Mensajes de Peña Nieto

Presidentes de México, al menos los de origen priísta, son expertos en engañar con la verdad

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Leo a colegas respetables, como Carlos Puig, lamentarse porque vivimos en un país en el que permanecemos distraídos con las viejas prácticas priístas que mantienen al Presidente de la República como eje en la elección del candidato de su partido a sucederlo. Les parece que vivimos en el siglo pasado; no andan tan errados.

Los Presidentes de México, al menos los de origen priísta, son expertos en engañar con la verdad, como dicen que acostumbraba hacer Adolfo Ruiz Cortines, un burócrata veracruzano sin mucho mérito que, sin embargo, por las mañanas aprendidas en la mesa de dominó, y en los burdeles, marcó a la política sucesoria “engañando con la verdad” a su amigo Gilberto Flores Muñoz “El Pollo”.

Las señales que envían los Presidentes en épocas sucesorias son analizadas con atención por los interesados en robarle la señal que les decidirá el futuro. Y es que aquel que a tiempo adivine quién será el candidato podrá ir a rendir pleitesía y jurar lealtad eterna antes que nadie.

Hay que decir, sin embargo, que esto funcionaba en el pasado, cuando la designación del candidato equivalía a elegir al Presidente.

Una larga lista de supuestas o reales señales enviadas por Enrique Peña Nieto mantiene a José Antonio Meade en los cuernos de la luna. La última, el video en donde el Presidente le aplaude frente a los dueños del país. El momento fue tan intenso que el propio secretario de Hacienda lo subió a las redes sociales.

Es de imaginar el alborozo en el círculo cercano a Pepe Toño no sólo porque le esperan seis años de poder, sino porque su postulación y la migración de Agustín Carstens a Suiza provocarían vacantes a cubrir de inmediato: Hacienda, la Dirección de Pemex, el Banco de México, etcétera.

Pero ¿cómo interpretar el lenguaje corporal cotidiano de Peña Nieto, un mexiquense todo formas que ni a su círculo íntimo permite el tuteo, por aquello de la investidura?

Hay quienes guardan una buena colección de fotografías con él en Palacio Nacional o en Los Pinos. En cada ocasión que Peña Nieto convoca dedica a ciertas personas un poco más de tiempo que al resto de sus invitados especiales; un par de minutos, por decir algo, pero eternos cuando varias decenas de ansiosos, colocados por donde él camina, esperan conseguir apenas los segundos suficientes para una selfie.

Suele suceder que él mismo aparte las sillas para saludar a algún conocido que los organizadores colocaron en tercera fila; cruza con él algunas palabras cordiales al oído y lo felicita por algún cumpleaños, pero después saluda a los verdaderamente importantes que ahí están y les dice, como si a estos les importara, que fulano de tal cumplió años.

Más aún, de vez en vez saluda, intercambia algún comentario y hasta una broma, y de pronto invita a tomar café, llama a Jorge Corona y a un oficial del Estado Mayor Presidencial y les ordena conducir al afortunado hasta su oficina. Sobra decir que éste camina frente al resto de la concurrencia, que se pregunta ¿quién demonios es ese fulano?

¿Este tratamiento especial acerca al Presidente?

No. Peña Nieto es un mandatario que gusta del detalle, que sabe cómo agradar, cómo inflar el ego, que no dispone de tiempo para las relaciones públicas y aprovecha los eventos públicos o cualquier oportunidad para “pisar base”, como decía Luis Donaldo Colosio. O como hacían los candidatos en el pasado, que gastaban unos minutos en las carreteras para dar un “saludo de paso” a los pobladores acarreados de comunidades pequeñas a las que no podían visitar para ahorrar tiempo.

Las distinciones públicas que un Presidente otorga distinguen a quien las recibe y le alimenta su vanidad, pero lo que realmente importa es la conversación privada, el mensaje que entrega su mensajero autorizado o el que le es enviado a través de conductos designados años atrás.

El resto es pura vanidad.

Y se vale porque se trata de seres normales, pero el secretario de Hacienda no pertenece a esta categoría y sobre su persona se acumulan, día a día, tal cantidad de mensajes que mantienen en tensión a sus competidores.

 

 

 

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