Los dilemas de Peña Nieto

¿Cómo descartar la baraja para quedarse con un as triunfador?.. El reto a resolver en los siguientes cinco días, apenas regrese de sus mini vacaciones: Mantener inamovibles las reglas para seleccionar o elegir candidato…

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Hace tiempo que el Presidente Enrique Peña Nieto observa con mirada diferente a sus colaboradores; le sorprende que hasta los menos imaginables, quienes permanecen en sus puestos más por su concepto de amistad que por eficaces, estén más que puestos para ocupar su oficina.

Lo puede leer en sus ojos, en su lenguaje corporal, en los informes confidenciales que sobre sus movimientos le llegan a diario, y en las columnas políticas de los periódicos, pero también lo escucho en los sesudos análisis de la opinión electrónica.

Audaces, algunos hasta se han atrevido a sugerirle los tome en cuenta so pretexto de abrir el abanico; otros le han dicho, con falsa modestia, que no cuente con ellos para una batalla que se presume épica, pues lo suyo es permanecer con él hasta el final, sin embargo, omiten hablar del después del final, cuando empieza el corredero de gente.

Sólo Luis Videgaray se ha autodescartado públicamente aduciendo que la patria lo necesita luchando por el TLC contra Donald Trump, razón por la cual no puede distraerse buscando la candidatura; no dice, sin embargo, que dos de sus alfiles lo representan en la búsqueda de otro sexenio.

Al menos uno si es cierto, como parece, que Aurelio Nuño consiguió romper el cordón umbilical y se acercó, más que nadie, al corazón del Presidente.

El otro, José Antonio Meade, esa especie de santo barón coleccionista de grados académicos y de Secretarías de Despacho en las que suele durar muy poco, y a quien sólo falta ser gobernador del Banco de México y Presidente de la República, por el que votaría cualquiera que no sea priísta, aunque él esté dispuesto a trabajar con quien sea, aún con Morena o el PRD, como ya lo ha hecho con el PRI y el PAN.

Los hay que llegaron a Peña Nieto como amigos y ahora lo son más o lo son menos; igual hubo quienes arribaron al equipo como empleados y hoy se asumen alter egos o no duermen soñando despiertos que tienen madera para convertirse en pares del patrón.

Los hay de todo, pero mientras el mundo real presagia dificultades para el partido en el poder en 2018, ellos intentan encontrar la manera de acorralar a su jefe para influir en la nominación. La mayoría no se percata de que desperdició, miserablemente, cinco años preciosos, casualmente, en los que se construye la candidatura.

El gobierno de Enrique Peña Nieto está plagado de momentos para no olvidar, pero el estelar está a la vuelta del calendario: El falso dilema de evitar, a costa de lo que sea, el arribo de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia, como si se tratara de una cruzada medieval contra Saladino para rescatar y mantener el control de Jerusalén. Al menos así lo plantea el líder nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza.

Explico lo de “falso dilema” porque si lo que López Obrador propone se lo traga el pueblo de México habrá que darle la oportunidad de saber lo que ocurrirá cuando gobierne, como la tuvo con el PAN durante 12 años y con el PRI en los últimos cinco. En todo caso, en 2024, el elector, que a diario puede ver lo que pasa al sur y norte del continente, tendrá la posibilidad de rectificar.

Carga excesiva imponen los cruzados al Presidente si se toma en cuenta la circunstancia electoral del PRI, su escuálida nómina de presidenciables, la inexistencia de una versión actual del Peña Nieto del 2011, la mala imagen del partido en el poder y la paulatina fractura que día a día se construye en la militancia y que amenaza con hacerse presente en la Asamblea Nacional que inicia este sábado.

Más grave aún, los descontentos, que no son pocos, podrían emigrar a Morena disminuyendo el menguado poderío electoral del tricolor en beneficio del enemigo que todos quieren vencer.

En este contexto no exhaustivo, Peña Nieto enfrenta un reto a resolver en los siguientes cinco días, apenas regrese de sus mini vacaciones: Mantener inamovibles las reglas para seleccionar o elegir candidato (con excepción de las exigidas por Perogrullo para garantizar la honestidad de los aspirantes), o tomar un curso intensivo de corte y confección para elaborar, como aconsejan algunos de sus cercanos, un traje a la medida de quienes, sin militancia, sean poseedores de atributos personales de los que, conforme a su análisis, carecen los priístas de toda la vida.

 

MÉTODO = A UNIDAD

En este contexto, lo que menos importa es el debate sobre si primero fue el huevo o la gallina, es decir, arrancar con el proyecto y después buscar al hombre, o al contrario.

Lo fundamental es el método porque cualquiera sabe que, aunque suene a continuismo, la propuesta a la nación será el aterrizaje de las reformas estructurales, a fin de que lo que suena bien en el discurso y la Constitución se convierta en bienestar nacional.

En el método de selección o elección del candidato estará el secreto de la unidad priísta; el resto será buscar aliados y ayudarlos a que, no por salvar al PRI, pierdan su registro, como ocurrió al Verde y al Panal en el Estado de México. Y poner en funcionamiento la maquinaria del gobierno, que lo mismo harían Morena, el PAN y el PRD si estuvieran en la circunstancia priísta.

