López Obrador y José Antonio Meade, benefactores de Juan Sabines

Chiapanecos no merecían su legado

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El 31 de diciembre de 2007 en la noche, casi para amanecer el año nuevo del 2008, llegó un auto Grand Marquis a la ciudad Salud de Tuxtla Gutiérrez.  El singular ocupante, con más de 200 pulsaciones por minuto, se encontraba al punto del infarto.

En estado de emergencia, la doctora Zaira le preguntó repetidamente: “¿Qué tomó usted; qué tomó usted para saber cómo tratarlo y contrarrestar los efectos?”. El prospecto de paciente movía negativamente la cabeza y balbuceaba “nada, nada”.  Finalmente, y ante la insistencia de la galeno Zaira, no tuvo más que confesar con frases entrecortadas: “Co… co… ca… caí… na”.


Así, Juan Sabines, el gobernador de Chiapas, pasaba a la sala de emergencias para ser atendido de una sobredosis y salvársele la vida.  Llamado el director del hospital, le pidieron retirarse a todo el personal y quedar únicamente dos enfermeras para ayuda ante cualquier eventualidad que se presentara.  Ese es el gobernante que durante seis años depredó el dinero de los chiapanecos y que se volvió inmensamente rico a cambio de dejar una deuda, impagable, de más de 40 mil millones de pesos.

Eso explica sus prolongadas ausencias de los asuntos públicos y sus enormes retrasos en audiencia y en reuniones oficiales.  Una cita con Luis Videgaray, entonces presidente de la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, Juan Sabines la cumplía hasta con cuatro días de retraso, sin importarle que era para darle a conocer los montos asignados a cada municipio de Chiapas.

Cuando el secretario de Agricultura, Emilio González Márquez, llegó a Tapachula para poner en marcha el Programa de desarrollo agropecuario, Sabines lo dejó plantado.  La razón: Los excesos de la juerga de la noche anterior lo habían dejado en estado deplorable y no podía levantarse.

Cuando Javier Lozano Alarcón, secretario del Trabajo, llegó a Chiapas para firmar un convenio sobre seguridad e higiene industrial, Juan Sabines no acudió y mandó en su representación al secretario de Gobierno, Jorge Antonio Morales.  En respuesta, Lozano Alarcón mandó en su lugar al delegado del Trabajo.

El colmo fue cuando, en la comunidad Juan de Grijalva, dejó plantado al presidente Felipe Calderón y llegó en el momento que el helicóptero presidencial despegaba.  El Estado Mayor le advirtió que no podía acercarse al área de seguridad del Presidente, bajo riesgo de tener que bajarlo sin ninguna restricción.

Juan Sabines vivía de noche y dormía de día.  Si se revisan los periódicos de la época, casi nunca tenía eventos por la mañana; todos eran después de las cinco de la tarde.  Con motivo de la crisis de la influenza en el 2009, anunció, con anticipación, el mensaje que daría un domingo en la noche.  Sólo que Sabines se perdió durante una semana y el mensaje jamás llegó.

Ese es un legado que no merecían los chiapanecos. Juan Sabines Guerrero estaba imposibilitado física, moral, intelectual y políticamente para ser gobernador de Chiapas.  Como el PRI lo desechó, encontró cobijo en el PRD gracias a la alianza que el gobernador Pablo Salazar hizo con el presidente del partido, Andrés Manuel López Obrador.

Se alteraron los hechos y la historia para justificar el fraude electoral a favor de Juan Sabines.  Se hizo circular la versión de que su padre, don Juan –aunque este sostuvo siempre que Juanito era hijo de su hermano Jaime Sabines-, era el gobernador más querido y recordado por los chiapanecos.

El invento carecía de sustento.  Don Juan fue un contumaz depredador de los recursos públicos y un asiduo consumidor de alcohol y estupefacientes.  Cuando en 1982 entregó el gobierno al general Absalón Castellanos Domínguez no había dejado ni un solo peso para pagar los sueldos y aguinaldos del mes de diciembre.  El gobierno del presidente Miguel de la Madrid hubo de dar un préstamo de 756 millones de pesos para superar ese enorme hueco financiero que el gobierno de Juan Sabines Gutiérrez había dejado en la hacienda pública estatal, pero hay otro detalle:

Don Juan Sabines había sido gobernador de Chiapas entre 1979 y 1982, y su “hijo” Juan era candidato en el 2006.  Ello quiere decir que todos los nacidos entre 1970 y 1988, en edad de votar, no sabían, ni por referencia, quién había sido Juan Sabines Gutiérrez.  Y los que lo conocían lo identificaban con el despilfarro de los dineros públicos y sus vicios arraigados.

La herencia maldita llegó con Juan Sabines Guerrero.  Demagogo y ladrón, saqueó el erario estatal y destrozó el nivel de vida de la población más pobre.  Así quedó de manifiesto cuando, en enero de 2013, Peña Nieto llegó a Chiapas para poner en marcha la Cruzada Nacional contra el Hambre.

Ahí se reconoció que en Chiapas, durante el gobierno de Sabines Guerrero, el 33 por ciento de la población vivía en pobreza extrema y que el 39 por ciento de pobres en el 2010, según datos del  Coneval,  Juan Sabines lo duplicó al 79 por ciento en el 2012.

Juan Sabines, el mayor ladrón en la historia de Chiapas, permitió a sus funcionarios el enriquecimiento sin límite.  En la Secretaría de Obras Públicas, Ricardo Serrano Pino, con el pretexto de dos frentes fríos que nunca existieron, asignó, en octubre de 2007,  obras directas por mil 800 millones de pesos que ameritaban licitación pública estatal y nacional.

Ese sólo “inocente” movimiento irregular, en contravención a la Ley de Obra Pública, dejó al bandido de Juan Sabines y a su secretario de Obras Públicas un quincismo cercano a los 270 millones de pesos en un solo mes.

No hay que olvidar a su subsecretario de Gobierno, Nemesio Ponce Sánchez, operador de todos los diezmos del gobierno del estado, que junto con el secretario de Salud, James Gómez Montes, lucró con la vida y la salud de los chiapanecos al dejar sin medicinas al sector salud a cambio de embolsarse los exiguos dineros para el bienestar de los chiapanecos.  Ahí están el resultado de las auditorías.

En los excesos sabinistas encontró cabida la señora María de los Ángeles Guerrero (no de Sabines), quien hizo buenos negocios al amparo del poder.  Cualquier espectáculo y presentaciones de artistas debían de hacerse a través de la empresa de su hermano, Juan Guerrero.  El negocio era redondo y seguro.  Todos los funcionarios de todos los niveles estaban obligados a comprar y vender la totalidad de los boletos.  Incluso si el espectáculo resultaba vacío, la ganancia estaba garantizada.

Era uno de los actos más inmorales del sabinismo porque  involucrar a la progenitora en actos de corrupción implica hacer, anticipadamente,  todo lo ilícito para protegerla en caso de persecución.

Ya hablaremos del fracaso de las ciudades rurales, las mentiras del biodiésel, la farsa de los objetivos de desarrollo del milenio y todos los etcéteras que Juan Sabines Guerrero heredó como lastre a los chiapanecos de varias generaciones.

Con toda esa tragedia, conocida públicamente por todos, Juan Sabines tuvo otro benefactor: El secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade Kuribreña, que, en grave afrenta a los chiapanecos, sin ningún mérito lo nombró cónsul de México en Orlando, Florida.  Ampliaremos…

 

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