Los años 60 en Teziutlán

Como dijo Sinuhé, el egipcio: ‘Hoy escribo para mí solo. No para halagar a los dioses; no para halagar a los reyes’… Pero también para mis amigos… Y zafarme un poco de la Cuarta Transformación

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Me disculpo con los tres o cuatro lectores leales que no me abandonan y que ya debo tenerlos hasta la madre con la Cuarta Transformación y todo lo que gira en torno al Presidente López Obrador (la lenta agonía del PAN y del PRI, la revocación de mandato, el retorno a la Jefatura Máxima, la CNTE, los impresentables candidatos a consejeros de la Comisión Nacional de Energía, la sospechosa cena con Jared Kushner en casa de Bernardo Gómez, la transfiguración de Santiago Nieto en Savonarola, las absurdas decisiones del pueblo sabio, etcétera) y, como diría don Luis Lizardi, todas esas zarandajas invaluables de los tiempos que nos tocó vivir.
Perdón por escudarme en las palabras de Mika Waltari, que hizo decir a Sinuhé, el egipcio, que hoy escribo para mí, ni “para cantar las alabanzas de los dioses”… porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo. No para halagar a los dioses; no para halagar a los reyes ni por miedo del porvenir ni por esperanza…”, pero también para mis amigos de los años sesenta, cuando ya no era inocente, pero seguía siendo un chamaco.
Así que quien esté dispuesto a saber un poco de mis amigos de la escuela secundaria, testigos, por cierto, de que al menos por esos tres años pasé por la escuela, pueden seguir conmigo en este recuerdo a vuelapié o abandonarme aquí. Como sea, esto sí tiene que ver un tanto con iniciación política porque muy pocos de ellos, a los que no puede acompañar en la reunión para reconfortarnos como hace casi 60 años en Teziutlán, me vieron empezar en periodismo, por cierto, de manera clandestina y, para escándalo de la chairiza, en el conservadurismo, que entonces llamaban extrema derecha.

Debe ser la nostalgia, por esas cosas de la edad, y el adagio que a los viejos nos lleva a decir, con altas dosis de injusticia, que todo tiempo pasado fue mejor. ¿Quién puede saberlo? Quizás sea la nostalgia, melancolía o su igual, la depresión, pero lamento haber perdido la oportunidad (que Dios me agarre confesado y no vaya a ser la última) de ponerme hasta el gorro con algunos de mis viejos hermanos de correrías de la Escuela Secundaria Federal, heroica porque logró sobrevivirnos y hacerse grande, a pesar de nosotros, que lleva el nombre de don Antonio Audirac, el responsable de haber educado a Manuel Ávila Camacho y Vicente Lombardo Toledano, y ¿también a Maximino?


Mientras mis chómpiras de los sesenta daban vuelo a la hilacha y remataban, al día siguiente, en la plaza de toros “El Pinal”, la primera techada del país, en la que lució su valentía y poco arte “El Cordobés”, yo, acompañado de mi inseparable compañero nocturno, el insomnio, recreaba el microcosmos de aquel Teziutlán de los años de secundaria (al salir del examen de química nos recibieron con la noticia del asesinato de John F. Kennedy) en que algunos chamacos creíamos, de la mano de don Luis Lizardi, en la posibilidad de entregar la Universidad a Cristo, como sostenía el oficial de la Compañía de Jesús, don David Mayagoitia, en su cuartel en Tabasco 200, en la colonia Roma.


¡Qué tiempos! Recuerdo a los cuates llegar, uno a uno, de la manera más subrepticia posible a la trastienda de la dulcería de Pepito, al lado del estudio de Carlos Mungía, el flaco inolvidable que, si sus archivos fotográficos existieran, guardaría la historia, en imagen, de todos los que posamos ante su lente para certificados escolares y todo tipo de festejos familiares.

‘LA ESCOBA’ Y EL GULAG
Eran los de la “Guerra Fría”, entre Estados Unidos y Rusia, que a muchos nos llevó al combate ideológico. Hoy me provoca risa, pero entonces era emocionante ingresar, con santo y seña, al local que prestaba Paquito, frente a la Comandancia de Policía Municipal. El eterno Cabo Cadena nunca imaginó que nos reuníamos ahí para conspirar y que de manera regular iniciábamos las largas reuniones con un Padre nuestro y un Ave María.


