Los nuevos gorilas en el Caribe

Debacle venezolana nos vuelve a presentar una advertencia

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Hace unas décadas, desde muchos lugares del planeta se veía a América Latina como un conjunto de naciones inmerso en una masacrada democrática

La debacle venezolana nos vuelve a presentar una advertencia en América Latina. El signo distintivo del cambio latinoamericano reside en un fuerte ingrediente de composición democrática. En un esfuerzo casi obsesivo, los latinoamericanos nos hemos aplicado en la instalación de una democracia muy integral. Sin embargo, dos cuestiones esenciales quedan aún en el aire y de su resolución depende la consolidación de la democracia latinoamericana del futuro.

La primera de ellas reside en el hecho de que, para el ejercicio de la democracia, los sistemas y las instituciones se han adaptado con mayor agilidad que los espíritus y las preferencias. Por eso se ha hecho una advertencia que resulta crucial en el actual tiempo. La democracia no puede concebirse como ejercicio real y perdurable en ausencia de demócratas.  Podríamos agregar que la democracia caminó de prisa y nos ganó en el tiempo.

Pareciera que así como los nuevos ricos no siempre saben para lo que sirve el dinero, los nuevos demócratas no siempre saben para lo que sirve la democracia. Y aquí retomo una prevención espeluznante. La democracia sólo se entiende si se entiende a los congresos. Nos vemos al espejo y aparece que no todos lo entendemos ni lo comprendemos. Muchos lo ven como una oficina más del gobierno. Algunos como un obstáculo para la buena marcha de la cosa pública. Otros como un estorbo cínico y costoso. Sólo unos cuantos como lo que realmente es: El insustituible centro rector y custodio garante de la democracia republicana.

La otra cuestión es el asunto de la gobernabilidad y su articulación con la democracia. El asunto de la gobernabilidad es la cuestión a la que más talento y voluntad tendremos que invertir los latinoamericanos en los tiempos inmediatos. La cuestión es muy clara si se le contrasta con la democracia. En el ejercicio democrático, el peso factorial de cada individuo es idéntico al de los demás. Cada ciudadano vale un voto. Nadie más  y nadie menos. El resultado democrático es, pues, una sumatoria. La mayor cantidad es la que decide.

En el ejercicio de gobernabilidad, por el contrario, no todos los individuos tienen el mismo peso factorial. Un  ciudadano común no tiene el mismo que un individuo exponencial o lideral en el campo de las ideologías, de los partidos, de las profesiones, de los dineros, de la comunicación, de los sindicatos o de los congresos. La gobernabilidad es el ensamble adecuado, no la suma de esos factores.

Esquemáticamente podría decirse que la democracia es aritmética, mientras que la gobernabilidad es geometría.

Hace unas décadas, desde muchos lugares del planeta se veía a América Latina como un conjunto de naciones inmerso en una masacrada democrática, con elecciones simuladas, con vulneraciones constitucionales, con gobiernos de facto, con fracturas del Estado de derecho, con sometimientos de la soberanía, con desinterés por la pobreza y con postergación del desarrollo.

A esos regímenes se les conocía en el mundo como gorilatos y su característica esencial consistía en ser el gobierno de un solo hombre, sin el estorbo del Congreso. Fueron legendarios Miguel Ydígoras, Luis y Anatasio Somoza, Fulgencio Batista, Leónidas Trujillo, Francois y Jean Claude Duvalier, Marcos Pérez Jiménez, Alfredo Stroessner, Rafael Videla, Augusto Pinochet, Gustavo Rojas Pinilla y una larguísima galería de tiranos, siempre caricaturizados como primates enormes y negros. No conozco, en zoología, cuáles son las características de los gorilas, pero en política son el sinónimo de la autocracia y el antónimo de la democracia.

Sin embargo, retomando el asunto, debemos todos ser precavidos, no por ello temerosos, ante los gobernantes que, al verse cada día más aislados, más desangelados y más apremiados, puedan tornarse en disparatados contra un Congreso que no los obsequie, contra una Suprema Corte que no los complazca, contra unos estados federados que no los admitan, contra unos partidos políticos que no los apoyen, contra unos medios de comunicación que no los alaben, contra una clase política que no los entienda y, al final de cuentas, lo que es peor, contra un pueblo que no los quiera.

 

 

Abogado y político

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twitter: @jeromeroapis

 

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Hace unas décadas, desde muchos lugares del planeta se veía a América Latina como un conjunto de naciones inmerso en una masacrada democrática, con elecciones simuladas, con vulneraciones constitucionales, con gobiernos de facto, con fracturas del Estado de derecho, con sometimientos de la soberanía, con desinterés por la pobreza y con postergación del desarrollo

 

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Miguel Ydígoras, Luis y Anatasio Somoza; Fulgencio Batista, Leónidas Trujillo, Francois y Jean Claude Duvalier; Marcos Pérez Jiménez, Alfredo Stroessner, Rafael Videla, Augusto Pinochet y Gustavo Rojas Pinilla

 

 

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