Murat va por lo que la política negó a su padre

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Sin el doctor José Narro en la contienda, sólo Ivonne Ortega podría evitar que Alejandro Moreno, conocido como “Alito”, y por su entrega amorosa al Presidente Andrés Manuel López Obrador como “Amlito”, se convierta en jefazo de lo que queda del PRI.
El gobernador con licencia de Campeche se prepara para relevar a Claudia Ruiz Massieu con el supuesto apoyo del ex Presidente Enrique Peña Nieto, pero realmente es empujado por José Murat, que sigue gobernando Oaxaca a través de su hijo Alejandro.
Pepe Murat, nacido a la política en las juventudes de izquierda, se convirtió en una de las promesas con que Luis Echeverría pretendió borrar su imagen de asesino de jóvenes en 1968. El oaxaqueño avanzó, imparable, a zancadas, ofreciendo servicios que por décadas fueron invaluables: Puente entre izquierdas y derechas. Era de los pocos que podían sacar acuerdos para el PRI y para el Presidente de la República con los dos extremos de la política nacional.
Esta capacidad de interlocución lo convirtió en una especie de padre putativo del hoy satanizado Pacto por México. Fue en el domicilio de su esposa, Arrayanes 99, en donde se establecieron los acuerdos entre el grupo de “Los Chuchos” del PRD, los panistas de Gustavo Madero y la nueva generación priísta que soñaba con mantenerse en el poder, por lo menos, 3 sexenios, encabezados por su gran gurú, Luis Videgaray, en representación de Peña Nieto.
Nadie, sólo Murat, podía lograr ese milagro.
El priísmo, más bien el peñismo, quedó en deuda con Murat por el logro histórico de sentar a la mesa a las 3 fuerzas políticas más importantes del país para ponerse de acuerdo en reformar la Constitución en aras de relanzar, a través del Congreso, al país a la modernidad iniciada por Carlos Salinas. Ahí tuvo su origen la cascada de reformas constitucionales, 14, que Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa hicieron aprobar en la Cámara de Diputados.
Sin embargo, el pago para Murat no fue suficiente. Alejandro, su hijo, fue director del Infonavit y luego gobernador de Oaxaca. Sin embargo, Pepe se quedó en el camino. No pudo dirigir la CNOP y nunca llegó a ser, formalmente, el líder de la Fundación Colosio.
Hay que decir que nunca le resultó fácil avanzar en política. Amenazando con abandonar su partido pudo ser diputado por segunda ocasión; le mintieron con el liderazgo del Senado y, pataleando aquí y allá, consiguió ser candidato a gobernador de Oaxaca sólo para que, después, Beatriz Paredes intentara, sin éxito, expulsarlo del PRI.
Por cierto, no fue él quien incorporó a su hijo Alejandro al equipo de Peña Nieto. Quien luego sería Presidente y su alter ego, Videgaray, lo encontraron en Nueva York, al lado del Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, y lo importaron al Estado de México. Hoy gobierna Oaxaca y es el principal apoyo político y económico de Alejandro Moreno en alianza con el ex gobernador de Coahuila Rubén Moreira. También lo es Manuel Velasco, quien dio cobijo a Murat en Chiapas.
Los priístas descontentos con Peña Nieto lo identifican como la fuerza motriz que impulsa a “Alito”, pero el verdadero genio atrás del ex gobernador de Campeche es Pepe Murat, que ha puesto en marcha la estrategia que lleve a Alejandro su hijo a lo que la política le negó, a pesar de que fue borrada de la Constitución la exigencia de ser hijo de mexicanos para ocupar la Presidencia de la República.
Porque esa es la meta; no otra. Alejandro Moreno sólo es un útil, por hoy, compañero de viaje.

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