Los tiempos del revisionismo (desde la política hasta la religión)

¿Y qué podríamos decir de la cultura, de la educación, de la salud, de la comunicación, de la guerra, de la moral o de la vida misma?

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Marguerite Yourcenar, novelista, poetisa, dramaturga y traductora francesa naturalizada estadounidense

Si viviéramos dentro de 100 años, estoy seguro de que podríamos calificar al siglo XXI como el del revisionismo. Hoy, todo lo tenemos en duda y, dentro de unos años, esto será el espíritu de la humanidad. Ya no sólo dudamos del futuro, como lo han hecho todas las generaciones a través de los siglos, sino que también dudamos de la historia. Ya no siempre creemos que esta haya sido como nos la han contado.

Están en duda, y en revisión, desde la política hasta la religión. En lo primero existen dudas razonables sobre la permanencia del Estado. Somos muchos los que creemos que dentro de 100 años habrá cambiado la noción del Estado o, incluso, que habrá cambiado el Estado. Muchos se cuestionan si la soberanía, la libertad o la democracia deben avanzar o retroceder. Lo diré directo: Si sirven al hombre o lo perjudican.

Sin embargo, incluso, muchos otros piensan que la soberanía, la libertad y la democracia no se inventaron para servir al hombre. Que tan sólo son un lema de basamento social, no de bienestar individual. Repito que la ciencia no es cínica. Muchas veces es tan sólo despiadada. Esto estará sujeto a revisión en este siglo.

Decíamos del revisionismo religioso, tan sólo como otro ejemplo. Muchas voces creyentes en la más importante religión de occidente han puesto en duda hasta el celibato de su dios. Literatura y cinematografía actuales sugieren que un concilio de hace 17 siglos cambió la historia de su religión en muchas ideas. Esta revisión no es un tema de la historia, sino del futuro. Lo que resuelvan en este siglo, tan sólo con el estado marital de su dios, tendrá que ver con el celibato de sus sacerdotes y con la igualdad de género en el ejercicio sacerdotal.

Y ¿qué podríamos decir de la revisión de la cultura, de la educación, de la salud, de la comunicación, de la guerra, de la moral o de la vida misma?

Sin embargo, sobre todo, ya no sólo buscamos una filosofía del conocimiento, sino una técnica del conocimiento. Ya no sólo queremos saber lo que son las cosas o las ideas, sino, además, para qué sirven, cómo se manejan y cómo se mejoran. Ya no sólo interesarnos en el “qué” sino, además, en el “cómo”.

Por fortuna, el pensamiento libre de la academia, unido a la acción creadora de la política, puede mostrarnos el camino. Parafraseando a Marguerite Yourcenar podríamos considerar que cuando dos ideas se contraponen, lo mejor es armonizar ambas con las riquezas de cada una, pero nunca destruir a la una con las razones de la otra. Esa dialéctica de victoria o muerte es la negación del pensamiento, del conocimiento y, por consecuencia, de la verdad.

Alguna ocasión escuché que lo mejor que tenía, en su programación, una cadena televisiva extranjera eran sus comerciales. Creo que algo parecido sucede con algunos países donde lo mejor que tienen son sus elecciones, no sus gobiernos. No la soberanía, la democracia, la libertad, la justicia, el federalismo, el republicanismo, la constitucionalidad, la gobernabilidad, la seguridad y la efectividad. Nada de eso, sino tan sólo sus procesos de elección.

Que funciona mejor su sistema electoral que su sistema económico. Que son más eficientes sus partidos políticos que sus procuradurías de justicia. Que sus políticos son más aptos para ganar “chambas”, candidaturas o elecciones que para ganar el desarrollo, la equidad o la paz. ¡Vamos!, que son mejores sus “grillos” que sus gobernantes.

Y es, entonces, cuando nos preguntamos si debiéramos revisar desde “cero” nuestro sistema nacional de poder porque la ingobernabilidad, la dictadura o la anarquía son tan sólo meros síntomas de una degeneración oncológica del sistema político. Es decir, un cáncer en los sistemas de poder que me he permito bautizar como cratoma.

Durante más de siglo y medio, nuestra política fue una de las más ricas y complejas del planeta. Desde 1810 hasta 1970, México se convirtió en un generador de ideas, de proyectos y de instituciones que fueron estudiados y hasta reproducidos en muchas latitudes, pero hoy, en muchos escenarios, la mexicana se ha convertido en una política insulsa, insípida, guanga y en mucho impotente. Es una verdadera pesadilla aceptar que en casi 40 años mexicanos, el más importante invento político ha sido una credencial de elector. No un sistema de poder, sino un plástico con fotografía.

Y es que nada se ha inventado en tiempos más recientes. Quizá por eso César Cansino ha dicho que la ciencia política está herida de muerte y se ha colocado en el principio de su muy anunciado ocaso. Sin embargo, otros como Gary King, Kay Lehman Schlozman y Norman Nie anuncian su meridiano renacimiento, pero ¡cuidado! El revisionismo sin freno es navaja de doble filo y corta hacia muchos lados. En su uso sin cuidado, a alguien pudiera ocurrírsele la revisión de muchas ideas. La justicia base cero. La economía base cero. La Constitución base cero. Y, de allí, pasar a la historia base cero, al pensamiento base cero y, un buen día, a la vida base cero. Con ello, derogar la ley que no nos obedece, borrar la historia que no nos halaga, vetar el pensamiento que no nos conviene o fusilar a las personas que no nos gustan.

 

Abogado y político

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twitter: @jeromeroapis

 

 

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