López Obrador debe pedir perdón a Filipinas

Del puerto de Navidad, Jalisco, partieron las naos que conquistaron las Islas de Oriente

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Algo se traen con la madre patria los López que nos han gobernado y nos gobiernan. Para alguno, el origen fue motivo de orgullo; otro lo ocultó; a uno no le ha importado y el último le exige pedir perdón a los pueblos originarios de lo que fue la Nueva España
En pleno esplendor de su reinado, el Presidente José López Portillo acudió a Caparroso, España, en busca de sus orígenes.
Aunque su ascendencia era española, Antonio López de Santa Anna nunca se interesó en el origen de sus ancestros. Le valía madre; estaba muy ocupado jugando a los gallos en su hacienda de Manga de Clavo y perdiendo la mitad del territorio nacional como para hacer demagogia con España.
Según se dice, don Adolfo López Mateos fue hijo de Gonzalo de Murga, de nacionalidad española, pero el mexiquense que sería Presidente de México adoptó el apellido López del primer marido de su madre, doña Elena. En torno de Adolfo “el joven”, para diferenciarlo de Adolfo Ruiz Cortines, “el viejo”, se tejió una doble leyenda: Su supuesto origen guatemalteco, además de datar su nacimiento en 1910 para brincar el obstáculo constitucional que prohibía llegar a la Presidencia a hijo de extranjero.
El último López, el que nos gobierna, Obrador, viajó a Cantabria como líder de Morena, en septiembre de 2017, en busca del origen de su abuelo, José Obrador Revuelta. En reconocimiento, el Presidente del Gobierno Español, Pedro Sánchez, le obsequió una copia del acta de nacimiento de su ilustre antepasado, nacido en Bilbao.
La novedad es que, ahora, el Presidente López Obrador se adueñó de la agenda política mexicana y española (y es probable que de la de todo Hispanoamérica) con su exigencia al Rey español Felipe VI de reconocer los abusos de la Conquista:
“Es mejor reconocer que hubieron abusos y que se cometieron errores. Es mejor pedir perdón y, a partir de eso, buscar hermanarnos en la reconciliación histórica”.
Aseguró que existen heridas abiertas que se esconden:
“Se debe de reconocer también lo que significó el saqueo colonial de nuestros recursos culturales. “Pero no es el propósito resucitar estos diferendos, sino ponerlos al descubierto, no mantenerlos en el subsuelo, como algo subterráneo, porque todavía, aunque se niegue, hay heridas abiertas”,
Y exigió una revisión histórica que reconozca también el papel de la Iglesia Católica en el saqueo y destrucción: “… se construyeron los templos y las iglesias católicas encima de los antiguos templos prehispánicos”.
Es evidente que la bomba estallada por el Presidente tiene su origen en los conocimientos históricos de su esposa Beatriz, que, antes de las exigencias de perdón de su esposo, recordó que el encuentro de los españoles con los chontales terminó en masacre y que, para legalizarla, Hernán Cortés ordenó a su escribano Diego de Godoy levantar un acta para declararla guerra justa.
Bien por Andrés Manuel, que exige pedir perdón a Felipe VI y al Papa Francisco por la excomunión de Hidalgo y Morelos, y él mismo se compromete a pedirlo por “la opresión a las comunidades indígenas, a los pueblos originarios; pedir perdón por el exterminio del pueblo Yaqui, por la represión a los pueblos mayas y por el exterminio de la población china que trabajaban en nuestro País, miles de chinos asesinados”.
Pero si ya anda en eso debe pedir perdón también al pueblo de Filipinas porque del puerto de Navidad, Jalisco, partieron las naos que conquistaron las Islas de Oriente.
En 1964 se cumplieron 400 años de aquella gesta y el lenguaje del otro López, don Adolfo, fue diferente al dirigirse al Presidente filipino Macapagal:
“Miguel López de Legázpi llegó a la bahía magnífica de Manila habiendo partido de Barra de Navidad, ese diálogo que se continúa cuando a través de la Nueva España llega a Filipinas el recio tronco cultural grecolatino que España representaba en el siglo XVI. De ese diálogo fecundo en el que México tuvo el privilegio de ser el único país de América que podía realizar comercio con el lejano oriente a través de las Filipinas.
“De México salieron evangelizadores, colonizadores y educadores. El Galeón de Manila reveló al mundo americano la riqueza del oriente fabuloso. Por Acapulco y por San Blas entraron a Nueva España las porcelanas, los marfiles, las sedas del oriente. El Galeón de Manila trajo de Nueva España el oro y la plata de las minas de México, pero más que ese comercio de América Latina existía permanente el contacto e intercambio de ideas. Muchas familias filipinas llevan aun apellidos castellanos traídos de la Nueva España; muchas familias filipinas reconocen en sus ancestros a gente nacida en el Anáhuac y muchas familias mexicanas de las zonas de Acapulco y San Blas, muchos cientos de ellos, reconocen como fundador de su estirpe a un filipino. Teníamos, entonces, vínculos no solo estrechos, sino, incluso, fraternales.
“Como muy bien ha dicho el Sr. presidente Macapagal, nuestro desarrollo fue similar. A medida que el hombre de Filipinas y el hombre de México, a través del mestizaje, se dieron cuenta de cuál era su posesión sobre su tierra, reclamaron su libertad y lucharon por ella. Desde entonces, filipinos y mexicanos nos hermanamos a la distancia en el ideal común de la independencia de las naciones, en el ideal común de la libertad de los pueblos.
“José Rizal pudo haber encabezado la independencia de México y Miguel Hidalgo pudo haber encabezado la independencia de Filipinas. Nuestras trayectorias paralelas no nos distanciaron; hubo, más bien, una distancia geográfica, pero no una separación espiritual. Hoy reanudamos ese interrumpido diálogo y hemos venido los mexicanos a decir a los filipinos ¡presente!…”
Hoy podemos ir a Manila a pedir perdón por todo esto.

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