En ocasiones ingresábamos por la noche a las instalaciones de la secundaria con la llave que Ángel Baltazar había clonado de la de su padre, Don Benito, cuando el queridísimo conserje de la ESFAA dormía. Se trataba de combatir a Ricardo Mendizábal, nuestro profesor de ¡civismo! que se esmeraba en reclutar alumnos para las juventudes priístas cuando aún no aparecía Fidel Herrera Beltrán. También distribuíamos en los salones “La Escoba”, la hoja impresa en mimeógrafo en la que me inicié en periodismo atacando el priísmo. Y colocábamos en las paredes de la casona de los Lapuente que albergaba a la ESFAA el clásico pegoste de los sesenta de “Cristianismo sí: comunismo no”.
Ricardo, luego, sería diputado local; luego, Carlos Salinas y Luis Donaldo Colosio lo postularon a diputado federal, pero Manuel Camacho lo negoció en la declaración de Presidente electo y el doctor Rafael Campos y su esposa Gloria llegaron a la Cámara Baja.


Pepe Bacre me heredó la comandancia de la escolta, el departamento en la colonia Doctores y la Presidencia de la Corpo. Fue nuestro primer líder en la Corporación de Estudiantes Mexicanos (“CEM”), ese grupo “discreto” o semi clandestino que, ahora leo, era de extrema derecha, pero que en aquel tiempo aportó militantes al movimiento estudiantil del 68, y así como produjo priístas de altos vuelos que han procurado ocultar su pasado militante en el ejército jesuítico de don David, también los hubo que emigraron a las organizaciones que optaron por la violencia o predicaron la teología de la liberación.
Y no le sigo con el tema porque, para la Cuarta Transformación, aquello debe ser pecado mortal y no hay necesidad de arriesgar a que la chairiza envíe al gulag a algunos de aquellos jóvenes, hoy casi todos venerables abuelos, que se divertían o creían cumplir una misión sagrada reventando globos con amoniaco para sabotear los mítines de Vicente Lombardo, uno de los preclaros hijos de Teziutlán, fundador de lo que podría ser antecedente de Morena, el Partido Popular Socialista, pero también de la CTM.

AMIGO DE MIS AMIGOS
Qué Teziutlán aquel, en el que la naturaleza marcaba, puntual, las 6:00 de la tarde, la hora perfecta para echar novio en la puerta del kiosco del parque, frente a la Catedral, el Palacio Municipal, la sastrería de los Samites y las loncherías de “Las Cármenes” y mi tía Doña Guicha, sin que nadie viera nuestras travesuras pecaminosas para aquellos tiempos, inocentes para los de hoy, porque la niebla cómplice llegaba hasta el suelo.
Veo las fotos que me envió mi compadre “El Coyote” Luis Rivera y me topo de pronto con “El Oso” Portela, el causante de mis pleitos con la maestra Soledad Saldívar, gracias a la cual aprendí un poco de historia de nuestro país. Le deleitaba ensañarse con Francisco Franco porque creía molestar a Víctor, que en familia llegó de Galicia con su mueblería con nombre de cerveza, “Siglo XX”.
“El Oso” solía llegar a mi casa en la zona paupérrima del barrio residencial de El Carmen dizque a estudiar para los exámenes. Cargaba cajetillas de Alas Azules y Alas Verdes; sabía que le gustaban a doña Clemen, y mientras los demás estudiábamos, se sentaba con ella a fumar un cigarrillo tras otro. Nunca pude conseguirles un permiso de la Subsecretaría Forestal para que pudieran seguir fumando madera.
Portela conoce la historia que por poco me hace perder la amistad con el gran profesor Hugo Reyes Castañeda.
Hugo no la conoce del todo: Usando la llave de su padre, “El Taro” (no tengo duda que “El Oso” apodó así a Ángel sólo porque tocaba el tambor en la banda de guerra), sacó de la bodega escolar una copia de mimeógrafo del examen de Física de fin de año y lo llevó a mi casa. Lo resolvimos en poco tiempo y todos copiaron las claves; creo que, al día siguiente, los dos grupos de tercero, unos 60 alumnos, tenían la suya. Aquella mañana del examen comía piñones en el auditorio cuando se acercó el profesor y metió la mano en la bolsa para agarrar un puño. Con las semillas sacó la copia de la clave que alguno de los varios que estudiaban en mi casa había dejado después de aprender de memoria las respuestas. Reyes Castañeda me preguntó qué era aquello; no había forma de mentirle, así que contesté con la verdad; me quitó el examen, lo rompió en dos ante el terror de todos y me envió a la Dirección. En ese instante, todo mundo se puso a corregir las respuestas y nadie se arriesgó a sacar 10.
En la Dirección estaba el jefe, el inolvidable Jesús Pérez Torreblanca (con el que solíamos irnos de serenata de vez en cuando y por el que, con mi otro hermano Víctor Backre, el único doctor en periodismo que conozco, organizamos la primera huelga estudiantil en la historia de Teziutlán). Le extrañó que hubiese terminado en tan poco tiempo la prueba porque no era tan buen estudiante. Lo saqué del error; le expliqué lo que había pasado; preguntó cómo había obtenido la copia del examen; guardé silencio, llegó Hugo y en castigo me enviaron a extraordinario.
Creo que a ellos debo haber descubierto mi vocación de ser amigo de mis amigos sin importar las consecuencias. A pesar del interrogatorio y de las amenazas nunca dije, hasta hoy, cómo tuve el examen ni quiénes conocían las respuestas.
Con el tiempo, una mañana fui a despedirme del profesor a la cabina de la XEFJ, en donde se lucía con su voz; me marchaba en busca del futuro que creí no tener en el pueblo. Me dio una lección: Me obsequió un libro de física. Quizás el mensaje fue que me pusiera a estudiar para que ya no tuviera que robar exámenes. No la olvido.

