Meade, gran Presidente, pero necesita ganar

Necesita, con urgencia, hacer algo para calmar la inquietud de los priístas y del grupo gobernante, atragantados con la cantinela de que la campaña de su candidato no levanta

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Ignoro cuál sea la estrategia de José Antonio Meade o si existen tantas como generales hay en su precampaña, pero a la vista salta que no debe esperar al inicio de marzo para sentirse candidato. Ya lo es y debe comportarse como tal. Contrasta, con sus competidores, la pasividad del candidato priísta; por ahora sólo compite con Andrés Manuel López Obrador en la cooptación de panistas, pero nada más.

No se le pide hacer chistoretes ni proclamas incendiarias, o tocar la guitarra como Ricardo Anaya, pero necesita, con urgencia, hacer algo para calmar la inquietud de los priístas y del grupo gobernante, atragantados con la cantinela de que la campaña de su candidato no levanta.

Podría, aunque parezca absurdo, aprovechar la oportunidad que le brinda Javier Corral e iniciar una caravana desde la Ciudad de México con destino a la capital de Chihuahua para decir a los priístas que su gobernador miente, si esto es cierto, cuando afirma que la Secretaría de Hacienda pretende escamotear a la entidad 900 millones, y que también es mentira que el PRI participó en una triangulación ilegal de recursos fiscales durante el Mandato de César Duarte.

Meade no correría el riesgo de ser acusado de realizar actos de campaña porque se trataría de una caravana que recorrería un buen porcentaje del territorio nacional para hablar con los priístas sobre las mentiras de Corral, pero es indudable que se trataría de un evento nada ortodoxo y ajeno a las estrategias de sus generales, todos inmaculados y asépticos.

Es probable que esta propuesta parezca absurda a Meade y a sus estrategas (y no tengo duda que lo sea), pero a la vista del priísmo militante, su candidato  no termina de encontrar el rumbo.

Quizás se trate de una apreciación injusta, pero desde que se propuso ser candidato (cuando  despachaba como secretario de Desarrollo Social) es evidente que hizo su tarea para convencer al Presidente Peña Nieto de que sólo una persona como él podría conseguir que la sociedad civil votara por el PRI, pero olvidó lo elemental: Tomar un curso para candidato.

Tal vez supuso que le bastaría la asesoría de Augusto Gómez Villanueva y de José Ramón Martell, pero ellos llegaron a la cúspide cuando el país era del PRI y pululaban los expertos en robar elecciones, como Luis del Toro Calero y Toño Cueto Citalán.

En aquellos tiempos bastaba ser postulado para tener el puesto en el bolsillo. Meade es candidato en tiempos de las redes sociales, y aunque su equipo hace circular a diario memes entretenidos y videos bien elaborados para ridiculizar al candidato de Morena, a él le va peor en la guerra cibernética. Y eso que aún no intervienen los rusos.

El Presidente Peña Nieto dijo alguna vez que bastaba un punto porcentual en las encuestas para disputar la candidatura presidencial; es probable que hoy no piense lo mismo.

A Meade le está costando sangre emparejarse a sus competidores y no porque sean mejores que él, que no lo son, sino porque su precampaña o campaña está más desordenada y descolorida que la de Francisco Labastida. Ya hasta Enrique Ochoa Reza, que intentaba dar sabor al caldo, desapareció.

Es probable que sea yo quien esté fuera de tiempo y que, acostumbrado al estilo de Peña Nieto, Carlos Salinas, Vicente Fox o Felipe Calderón, no advierta las bondades de la estrategia de la campaña priista.

Lo acepto, pero hasta Meade estará de acuerdo conmigo en que no basta con vender la idea de que el PRI tiene de candidato un hombre bueno. El último hombre justo que intentó salvar a la humanidad fue crucificado.

Meade está en una guerra en la que el más chimuelo, Ricardo Anaya, masca más fierros, y con especialistas como Julio Di-Bella, experto en perder elecciones (presumirá que ganó con Fox, pero Vicente fue un gran candidato y Labastida un flan), no parece que mejorará la situación.

No hay duda: José Antonio sería un gran Presidente (es ocioso compararlo con Anaya y López Obrador), pero antes necesita ganar. Por el país, por Peña Nieto y por muchos más cuya cantidad y nombres ni siquiera conoce.

 

 

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