Muñoz Ledo a la búsqueda de un loquero para el país

Nadie tan enterado como él para proponer que los diputados tengan a su alcance un psiquiatra; él mismo podría ser un gran ejemplo de esta necesidad no de hoy, sino de casi toda su carrera política

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Porfirio Muñoz Ledo me da la razón: Nuestro embajador en la ONU, Juan Ramón de la Fuente, tarde o temprano deberá ser Presidente, quizás cuando concluya el prólogo de la Cuarta Transformación, en 2024. Y no sólo por sus aptitudes políticas, por su prestigio nacional e internacional, y por su experiencia, sobrada, en la administración pública y en educación superior, sino por su profesión, psiquiatra.

Me rindo ante Porfirio Muñoz Ledo. Nunca tuvo tanta razón al proponer un servicio de psiquiatría para la Cámara de Diputados, pero también “a nivel nacional”.

Nadie tan enterado como él para proponer que los diputados tengan a su alcance un psiquiatra. Él mismo podría ser un gran ejemplo de esta necesidad; no de hoy, sino de casi toda su carrera política.

La propuesta me hace recordar a Enrique Álvarez del Castillo, que gobernó Jalisco, fue procurador general de la República, ministro de la Corte, al que en el aeropuerto asustaron las alarmas porque le descubrieron oculta una pistola y no podía conciliar el sueño porque los narcos se mataban frente a la casa de gobierno en Guadalajara.

A Enrique le costaba trabajo contener la risa al recordar un artículo con el que cooperó Porfirio para enaltecer, en un libro laudatorio, la gran obra educativa del maestro Mario de la Cueva, que lo fue también suyo y de Miguel de la Madrid cuando estudiaban Derecho en la UNAM.

En su artículo, Porfirio explicaba la intensa relación que lo unía a su maestro De la Cueva; lo describía hurgando en su baúl de recuerdos las notas periodísticas que daban cuenta de los logros de su discípulo predilecto a partir de que dejó la política universidad para meterse de lleno en la grilla nacional.

Para Álvarez del Castillo, aquella narrativa delataba una relación enfermiza que requería tratamiento psiquiátrico.

Con el tiempo, Porfirio fue el gran protagonista de una anécdota picaresca en Nueva York. Disputó en 1985 un lugar de estacionamiento, pistola en mano, con el joven empresario norteamericano Steven Goldstein sólo porque había invadido unos centímetros su espacio frente a la residencia diplomática en donde estacionaba su automóvil Mercedes, uno de los vehículos decomisados por el gobierno mexicano y que el Presidente De la Madrid, a consejo del secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog, distribuyó entre miembros del servicio exterior. Con el arma, Muñoz Ledo rompió la ventanilla derecha del auto del invasor.

El asunto quizás no habría tenido mayor trascendencia si el protagonista de aquel desaguisado no hubiese sido el embajador de México en la ONU.

¿Un caso para el psiquiatra o el terapeuta?

La necesidad de atención de un profesional la mostró Muñoz Ledo cuando no sé de dónde sacó que observando desde la íntima intimidad al Presidente López Obrador llegó a la conclusión que es el hijo auténtico de Dios, pero también un cruzado e iluminado.

Hasta Andrés Manuel se ruborizó o, como el resto del país, estalló en carcajadas.

Desde luego, no falta razón al diputado Muñoz Ledo cuando requiere servicio de psiquiatría para sus compañeros legisladores y, supongo, para él mismo. Para secundar su moción basta leer las crónicas de San Lázaro no sólo por legisladores de Morena, como Gerardo Fernández Noroña, sino para la mayoría de los de oposición, pero tampoco le falta razón cuando propone el mismo servicio a “nivel nacional” y pone de ejemplo el caso Torreón, es decir, el del niño que asesinó a su maestra, hirió a sus compañeros y se suicidó.

En efecto, es un asunto de locos lo ocurrido, como lo es también la presencia, en las escuelas, de policías federales de Alfonso Durazo armados con perros que, se supone, son capaces de olfatear armas para prevenir, con su amenazadora estampa, que los niños escondan armas en sus mochilas.

Y de locura está también que la acción del niño, que sólo un psiquiatra o un psicólogo podrían explicar, permitiera al titular de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto, descubrir las andanzas del abuelo, de la abuela y del padre del niño. Según esto, son sospechosos, al menos, de defraudar al fisco y manejar recursos de origen ilícito.

Podríamos extendernos hasta el infinito hablando de las locuras que ocurren desde el primer día del sexenio, pero que también, hay que decirlo, distinguieron a los anteriores de la era neoliberal. No obstante, baste decir que aquel que quiera enloquecer debe imponerse como obligación seguir día a día las conferencias mañaneras de prensa del Presidente de la República. Por salud mental, y no sólo por López Obrador, sino por muchos colegas, en especial algunos de nuestra generación, ya hay quienes preferimos leer los resúmenes periodísticos que estar pegados al televisor o a la pantalla de la computadora.

Y, ya entrados en materia, tal vez sea necesario que el Presidente replantee no sólo el formato de la mañanera, sino de la reunión del gabinete de seguridad. Algunos de sus integrantes, que a diario madrugan sólo para dar cifras y repetir, sin convicción, las bondades de la singular, por decir algo, política de seguridad de abrazos y no balazos, están enloqueciendo. Por lo que escuchan, les ordenan y las desveladas.

En fin, si Juan Ramón de la Fuente se niega, una vez más, en cinco años busquemos a un loquero en Morena para curar al país.

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