López Obrador, del debate al descenso electoral

Abanderado presidencial de la coalición Juntos haremos historia ya encontró un obstáculo en su solitario camino a la Presidencia de la República

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Hoy, 22 de abril, tendrá lugar el debate presidencial entre los cinco aspirantes a convertirse en el próximo Presidente de la República.  En realidad, solamente son tres los verdaderos contendientes: Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya y José Antonio Meade. Y con mayor rigor, hasta el día de hoy, López Obrador y Anaya.  Los independientes Margarita Zavala y Jaime Rodríguez quedarán como la referencia histórica de que, en México, la triste “democracia” permite candidatos sin partido.

La última encuesta de consulta Mitofsky así lo revela.

Y es que parece ser la más seria de las 34 surgidas durante el proceso electoral presidencial, de la fiebre de encuestitis a favor o en contra de determinado candidato, en función de quien la patrocine y hacia donde se dirijan las preferencias electorales.

Según Roy Campos, al día de hoy, López Obrador tiene el 31.9 por ciento de las preferencias electorales, seguido de Ricardo Anaya, con el 20.8 por ciento de la intención del voto, y, en último lugar, José Antonio Meade, con apenas el 16.9 por ciento de electores dispuestos a entregarle su voto, números, por cierto, muy lejos de los hasta 20 de ventaja que le han dado otras encuestas y de las que el mismo López Obrador ha pregonado.

Sólo que Andrés Manuel ya encontró un obstáculo en su solitario camino a la Presidencia de la República.  El periódico Reforma publicó un sondeo entre jóvenes universitarios en el que le dan a Ricardo Anaya un puntaje de 45 por ciento, en contra de un 21 de López Obrador, el 16 para José Antonio Meade y Margarita Zavala con apenas el 10 por ciento de los electores a su favor.

La explicación podría estar en la edad de ambos contendientes.  Anaya tiene 39 años, en tanto que López Obrador 65.  De ganar Anaya, se convertiría en el segundo presidente –después de Francisco I. Madero- más joven de los siglos XIX y XX, cuando el candidato de Morena sería el segundo más longevo en la historia de México, sólo después del presidente José Ignacio Pavón, quien, en 1860, asumió el poder a la edad de 69 años.

En previsión de lo que puede suceder este domingo, Andrés Manuel ya anticipó: “Me van a echar montón.”  Es el mismo discurso que utilizó cuando el Tribunal Federal Electoral autorizó los debates intercampañas y, aunque no se realizaron, López Obrador quedó evidenciado al negarse a participar en ellos.

En esa ocasión recurrió a la desafortunada expresión de tres veces “no, no, no. Nosotros ya vamos a estar en los tres debates porque nos van a querer dañar (…) porque ellos están muy atrás en las encuestas (…) y piensan que así van a remontar su desventaja”, expresión innecesaria, y poco afortunada, si se tiene al sustento real de una base electoral sólida, independientemente del resultado del debate entre los candidatos.

En realidad, López Obrador tiene razón.  Basta con ver las manifestaciones de sus contendientes en contra de su persona.  José Antonio Meade ha dicho “López Obrador no cambia.  Es el mismo hipócrita de siempre”.  Margarita Zavala le ha enderezado un calificativo muy difundido y aceptado por numerosos electores: “No necesitamos un iluminado para México”.  Y Ricardo Anaya, con relación a los debates presidenciales, lo emplazó: “Vamos a ver si tiene las ideas, el valor y los pantalones”.

Si bien es cierto que el debate del día de hoy no es definitivo en el resultado electoral, también lo es que la comparecencia de los tres candidatos, y la de los dos independientes, marcará una modificación en las preferencias electorales, en la que jugará un papel preponderante el uso y el abuso de los medios de comunicación y las redes sociales.

La experiencia del 2006 y del 2012 demuestra que López Obrador no es un buen tribuno ni, menos, un orador excepcional, al grado de que en uno de los debates presidenciales dejó de asistir, lo que fue tomado como evidente temor ante sus adversarios y, desde luego, le restó puntos ante los electores.  En los debates se requiere agilidad mental, conocimiento profundo de los grandes problemas nacionales y réplica inmediata ante cualquier cuestionamiento.

Para el debate de hoy, 22 de abril, Andrés Manuel ha optado por una posición, extrema, a la que no está acostumbrado al adoptar una frase hippie de los años 60: “Amor y paz”. En su alocución, AMLO ha justificado su giro de 180 grados al oír las recomendaciones de sus asesores de “no enojarme y no insultar”.

Esa confidencia es la aceptación expresa de que la naturaleza del candidato morenista es la propensión al insulto y a la descalificación.  Así procedió en el 2006, cuando llamó chachalaca al presidente Vicente Fox; en el 2018 señoritingo a Aurelio Nuño, coordinador de la campaña de José Antonio Meade, y fifí a Jesús Silva Herzog.  El embate en contra de Silva Herzog fue por el solo hecho de haberlo criticado y, puntualmente, definido como irascible, intolerante, grosero, enredado en pleitos absurdos en contra de periodistas que cometían el terrible pecado de criticarlo, de hacer su “trabajo y hacerle preguntas incómodas”.

En su certera crítica desentraña otra de las características del “Peje” de Macuspana: “Del extremo del sectarismo, López Obrador se ha desplazado al punto contrario: El oportunismo.  Morena ha sido traicionada antes de ganar el poder.  Los mafiosos pueden transformarse en abanderados de la regeneración nacional; los bandidos pueden ser perdonados por la infinita bondad del prócer”. Y varios etcéteras más.

Es evidente que Andrés Manuel no practica el amor y paz que hoy pregona y que su naturaleza jamás cambiará, como bien dijo José Antonio Meade.  Para él, su maniqueísmo sólo es blanco y negro: Los que están con él y los que están en su contra.  Su intolerancia extrema la dejó sentir en un programa de Carlos Loret de Mola cuando, en plena entrevista, apareció el “mascabrother” Germán Ortega, el excelente imitador de López Obrador en la serie “El privilegio de mandar.”

En lugar de parodiar con su simpático y fugaz plagiario de su personalidad, López Obrador, sin disimular su molestia, se levantó inmediatamente y recriminó a Loret de Mola como si le hubiera tendido una trampa.  Seguramente intercambiar chistes y bufonadas le habría redituado más adeptos.

Si Andrés Manuel sale derrotado del debate será la gran oportunidad para, desde el poder, hacerlo aparecer como el incapaz para gobernar al país.  Ello es así porque en el electorado hay cuatro tipos de votantes: Los que simpatizan por algún partido, los que en esta ocasión, por hartazgo, votarán en contra del PRI, los indecisos, que conforman un importante universo de electores libres, y los 14 millones de jóvenes entre 18 y 23 años  que votarán por primera vez este 1 de julio.

En el ánimo de estos dos últimos tipos de votantes se volcarán todas las estrategias para cambiar el sentido de las preferencias electorales con información manipulada y tendenciosa.  El resultado es previsible para quien no tiene todavía candidato o partido por cuál votar: Desestimar a López Obrador como la mejor opción política.

Así, ya se ve venir la andanada hacia los flancos que el mismo Andrés Manuel se ha abierto: Su oposición a la construcción del nuevo aeropuerto, la amnistía a la mafia en el poder y a la delincuencia organizada del país, y las candidaturas de más de un impresentable, como Napoleón Gómez Urrutia.  Ampliaremos…

 

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