‘EL COYOTE’ Y ‘EL GALLITO’
En las fotografías que me obsequió mi compadre “El Coyote” miro a su hermano Juan, en aquellos tiempos Juanito para los cuates, pues mientras los amigos de sus hermanos ya éramos labregones, él era un chiquillo. Lo menos le llevamos 5 o 6 años. Los teziutecos ignoran su valía.
Mientras los demás nos dedicamos a la vagancia, él se convirtió en eminencia mundial en nutrición; dirige el Instituto Nacional de Salud Pública y su trabajo, entre muchos otros servicios valiosos para el país, soportó la política aprobada por el Congreso para combatir la obesidad causada por las bebidas azucaradas, pero ha hecho mucho, mucho más, tanto que su nombre aparece en innumerables publicaciones científicas.
Con él colabora la doctora Mishel Uner Mungía, nieta del querido fotógrafo de al lado de Paquito y frente a la comandancia del Cabo Cadena.
Su hermano, Gerardo Rivera, estuvo al lado de Rosa Luz Alegría en los tiempos de José López Portillo y dirigió estudios cinematográficos; sigue siendo un trotamundos incansable al que no es fácil seguir el paso.
¿Qué puedo decir del “Coyote”? Sólo que le llamo así por la canción que tanto le gusta y en la memoria llevo indelebles sus llamados a Cholula y a mi teléfono para prevenirme en aquellos tiempos de persecución cuando él trataba de reiniciar la vida en Campeche.
¿Cómo olvidar la despedida que le organizó mi Compa Juan Manuel en lo que fue su hacienda de Brito, en Huamantla (¿un retiro espiritual? ¡espirituoso!), y después en Casitas, bañados por las aguas del Golfo? De ahí se marchó en busca de renacimiento y yo a seguir peleando.
En sus fotos veo también a Santiago y Luis Barreda Nader, y me acuerdo de Esperancita, su tía, y con ella de Estefan, aquel ex seminarista de Coatzintla que por poco y me deja sin dientes y sin quijada.
Mi Compa, que aún no era “El Coyote”, pero que ya iba en chinga, tuvo un altercado con él y, a la usanza de entonces, le dijo que le echaría un gallito. Aquel mediodía encontré a Luis en el atrio de Catedral y, como siempre, nos abrazamos. De pronto apareció Estefan; le preguntó si yo era “el gallito” y, un segundo después, su derechazo me rompió el hocico y con la izquierda me desvió la quijada. Llegó Víctor Bacre, que traía unas baquetas, para tocar el tambor; intentó defenderme, pero Estefan era una máquina de tirar goles.
Al llegar a casa, convertido en Santocristo bañado en sangre, en lugar de consolarme, doña Clemen me preguntó: “¿Y ni la madre le mentaste para que le doliera algo?”.
Al día siguiente tenía que ir al parque, pero Clemen me dijo que no, que si Estefan me encontraba me mataría. Hinchado del rostro no tenía ganas de salir, pero aquel macho no quería mostrar terror, que, confieso, lo sentía. Así que me armé de valor y llegué al kiosco. Minutos después se presentó Estefan. No lo conocía; era otra; se deshacía en disculpas; decía que me reconocía; pedía perdón. Me engallé y le dije todo lo que se me ocurrió, hasta que se marchó.
Lo macho se me quitó esa noche, cuando me visitaron algunos de mis amigos. Enterado de lo que me había ocurrido, Juan Jacobo, a quien decíamos “Tawa”, lo encaró y lo hizo como quiso; no paró hasta que Estefan dejó de gritar que le siguiera pegando. Entonces, simplemente, le dijo: No te vuelvas a meter con Juan. Y fue por eso que al día siguiente se disculpó.
Fue la única ocasión que me han roto el hocico de esa manera.
Veo a Rafa Bulle Goiry y me duele el recuerdo de su hermano Luis, más cerca de mí por la Corpo y las Jornadas. Me resisto a hablar sobre él; sólo puedo decir ¡qué muchacho aquel! Era una maravilla.
En el grupo destaca Clis Bert Mau Mau (Cliserio Bertoldo Mora Mora para sus paisanos de Tenampulco), en cuya casa encontraba generoso cobijo siempre que me corría mi padre. Lo tengo presente en una celebración en la escuela normal de Teteles, un evento definitivo en mi vida. ¿Cómo agradecerle que en los días sin techo, sin lugar para descansar y sin alimento a la mano, la puerta de su casa siempre estaba abierta?
Y veo a Pepe Pérez, que se acuerda de mí por los pantalones de mezclilla que no me quitaba ni para dormir y que, para su solaz, sigo sin quitármelos. Se pregunta si los sigo usando; sí, pero ahora ya no uso Coca Cola para que brillen porque Juan Rivera dice que ni untada es buena para la salud.
Pepe me recuerda, irremediablemente, a su hermana, la gran Olivia, que se casó con Adalberto Córdova “El Chessman”. En tiempos de penurias trabajamos con “La Momia” para el ingeniero Carlos Leveroni, que manejaba en esa parte de la Sierra de Puebla un programa de mano de obra llamado PIDER. Empezamos como cuadrilla y terminamos como ingenieros, pero pudimos comer. Pusimos tubería PVC para conducir agua y construimos tanques de almacenamiento por todos lados, en Tatoxca, rumbo a Zacapoaxtla e incluso en Teziutlán.
En las fotografías también están Lulú Pérez Molina, hija de mi gran profesor; Paco Juárez y Paty Amezcua, esposa de Reyes Castañeda. La veo e irremediablemente viene a mi memoria Alicia Pascual, la hija del biólogo, el doctor Pascual y amor eterno de Pepe Manilla.
Con Pepe y “El Chipilino”, a quien conocía desde la primaria en Tlapacoyan, viví en un cuarto de servicio en la azotea de un edificio en Coahuila, entre Orizaba y Córdoba, en la Roma. Las jóvenes y señoras, nuestras vecinas, eran de una generosidad inigualable, pero poco parecidas a la Cleo idealizada de Cuarón.

