Los que pudieron ser, el que tuvo que ser y el ‘veneno’ de la honorabilidad

Meade, del ‘flashing’ en los sectores priístas al restaurantero con Osorio

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A toro pasado, las explicaciones resultan ociosas e inútiles. ¡Ah, pero cómo entretienen!

Todo indica que el significado más certero de las reuniones “privadas”, pero públicas, de los políticos, sobre todo en restaurantes donde son fácilmente ubicables, es anunciar, sin decirlo, “miren, aquí estamos, Fulano y Zutano, y algo tramamos”.

La penúltima de éstas ocurrió la semana pasada y dio de qué hablar. Traía jiribilla. Margarita Zavala, Miguel Mancera y Rafael Moreno Valle se encontraron en el restaurante Balmoral del hotel Presidente Polanco.

El misterio rondaba las siluetas de Ricardo Anaya y Alejandra Barrales justo antes de sus consejos nacionales.

Una muy famosa fue la de Ernesto Cordero y Manlio Fabio Beltrones en septiembre de 2011. Dicen que hablaron de futbol.

Otra cosa es cuando los políticos, en cumplimiento de su sagrado derecho de privacidad, degustan con la familia y son increpados por los engorrosos periodistas.

Pero ayer se dio otra en el “Puerto Chico”. Miguel Osorio y José Antonio Meade compartieron mantel. Quizá sólo eso. Filtraron la reunión y como granizo cayeron los medios de comunicación. Fue sólo el “flashing” post-destape; ¿para qué? Casi al mismo tiempo, la Comisión Política Permanente del PRI (más de 100 consejeros) comprometía su alma por el “simpatizante”.

A estas alturas, digamos a sólo dos días después de la confirmación de la exclusiva de Luis Videgaray, y, claro, a toro pasado, se debieran recordar dos hechos o sucesos largos que casi fueron la tesis de graduación para precandidatos de Miguel Osorio y Aurelio Nuño.

A José Narro, Enrique de la Madrid y Manlio Fabio Beltrones los descartaba desde antes. Quizá Eruviel Ávila, pero su traslado a la Ciudad de México aclaró todo.

Primero el intenso trabajo, exhaustivo, de Miguel Osorio Chong, durante un mes y medio, duro, agotador, sin desmeritar el trabajo del resto de Secretarios y, claro, del mismo Presidente de la República, Enrique Peña Nieto, a causa de los terremotos del 7 y 19 de septiembre.

Osorio tuvo otros destacados momentos, como aquel en el que recibió sobre un templete y en mangas de camisa, afuera de Gobernación, a jóvenes del Instituto Politécnico Nacional.

El segundo es la labor, también ardua, de implementación de la Reforma Educativa, y de diálogo con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, de parte de Nuño durante casi cuatro años.

A Osorio le pegó el devastador tema de la inseguridad. A Nuño le faltó algo de empuje para convertir el Nuevo Sistema Educativo en el nuevo eje “vasconcelista”, toda proporción y tiempo guardado.

Meade, sin embargo, traía bajo el brazo el antídoto contra el antipriísmo y el veneno de la honorabilidad.

Vaya, ni defender la Reforma Fiscal requería, y menos si la confeccionaron, como en mucho las otras, el PAN y el PRD.

¿Cuántas sonrisas y apretones de manos públicos y personalizados faltan a Meade? ¿No basta con ser el portador del salvavidas?

 

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