López Obrador, en hábito para convertir al demonio

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En apariencia, el mejor resultado, hasta hoy, para reducir las confrontaciones entre grupos rivales del narcotráfico ha sido el aplicado en la zona Chilpancingo-Chilapa por el Obispo Salvador Rangel Mendoza, responsable de la Diócesis del lugar.

Sus acciones, de “motu proprio”, no han hecho que los grupos delictivos se disuelvan ni que sus actividades las dejen de ver como el mejor negocio, pero sí lo que, en muchas partes del mundo, gobiernos y Estados también han logrado: Evitar el daño colateral a la población, a terceros, salvo casos de mera falta de precaución o alto riesgo.


Vaya, la explicación es que Rangel Mendoza ha convencido a los facinerosos de que sus asuntos, incluyendo la acción obligada de la autoridad, los arreglen donde no toquen a la sociedad; no aterroricen calles, escuelas, comercios.

Ayer, por fin, Andrés Manuel López Obrador, rodeado de su equipo ligado al tema de seguridad (Alfonso Durazo, el General Luis Sandoval -próximo Secretario de la Defensa-), pero incluyendo a quienes habrán de revisar leyes (Mario Delgado, Ricardo Monreal), entre otros, presentó su plan nacional para combatir al crimen organizado y sus secuelas.

En su discurso no hay novedad alguna, salvo, quizá, que finalmente reiteró lo que nunca jamás debió maldecir, como lo hizo, la participación de los militares en un problema de dimensiones insospechadas. “Son pilares y confiables”, dijo. Además, como lo hizo también Durazo, reconoció que “han pagado muy cara” su participación en defensa de la sociedad, prometiéndoles, ¿ahora sí?, un marco jurídico a sus acciones.

El mensaje, cargado más de bisutería oral que de puntos específicos de cómo reducirá las acciones criminales, no extendidas en todo el territorio nacional, como dijo, está aderezado con una especie de conmiseración o apostolado para revertir las maldades del demonio.

Buscar, por ejemplo, el bienestar del alma y el espíritu; enfrentar “el mal con el bien”.

El sentido de su propuesta se entiende cuando habla de atender “las causas” del problema, de que la atención deberá enfocarse en los jóvenes, de que deberá haber educación y trabajo para ellos, y así alejarlos de los malos oficios.

Un discurso que se aleja ya de aquella insistente promesa de campaña que le atrajo votos, la famosa amnistía, que en la precampaña era para todos; en la campaña sólo para quienes trabajan, por necesidad, para el crimen organizado y que ahora, a casi una quincena de arrancar la “Cuarta Transformación”, quedó en simple “amnistía condicionada”.

La pregunta es cuál será la intersección del lado amable y el lado duro de su plan. Porque la nueva fuerza o instituto armado en ciernes, la Guardia Nacional (con singular uniforme y equipo), se conformará, en tres años, de 50 mil elementos; lo dijo Durazo y lo reiteró el General Sandoval, pero, además, López Obrador habló de la necesidad de contar con entre 120 mil y 150 mil agentes para enfrentar al crimen organizado. Su sola conformación o presencia en las 265 regiones en la que dividirán al país no logrará disuadir a los cárteles de sus malas intenciones; forzosamente deberán actuar, ¿pero cómo? ¿Cuál será la orden que recibirán del Comandante Supremo?

Será interesante ver, a partir del 1 de diciembre, cómo evoluciona la situación en su conjunto. Digamos en zonas específicas, hoy con alerta roja, como Reynosa, en Tamaulipas; muchos municipios de Guerrero, incluyendo Acapulco; muchos de Guanajuato, una zona no hace mucho libre de violencia y hoy copada; algunas áreas de Jalisco, Sinaloa, Chihuahua.

El comercio ilegal de droga es mundial, con conexiones de bandas de países a países, con rutas, contactos y, lo más destacado, un mercado cautivo bastante expandido, sobre todo en Estados Unidos. Sus ganancias, como lo hemos dicho, anualmente pueden representar el Producto Interno Bruto de varios países latinoamericanos en conjunto. Cifras inimaginables. La variante es que no en todos los países y rincones del mundo esa ilegal actividad la convierten en una carnicería, como ocurre hoy en México.

Por ello, todo es posible. Una estrategia que combine la fuerza del Estado, el desarrollo social (como insiste Andrés Manuel, aunque es un deseo larguísimo plazo, pero, además, una obligación con o sin crimen organizado) y, por ahí, un movimiento de trasfondo, o doble fondo, no revelado, pero seguramente contemplado.

O, de plano, echarse una platicadita con Rangel Mendoza. Total, si del alma y el espíritu estamos hablamos.

 

 

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@RobertoCZga

 

 

 

 

 

 

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