porque el Presidente electo, José López Portillo, que se aprestaba a viajar a Guatemala, temía que, en su ausencia, el mandatario constitucional le hiciera una trastada. Nada ocurrió, pero el peligro existió; al menos los informes de inteligencia que recibía eran en ese sentido. No por nada, apenas pudo, envió a Luis Echeverría de embajador a Australia y a las Islas Fiyi.

Echeverría, primero, quiso reelegirse, pero luego pretendió ejercer un minimato. Su proyecto abortó el 21 de octubre de 1979 con un discurso, en el Monumento a la Revolución, de don Javier García Paniagua. El entonces subsecretario de Gobernación recordó que mirando el mar michoacano, el general Lázaro Cárdenas llegó a la conclusión de que sólo las olas regresan.

Fue entonces que habló de la perversidad de pretender regresar a lo que ya se tuvo: “En el estadio superior de la política nacional, los hombres no deben regresar porque son necesarias las sustituciones de ellos en el poder. Es ambición tan perversa como inútil intentar el retorno a la dirección política del país de manos ajenas a la responsabilidad presidencial”.

Es irónico, pero lo que López Obrador reconoce a Peña Nieto es lo que los priístas enojados reclaman en susurros a quien dejará de ser Presidente en una semana.

¿Por qué no hizo todo lo que pudo para evitar el triunfo de López Obrador?, se preguntan.

No le formulan el cuestionamiento de frente porque no se deja ver y porque, institucionales al fin, no se atreverían a hacerlo. El Águila siempre les impondrá por la razón que López Obrador conoce muy bien: Un Presidente mexicano deja de serlo hasta el último minuto del mandato; mientras tenga 60 segundos puede cambiar el presente y el futuro a su capricho.

 

RUMORES Y CONSPIRACIONES

En su largo peregrinar rumbo a Palacio Nacional, Andrés Manuel fue testigo del nunca probado fraude electoral que supuestamente fue cometido a favor de Carlos Salinas y en agravio de Cuauhtémoc Cárdenas, con Manuel Bartlett de seudoprotagonista gracias a la frase acuñada por Diego Fernández de Cevallos: “Calló el sistema”.

Aquel “fraude” lo habría ordenado el Presidente Miguel de la Madrid.

Seis años después, un fuerte abrazo en Yucatán habría agravado los problemas de columna vertebral de Diego Fernández de Cevallos, casualmente después de barrer, en el debate entre candidatos presidenciales, a Cuauhtémoc y a Ernesto Zedillo. Parecía imparable.

Para superar los males de su columna, el candidato panista se retiró un largo tiempo de la campaña; esto permitió ganar la elección al priísta que tarde había entrado al quite debido al asesinato de Luis Donaldo Colosio. Con el tiempo, Vicente Fox reclamó a “El Jefe” haberse rendido, en supuesta complicidad con el Presidente Salinas; luego, a su estilo, se disculpó.

En México somos proclives a creer en rumores y conspiraciones quizás porque a la larga se comprueba que algunos son verdad.

Los priístas no terminan por aceptar que Francisco Labastida no fue un buen candidato, que Esteban Moctezuma organizó mal su campaña, que Fox fue un gran candidato y que la población estaba hasta la madre del PRI; les resulta más cómoda, más creíble, la versión de que Zedillo comprometió la alternancia con Bill Clinton a cambio del préstamo de 50 mil millones de dólares que salvó a su gobierno, en riesgo por el “error de diciembre”. En síntesis, Ernesto entregó el poder.

Seis años después, el margen de 0.62 por ciento que dio el triunfo a Felipe Calderón permitió a López Obrador clamar que fue defraudado. Cierta razón se la daría el Presidente Fox, que con el tiempo admitió haber contribuido con su “granito de arena”. ¿De qué tamaño fue el grano?

Felipe Calderón ganó, en 2006, a López Obrador con un 0.62 por ciento, lo que permitió al hoy Presidente Electo clamar que fue defraudado

Hubo al menos un intento de evitar la candidatura presidencial de Andrés Manuel. Atendiendo instrucciones del Poder Judicial de la Federación, el procurador general de la República, Rafael Macedo de la Concha, lo llevó ante la Cámara de Diputados para ser desaforado como jefe de Gobierno de la Ciudad de México por la violación de amparos concedidos a favor de los propietarios del predio “El Encino”.

Vicente Fox admitió haber contribuido con su ‘granito de arena’ al triunfo de Calderón. ¿De qué tamaño fue el grano?

Pudo contender contra Calderón porque el entonces presidente del PAN, Manuel Espino (hoy aliado de López Obrador), convenció a Fox de lo erróneo de victimizarlo. Fue así que Gabriela Cuevas (ahora en Morena) pagó la fianza correspondiente y lo libró de caer en el supuesto legal que le impediría ser candidato.

