Manuel Gamio (1883-1960)

Justicia histórica le tributa un nuevo testimonio de gratitud; no fue un científico social ajeno a las vicisitudes de su época

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Manuel Gamio. Histórico personaje debe ser traído a nuestra conciencia para reconocerlo en sus ejemplos y aportaciones generosas al bien de la patria

 Si la Historia es hacer el pasado presente y, el presente futuro; lo sustantivo del pretérito es el conocerlo y reconocerlo como propio, como parte de uno mismo con sus claroscuros como lo es la vida misma. No hacerlo es autocondenarnos a una amnesia que, en el mejor de los casos, nos hace pasar el tiempo sin saber de dónde venimos y a dónde vamos. En esa misma dirección, sin sabernos y sentirnos protagonistas del pasado de una comunidad nacional es situarnos en un egocentrismo individualista en el que no habremos de aportar nada a la sociedad, si no pretenderemos vivir de ella, supeditados y a expensas del trabajo de otros, deteniendo, en vez de impulsar la convivencia mejor y más humana. Así la Historia, como bien se dice, es maestra, nos enseña a vivir para la superación no para el estancamiento.

De esta Historia tenemos que extraer los modelos que propiciaron el bien general y excluir los que no lo han hecho o han sido simplemente indiferentes. Aquí también entonces, hay necesidad de un discernimiento de un juicio a partir de un conocimiento lo más objetivo y cercano a la realidad. Es en este sentido en el que se puede decir que hay una “justicia histórica” al descubrir de la vida en el tiempo, las virtudes más contributivas al bien nacional y destacarlas, en orden a venerarlas en la memoria de gratitud, que los pueblos nobles tienen que practicar para su propio engrandecimiento.


Hoy nos viene y convoca un personaje histórico que debe ser traído a nuestra conciencia histórica para reconocerlo en sus ejemplos y aportaciones generosas al bien de la patria. Manuel Gamio fue un antropólogo y arqueólogo que nació en la Ciudad de México en la penúltima década del siglo XIX (1883) y murió en la sexta década del siglo XX (1960). Su más destacada y conocida hazaña en su especialidad, fue nada menos que descubrir, a principios del siglo pasado la ubicación exacta del Templo Mayor de la Gran Tenochtitlán que yacía enterrado entre los grandes edificios virreinales que lo ocultaron varios siglos. Evidentemente este hallazgo nos conectó a los mexicanos en la evidencia de un origen que conocíamos tras mano, por revelaciones prodigiosas de cronistas, pero que necesitábamos materializar para completar una visión clara y tangible.

Sin embargo, aunque sólo esta genialidad lo convertiría en candidato a traspasar los tiempos de la historia, Manuel Gamio no fue notable sólo en ello, sino por su capacidad intelectual en una época en la que la Ciudad de México se debatía sobre el significado, la esencia y prospectiva de la evolución de la inédita y maravillosa experiencia humana del encuentro de dos mundos, en la que, como ahora, se enfrentaban posiciones racistas extremas y por la otra sensibles y avanzadas ideas y pensamiento de la riqueza de la amalgama y el potencial de un mestizaje capaz de remontar visiones sectarias, que impedían generar un sincretismo civilizado para unir el mundo como en una sola raza cósmica de la nueva América.

Su obra “Forjando Patria” lo revela como el antropólogo moderno que integra, no desintegra, los lazos culturales y raciales. Una antropología teleológica y axiológica que dirige las ciencias sociales a la búsqueda de los fines y valores del hombre para sobreponerse a los determinismos del positivismo y la ambivalencia del liberalismo, para encontrar en la vocación humana la capacidad de construir la convivencia en el orden y en la razón a partir de la conciencia de que la asimilación mestiza, sin prejuicios ni atavismos, reconociéndose ambas vertientes en su dimensión contributiva al ser de una nación logra, esa fusión creadora y promisoria. Esta obra es precursora de un nuevo concepto de nacionalismo y universalismo compatibles.

Gamio no fue un científico social ajeno a las vicisitudes de su época. En plena Revolución él se comprometía con sus estudios en Teotihuacán. En 1913 y 1916 su desempeño lo llevó a la responsabilidad de la preservación de Monumentos arqueológicos. En 1917 fundó la dirección de Antropología en la Secretaría de Agricultura y Fomento. La etnografía lo indujo a una profunda investigación de los significados y legados de las culturas próximas y ancestrales. La amplitud de visión lo llevó a buscar y apoyarse en otros especialistas en lingüística, antropología física, antropología social, etcétera. Con otros maestros y colegas en antropología de los países sudamericanos y norteamericanos, enriqueció su acervo y compartió el propio sin reservas.

Su lealtad y congruencia con el constitucionalismo y sus principios éticos, hicieron incompatible su permanencia en la subsecretaría de Educación en el periodo de Plutarco Elías Calles, a la que tuvo que renunciar por no haber sido atendido en las denuncias por corrupción que valientemente presentara. La persecución lo hizo presa por haber hecho públicos los abusos y desviación de recursos públicos. Su autoexilio a Nueva York lo situó en otro de los grandes temas antropológicos de nuestros tiempos el de migración. Inicio así el primer estudio de fondo de este fenómeno y las condiciones en las que se desenvolvía en la Unión Americana. La misma inquietud humana y científica le hizo llegar a fondo en la investigación y asociación con estudiosos de sitios arqueológicos en Guatemala, encontrando las afinidades connacionales de mayor peso y significado

Hacia 1952 en un último esfuerzo para incidir en el mejoramiento de comunidades indígenas que en el fondo conocía con sentimiento de solidaridad; coordinó el plan piloto de desarrollo para el Valle del Mezquital. Ocho años después a los 77 fructíferos años, parte a mejores tiempos. Hoy la justicia histórica le tributa un nuevo testimonio de gratitud al quedar inaugurada una estela de reconocimiento en la Plaza Seminario del Centro Histórico, que lleva su nombre para la perpetuidad, a la vista de todas las generaciones.

 

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