Los estilos de hacer política (III)

En función de las circunstancias en las que se aplican si son bueno o malos; ¿es mejor un gobernante echado para adelante o uno echado para atrás? ¿Uno que se engalla o uno que se encoge? ¿Uno que gana la guerra o uno que gana la paz?

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Las pasadas dos semanas me referí a diversos estilos de gobierno como reflejo de la forma de ser del gobernante. Muchos de los amables lectores marcaron sus preferencias y ello tiene una lógica incuestionable, pero me parece oportuno mencionar mi creencia en que cada estilo no es bueno o malo en sí mismo, sino en función de las circunstancias en las que se aplica.

Muchas veces escuché decir a mi padre que en la política no hay hombres buenos ni malos. Que tan sólo los hay equipados o desprovistos. También decía que todos pueden ser útiles, aun con sus deficiencias, siempre y cuando se les destine a aquello para lo que pueden servir sus virtudes o para lo que pueden beneficiar sus defectos.

Ponía como ejemplo a los rateros. Que había que usarlos donde lo que se robaran pudiera beneficiar a la sociedad, el grupo o al jefe. Donde puedan robarse un mercado para nuestros productos, una mayoría legislativa para nuestras iniciativas o una elección para nuestros proyectos, pero que no se les encargue cuidar un banco, un tesoro o un presupuesto porque nos van a dañar.

En otro tipo de aptitudes ¿es mejor un gobernante echado para adelante o uno echado para atrás? ¿Uno que se engalla o uno que se encoge? ¿Uno que gana la guerra o uno que gana la paz?

Pensemos, por un momento, en dos presidentes del siglo XX. Todos tenemos presentes las aptitudes de Franklin Roosevelt para el ejercicio de su encargo. Todos conocemos las circunstancias por las que atravesó, desde sacar a su país de la gran depresión económica y anímica de los años 20 hasta llevarlo a la victoria militar y política de la Segunda Guerra Mundial.

Su inteligencia, su voluntad, su liderazgo, su sensibilidad y su valentía se juntaron con su espíritu eminentemente deportivo y dieron por resultado un guerrero absoluto. En lo político, en lo militar y en lo personal, pero, por eso mismo, siempre he tenido la idea de que Roosevelt no hubiera ganado la paz ni con la misma facilidad ni con el mismo éxito con los que ganó la guerra.

Esa obra pacificadora la hizo Harry Truman, y creo que no la hubiera logrado Roosevelt. Truman no tenía las cualidades que hemos mencionado de su antecesor, pero lo superaba en tolerancia, en transigencia y en modestia. Es decir, con ello resultaba más apto para consolidar una paz, así como Roosevelt resultaba más apto para ganar una guerra.

No era, desde luego, ni medroso ni indeciso. Tuvo el valor para correr del ejército a Douglas MacArthur con todos los riesgos de opinión pública que entrañaba largar a un ya convertido en semihéroe. Y tuvo el valor de bombardear atómicamente al Japón y, con ello, no sólo rendirlo, sino, quizá más importante, advertir a Josef Stalin con el único idioma que él entendía.

Roosevelt, como Kennedy, era un hombre carismático, amable, terso, sonriente y agradable, pero dentro de él vivía un fuerte espíritu deportivo que constantemente tendía a convertirlo en un guerrero. Truman, como Nixon, era  corto, antipático, áspero, brusco y se dice que hasta repugnante, pero dentro de él vivía un sólido espíritu político que constantemente lo impulsaba a lograr arreglos.

Ello me hace reflexionar en que cada aptitud, virtud, mérito o valor tienen su muy particular forma de ser aplicados y aprovechados porque en la política todos pueden servir, aunque no estoy diciendo que todos sirvan. Ella ofrece espacios muy diversos y muy distintos para cada perfil de aptitudes y de preferencias. Operadores organizativos y operadores electorales. Dirigentes y estrategas. Ideólogos y analistas. Oradores y voceros. Formadores de imagen y formadores de grupos. Reventadores y maquiladores. Técnicos y fajadores. Conciliadores y guerreros. Candidatos y gobernantes.

Los discretos sirven para confiar, y los indiscretos para difundir. Los inteligentes sirven para mandar, y los tontos para obedecer. Los laboriosos sirven para que nunca se detengan, y los perezosos para que nunca se muevan.  Los leales sirven como joya-de-corona, y los traidores como carne-de-cañón.

En la política, todos necesitamos de todos. Es donde el gran ideólogo transgeneracional puede servir tanto como el modesto operador seccional de barrio popular. Este genera votos, y aquel genera ideas. El buen operador nos hace ganar el futuro, y el buen ideólogo nos hace ganar el destino.

Esa es la verdadera ecuación de los estilos de política y de gobierno. Cada uno en su momento, cada uno en su lugar y cada uno en su propósito. Roosevelt y Kennedy tenían  un espíritu deportivo, mientras que Truman y Nixon tenían un espíritu político. En el fondo de todo deportista, por dulce que nos parezca, está escondido un hombre de guerra, y en el fondo de todo político, por amargo que nos parezca, vive encubierto un hombre de paz. Todo deportista real es un guerrero. Todo político real es un pacifista. Para el espíritu deportivo no hay sustituto de la victoria. Para el espíritu político no hay sustituto de la paz.

 

 

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