Gabriela Cuevas y Manuel Espino, las llaves para que, en el 2006, Andrés Manuel pudiera competir en la elección ante el intento de Fox de desaforarlo por violar un amparo sobre terrenos de Santa Fe

A causa de esto, el Presidente Fox se llevó un reclamo airado del presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Mariano Azuela, por incumplir con el mandato de presentar a López Obrador ante un juez y someterlo a proceso. De entonces data la cercanía de Olga Sánchez Cordero con el ahora Presidente electo; fue de los pocos ministros en oponerse.

 

PARARLO A COMO DÉ LUGAR

En la siguiente elección, ganada por Enrique Peña Nieto, que recuperaba para el PRI la Presidencia, no hubo acusaciones de fraude, si bien existieron sobre financiamiento ilegal. Calderón no puede ser acusado de apoyar a Peña Nieto; si acaso, abandonó a su suerte a Josefina Vázquez Mota porque su candidato, Ernesto Cordero, no pudo vencerla en la contienda panista.

Con este historial, Andrés Manuel temía que en la que para él era la vencida, la tercera, el aparato priísta acudiera a cualquier expediente para evitarle cumplir su sueño de ser Presidente. Quizás se enteró de la vehemencia con la que el entonces líder nacional priísta, Enrique Ochoa Reza, intentaba convencer a sus interlocutores de la necesidad de pararlo a como diera lugar, sin precisar el significado sus palabras.

En realidad, el camino fue empedrado de principio a fin para que todo le resultara fácil. Resulta ocioso hablar de la enemistad entre Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong; del cerco de la “Triada” al Presidente; de la confabulación de la Corte presidencial para aniquilar a Manlio Fabio Beltrones en las elecciones de 2016; de la falta de vigilancia sobre los gobernadores corruptos; de la compra ingenua del problema de Ayotzinapa; del escaso nivel del gabinete, salvo excepciones, como Arely Gómez y Alfonso Navarrete; del líder nacional priísta sin militancia; del coordinador de campaña que no coordinaba; del candidato ajeno al PRI, etcétera, y miles de etcéteras.

En cambio, López Obrador hizo lo suyo: Se construyó un partido; jamás dejó de recorrer el país; adoptó la lucha contra corrupción y la inseguridad como los temas torales de su campaña definitiva, etcétera.

El PRI ya había hecho también su trabajo para entregar el poder. Recordemos sólo que, en las entrevistas previas a su último informe, el Presidente Peña Nieto dijo que su partido estaba herido desde antes que él luchara por recuperar la Presidencia. De hecho, explicó que en 2012 fue él quien ganó.

El tema ahora es el reconocimiento de López Obrador a Peña Nieto por no usar el inmenso poder presidencial para evitar su triunfo arrollador.

En todo caso, quizás nunca sabremos si en alguna ocasión tuvo la tentación, si hubo quien se atrevió a proponérselo o si, con mucha anticipación, se convenció de la imposibilidad de contener el tsunami y prefirió ceder a la realidad y anteponer su talante democrático a sumir al país en el caos. Si el pueblo quería ser gobernado por López Obrador, que así fuera.

El no mover un dedo para impedir el triunfo de Andrés Manuel ha permitido la creación de todo tipo de leyendas urbanas que no dejarán de perseguirlo; se pueden resumir en que pactó la cesión del poder a cambio de impunidad.

El primero en propalar la versión del “pacto de impunidad” fue el candidato del PAN, Ricardo Anaya, pero lo hizo por coraje y venganza, en correspondencia a una campaña de desprestigio a base de señalamientos sobre una supuesta colusión en delito de lavado dinero. Insistió al reconocer su derrota ante López Obrador. Dijo que la acción facciosa de la PGR en su contra no manchaba el triunfo del candidato de Morena, pero la invención de Anaya ha permeado, incluso, en cierto priísmo que por hoy no lo dice abiertamente.

Ricardo Anaya, ex candidato presidencial del PAN, propaló la versión de un ‘pacto de impunidad’ entre Peña Nieto y López Obrador

En marzo 21 sabremos si hubo el tal pacto de impunidad que se traduce en “me dejas ganar y no te persigo” porque para la conmemoración del nacimiento del padre de la Segunda Transformación, Benito Juárez, está programada la consulta en la que se preguntará al pueblo sabio si se somete a juicio a los ex presidentes Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña.

El resultado de la consulta es predecible; para entonces, la Santa Inquisición instalará su quemadero y quienes acudan a votar no recordarán el aprecio que Andrés Manuel dice tener por Peña Nieto por no usar su poder para evitarle el triunfo o para que no tome posesión.

Si no existiera una gran cantidad de méritos para recordarlo como un gran Presidente es suficiente tener conciencia de que Peña Nieto tuvo el valor de aceptar el alto costo de no ceder a la tentación de alterar el curso de la historia.

Ya en 2024 el pueblo, sabio o no, hará otra consulta y decidirá qué camino seguir.

 

 

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