Meade, en el corazón de Peña Nieto

Yo lo presencié el 29 de agosto a dos metros de Meade y Arreola me hizo recordarlo

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Federico Arreola destapó al líder nacional del PAN, Ricardo Anaya, como jefe de la campaña del simpatizante priísta José Antonio Meade.

Asegura que todo lo que el joven queretano hizo para fracturar a su partido con la salida de Margarita Zavala, fue a propósito para favorecer a su viejo amigo, el ex secretario de Hacienda de Felipe Calderón que hoy también lo es de Enrique Peña Nieto.

 

La especulación de Arreola me trae a la memoria que desde que Enrique Ochoa Reza abrió la puerta de la candidatura presidencial a los “simpatizantes”, todo mundo dio por sentado que el beneficiario es Meade.

A partir de entonces se han sucedido hechos públicos en los que el Presidente Peña Nieto insiste en hacer evidente que si Meade no estaba en su corazón ya ingresó o en definitiva habita en él, casi en solitario.

Por ejemplo, antes de huracanes y terremotos, en la ceremonia de entrega de la concesión de la Bolsa Institucional de Valores, ambos se dedicaron a coquetear entre sí ante la mirada complacida y entusiasmada de los cientos de representantes del sector financiero mexicano.

Bajaron juntos las escaleras del Palacio Nacional y juntos se marcharon, pero entre ambos significativos pasos, cada dos o tres minutos se esforzaban en hablar y carcajearse a los lejos sin importarles que en el uso del micrófono estuviera el líder del Congreso del Trabajo, Carlos Aceves del Olmo, el secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete, o el dirigente del Consejo Coordinador Empresarial, Juan Pablo Castañón.

La cuestión era demostrar cuánto aprecia el Presidente al responsable de las finanzas públicas; incluso cuando Peña Nieto habló de lo bien que está la economía y lo mejor que puede estar, Meade se permitía mover las cejas de arriba abajo en señal de aprobación y agradecimiento.

Cada palabra, cada gesto, cada carcajada de Peña Nieto y Meade constituían una señal de poder del secretario de Hacienda; quizá uno de los más significativos que para los buscadores de señales no pasó inadvertido, ocurrió cuando hablaba Castañón.

Entre José Antonio y Agustín Carstens, a quien todos los oradores excluyeron de los saludos en el micrófono, estaba un asiento vacío; de pronto Meade le hizo una señal para que se arrimara, pues tenía algo que decirle. El gobernador del Banco de México obedeció sin chistar y movió su pesada humanidad con dificultad hasta que estuvo cerca de su jefe de sector; escuchó lo que tenían que decirle y luego se retiró a su silla.

Hace tiempo que Carstens se desilusionó de Meade; fue él quien le dio las primeras oportunidades, pero entraron en conflicto cuando el entonces secretario de Hacienda de Felipe Calderón le pidió los remanentes del cambio de divisas. Se trataba de llenar las alforjas de quien pensaban sería el candidato presidencial del PAN, Ernesto Cordero.

Carstens se negó y el conflicto no se hizo esperar; aún hoy se queja de maltrato por parte de Meade. Una de los últimos, obligarlo a moverse entre las sillas del presídium en Palacio Nacional para que a los asistentes de la ceremonia histórica de la entrega de la concesión de la Bolsa Institucional de Valores no les quede duda de quién manda.

El conflicto con Carstens por los remanentes concluyó cuando, el Congreso, vía Manlio Fabio Beltrones, fueron etiquetados a fin de pagar deuda pública, por ejemplo, pero Meade y Luis Videgaray encontraron la fórmula para darles la vuelta. Pero esa es otra historia.

En aquella ceremonia en Palacio Nacional, el único que se encontraba a disgusto fue Aurelio Nuño, hasta entonces el único ocupante de corazón de Peña Nieto. Mientras el de Hacienda hablaba, el de Educación, a dos metros de él, lo miraba fijamente sin que Alfonso Navarrete fuera obstáculo para que lo taladrara con los ojos.

El 13 de agosto se lo habían destapado como simpatizante priísta y ahora exhibía su empatía con el Presidente. La mirada y mandíbula de Nuño delataban sus sentimientos mientras Meade se permitía incluso hacer chistoretes, como decir al Presidente que ya había dejado de llover y el sol había hecho su aparición.

Todo mundo entendió que se refería a sí mismo y a la reciente reforma estatutaria del PRI, y no al cambio de clima en la Ciudad de México mientras pronunciaba su discurso.

Yo lo presencié el 29 de agosto a dos metros de Meade y Arreola me hizo recordarlo.

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