Parece que hay mucho para escoger, Miguel Osorio Chong, Aurelio Nuño, Manlio Fabio Beltrones, Eruviel Ávila, José Narro, Enrique de la Madrid, José Calzada y José Antonio Meade, pero el Presidente sabe que con la mayoría no ganaría ni el concurso a rey feo del carnaval de Veracruz.

No obstante, el problema es ¿cómo descartar la baraja para quedarse con un as triunfador?

La modernidad dice que ya no puede ocurrir como en el pasado reciente.

Un ejemplo: Luis Donaldo Colosio se entrevistó con Alfonso Martínez Domínguez para proponerle sacar candidato a gobernador de Nuevo León mediante consulta a la base. Aquel viejo lobo de la política se cubrió un poco la boca y dijo al líder nacional del PRI: “Lo único que le pido al presidente de mi partido es que no me quiera ver la cara de pendejo; yo, Sócrates Rizzo”, porque sabía que era el candidato de Carlos Salinas.

Cuando, después del asesinato de Colosio, el PAN se negó a reformar la Constitución para que el PRI estuviera en condiciones de postular al candidato adecuado, Salinas escuchó a José Córdoba Montoya y, mediante un video, “convencieron” a los gobernadores de que, previsor, Luis Donaldo había pensado en heredar a Ernesto Zedillo, el coordinador de su campaña.

Cuenta Zedillo que al escuchar de Salinas que sería el candidato sustituto le dijo que con él había pasado del dedazo al default, es decir, lo designaba porque no tenía a otro. Carlos dice que esa plática nunca existió.

Como sea, a Peña Nieto le pueden fabricar el “default” sin el dramatismo sanguinario de 1994: No te quedo más que yo, por honesto, porque lo mismo sirvo con uno que con otro o con quien venga.

Miguel de la Madrid intentó innovar con una pasarela en la que hicieron el ridículo quienes sabían que la decisión estaba tomada a favor de Carlos Salinas; uno a uno, desfilaron a regañadientes. De aquellos, Manuel Bartlett, protagonista del silencio del sistema en 1988, hoy está en el PT y pronto estará en Morena.

En su momento, Zedillo se sacó de la manga a un árbitro imparcial, don Fernando Gutiérrez Barrios; cualquiera sabía que el ex secretario de Gobernación, ex gobernador de Veracruz y ex jefe de la policía política, podía ser todo, menos imparcial; lo que mande el Presidente. Y fue entonces que Francisco Labastida entregó el poder detentado durante 70 años.

¿A qué método recurrirá Peña Nieto, visto que, según Ochoa Reza, la decisión del Presidente será “central” en la elección del candidato presidencial del PRI?

Sea cual sea el método que elija (a estas alturas y en las circunstancias priístas, el árbitro imparcial y la pasarela se antojan ridículas; el “default” es un riesgo innecesario), el Presidente está obligado a evitar que, con el pretexto de las alianzas, el PRI pierda su identidad y, consecuentemente, la militancia inicie la desbandada hacia donde están sus antiguos compañeros de partido. Sería el principio de la derrota y, quizás, del aniquilamiento porque lo que no supo hacer el PAN (y hoy lo lamenta), sin duda lo hará López Obrador.

En el método está el dilema del Presidente; al hombre quizás ya lo tenga; el programa también, pero ¿cómo proponer a los electores a quien les ofrezca honestidad y experiencia, pero que además le sea leal a él no para construir un minimato, sino para garantizarse una ex Presidencia sin sobresaltos?

 

LA OTRA DISYUNTIVA

Pero Peña Nieto tiene un dilema adicional del que nadie quiere percatarse: ¿Cómo garantizar que los aspirantes que pierdan la postulación ayudarán al candidato y a su partido a mantenerse en el poder?

No es cosa menor; en las derrotas de junio del 2016 fue evidente que, más allá de la corrupción escandalosa de algunos gobernadores, los candidatos a sucederlos perdieron, en mucho, gracias a las luchas palaciegas en el gobierno federal. A unos les interesaba que los otros perdieran y, al minarse entre ellos, dieron un balazo en el pie a su partido y metieron al Presidente y al PRI en un lío monumental.

No lo pueden negar; la lucha palaciega disminuyó, de manera dramática, al territorio electoral priísta; la justificación fue en el sentido de que no importaba que ganaran los contrarios, al fin y al cabo son amigos; algunos, inclusive, ex priístas. Sólo falta que ahora digan que no importa que en el 2018 triunfe la señora Zavala, pues su esposo, Felipe Calderón, es amigo, y que, en todo caso, Rafael Moreno Valle militó en el PRI.

Peña Nieto no puede darse el lujo de que, en 2018, los perdedores de la batalla interna se comporten como lo hicieron algunos miembros prominentes de su equipo en las últimas elecciones. Enviarlos a la Reserva Nacional de Talentos después de decidir quién será el candidato, pero antes de presentarlo en sociedad, ayudaría, tal vez, a evitar el riesgo de la traición.

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