NOSOTROS SÍ SUPIMOS PARA QUÉ VIVIMOS
Sólo pretendía zafarme un poco de la Cuarta Transformación y esto está terminando en una especie de autobiografía, pero en realidad se trata del recuerdo de mis amigos de los años sesenta en la ESFFA.
Muchos murieron, como Lupita y su hermana Lourdes, de la familia que rentaba la planta baja a la escuela. Era un deleite mirarlas pasar todos los días. No sé qué pasó con el Oster y Machi Barranco; éste el causante de que estrenara mi primer pantalón de mezclilla. Machi se eternizó con Pita Lapuente en la barda de catedral.
Ninguno está en las fotos; en cambio, ahí reconozco a Raúl Núñez de la Sierra, Carlos y Toño Arámburo, y Rochy Mejía, a quien tanto debemos de los tiempos en que hacíamos el periódico ORIENTE y por quien Virgilio, acompañado de su hermano Horacio, se la pasaba cantando y tocando la guitarra, y brindando.
Gracias Luis, Gerardo y Juan por sacarme unas horas de la rutina en que nos ha sumido el Presidente López Obrador con su magistral manejo mediático. Es probable que a muchos les importen madre mis recuerdos de aquellos tiempos, en que me la pasé de fábula con todos los aquí mencionados, los que están en la foto, los que nos dejaron y quienes, como yo, nos hemos perdido los reencuentros para platicar de todo y de nada.
Al verlos a ustedes y recordar a quienes no asistieron, o ya se marcharon, recuerdo la plática final de Las Jornadas sobre Jederman, el que lucía en su lápida la infame frase: “Aquí yace un hombre que no supo para que vivió”.
Don Luis sabe que eso no ocurrió con sus muchachos, por él y por profesores como Pérez Torreblanca, Mendizábal, Reyes Castañeda, Reyes Alegre y, desde luego, la maestra Chole y el doctor Campos, el Pepone de don Camilo Lizardi.

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