Los estilos de hacer política

Estrictamente personales, no admiten generalizaciones autómatas

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Mahatma Gandhi es el ejemplo proverbial de la resistencia pacífica, del rechazo a todo tipo de violencia y del perdón de los agravios

Muchas veces he comentado que el estilo político es estrictamente personal y no admite generalizaciones autómatas. Es un ejercicio de personas, y no de robots. Hay quienes dicen que el gobierno debe ser pacífico y tolerante, así como hay quienes señalan que debiera ser recio y poderoso con los que incendian, bloquean y golpean para exigir “el cumplimiento de la ley”. Esto me ha llevado a reflexionar, una vez más, en los estilos de gobierno.

Estos dos extremos resultan planos, simples, predecibles, transparentes y aritméticos. En mis clases universitarias los he llamado “el estilo Gandhi” y “el estilo Kennedy”. Para el amable lector con quien converso todos los viernes no requieren mayor explicación histórica ni política.

Mohandas Karamchand Gandhi, llamado “Mahatma” por los hindúes, a propuesta de Tagore, es el ejemplo proverbial de la resistencia pacífica, del rechazo a todo tipo de violencia y del perdón de los agravios. Con ello independizó a su nación sin violencia ni rencor. Me queda claro que la descolonización no fue una obra de Gandhi, sino de los estadounidenses vencedores, pero creo que gracias al Mahatma, India se liberó sin enfrascarse en vendettas de casta o de poder.

John Fitzgerald Kennedy, llamado “Jack” por los estadounidenses, a propuesta de Schlesinger, es uno de los prototipos de la política de respuesta briosa. Su incursión en Alabama, su discurso en Berlín, su intentona en Bahía de Cochinos, su aventura en Vietnam y su vigor en la crisis de los misiles nos hablan de un verdadero mariscal de campo. Con ello, Jack arrinconó a la Unión Soviética durante la Guerra Fría.

Sin embargo, hay otros estilos que son volumínicos, complejos, impredecibles, crípticos y geométricos. Se me ocurren dos ejemplos que aquí llamaré el “estilo Roosevelt” y el “estilo López Mateos”. Juegan con el tiempo como ingrediente adicional.

Desde que Franklin Delano Roosevelt asumió la presidencia no tuvo la menor duda de que habría guerra en Europa. Su primera pregunta fue si su nación debería intervenir en esa guerra o tan sólo verla como una guerra ajena. Su respuesta, indubitable, fue que mucho les convendría participar en esa guerra, de la que saldrían como los dueños del mundo. El destino de gloria tocaba a las puertas de Estados Unidos y su presidente no sería el atarantado, miedoso o humanista que le negara el paso o le rechazara sus ofrendas.

La segunda interrogante era ¿cuándo entrar a la guerra? Su respuesta fue: ¡No tan pronto! En 8 o 10 años. Tan lento como para que los europeos sumaran 40 millones de muertos. Tan lento como para que, en ese entonces, ya no tuvieran comida ni armas, ni medicinas, ni jóvenes, ni esperanzas para oponérseles. Tan lento como para que, en su desesperación, los amigos le rogaran la ayuda y los enemigos le suplicaran la paz. Tan lento para que el auxilio para unos y la clemencia para otros tuviera un precio exorbitante.

Sólo para entonces desembarcaría en Europa el primer estadounidense. A este nunca le faltaría el arma, el parque, el combustible, la medicina, el alimento y, ni siquiera, el correo; el cigarro o las golosinas. Además, su país podría sostener su participación en la guerra por 20 años más sin sacrificar, en casa, una sola de sus hamburguesas, de sus cervezas, de sus comodidades, de sus empleos, de sus beneficios sociales, de sus transformaciones ni de sus libertades.

Ahora pensemos en Adolfo López Mateos enfrentando la larga y, en aquel entonces, muy grave huelga ferrocarrilera reunido con los secretarios de Gobernación, de Hacienda, de Comunicaciones y del Trabajo. Había talento de sobra en aquella mesa, pero la probada inteligencia de Gustavo Díaz Ordaz, de Antonio Ortiz Mena, de Walter Buchanan y de Salomón González Blanco ya resultaba insuficiente y requería de la mano  presidencial.

López Mateos comprendió que había que ingresar al doloroso terreno en el que, para funcionar, la política tiene que apartarse un poco de la ley o de los valores. Se habían agotado las vías del diálogo, del pago y del arreglo. Les  dijo que sólo habría dos soluciones. “Que los matemos o que los metamos. Y como no tengo la menor intención de que los matemos, sólo queda que los metamos”.

Dicho esto se levantó para despedirlos, chasqueó tres veces los dedos y dijo: “Que venga el procurador general de la República”. Se realizó el “vallejazo”, se conjuró la huelga ferrocarrilera y se solucionó el problema.

Se me ocurre lo que harían nuestros personajes si hoy reencarnaran en Guerrero. ¿Qué hubieran hecho ante el caso Ayotzinapa? Gandhi meditaría y rezaría. Kennedy enviaría a su Guardia Nacional y a su hermano, el durísimo procurador. Roosevelt esperaría a que los guerrerenses, desesperados, le juraran jamás volver a votar por el PRD. Y López Mateos los mataría o los metería, sin tercera opción.

¡Ah, caray! No se contraponen ni se excluyen, y ni siquiera se estorban.

Los cuatro estadistas que hoy invité fueron abogados, además de políticos. Todos amaron a su patria. Sus funerales sumieron a su país en el más profundo dolor. Hoy, los cuatro son venerados por su nación. Con todos ellos, sus pueblos se consideran muy honrados y se sienten muy endeudados.

 

 

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