Lo que queda del priísmo

Y mientras, los militantes tricolores de relumbrón, en largas vacaciones

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Por necesidad de la redacción escribo esta columna en pleno Día de los Inocentes; sólo por eso, y no porque la intención sea bromear con la efeméride, inicio preguntándome si el PRI aún existe.

Todo indica que no, a pesar del significativo triunfo, en una segunda elección, de Adrián de la Garza en una de las capitales más importantes del país, Monterrey.


Si, de pronto, el PRI ofrece estertóreas señales de vida se debe a los esfuerzos aislados de Arturo Zamora, el jalisciense que aceptó el puesto rechazado por las grandes figuras porque en las condiciones actuales no sirve de trampolín para el futuro inmediato.

Arturo Zamora, secretario general del PRI, de los pocos al pie del cañón priísta

Aun así, Arturo no duda en contradecir, sin temores, el discurso plano de las pocas figuras relevantes del priísmo que dan la cara sólo porque sus puestos los obligan a hacerlo de vez en vez; me refiero a los coordinadores de las menguadas fracciones tricolores en el Congreso de la Unión y a la lideresa nacional.

Para quien acompañó a Manlio Fabio Beltrones, Enrique Ochoa Reza y René Juárez en la triste aventura de entregar el poder, la disyuntiva de su partido consiste, aún en su penosa situación, en mantenerse como oposición fuerte, viva y actuante o “silenciosa”. A pesar de que las bancadas priístas en el Congreso están ostensiblemente menguadas, desecha la segunda.

En contrapartida, Miguel Ángel Osorio Chong y René Juárez Cisneros, y, desde luego, la lideresa nacional, Claudia Ruiz Massieu, insisten en ser “oposición responsable”.

Claudia Ruiz Massieu. Su aportación reiterada de que el priísmo sea una ‘oposición responsable’

 

DESPUÉS DE LA PALIZA, LA CONSPIRACIÓN

Después de la paliza del primer domingo de julio, los priístas se mantuvieron quietos y en silencio. Quisimos entenderlo bajo el supuesto de que, fieles a la institucionalidad, nada harían hasta que su jefe, el Presidente Peña Nieto, saliera de Los Pinos, pero hace un mes que Enrique abandonó la residencia presidencial y quienes fueron grandes figuras del priísmo siguen igual que entonces. Esperando, quiero suponer, pero ¿esperando qué?

Dan la impresión de estar dispuestos a disfrutar de un largo periodo vacacional, del que apenas han consumido 6 meses y que podría prolongarse por sexenios.

Mientras tanto, en privado siguen instalados en la autocrítica que los exime de culpa a partir del argumento de que fueron mantenidos alejados del Presidente; en todo caso, su explicación se reduce a la suposición de que, con mucha anticipación, Peña Nieto se percató de lo que venía y prefirió pactar la rendición a tiempo, construyendo condiciones favorables para garantizar el triunfo de Andrés Manuel López Obrador.

Una de las manifestaciones que probarían esta estrategia de derrota anticipada sería la persecución mediática, impulsada desde la PGR, contra el candidato panista, Ricardo Anaya, que sólo sirvió para mejorar los números del candidato de Morena y, desde luego, la postulación del candidato simpatizante José Antonio Meade, a quien, para ayudarle a perder, rodearon con neófitos en cuestiones electorales y hasta carentes de militancia, como el líder nacional, Ochoa Reza, y el coordinador de la campaña, Aurelio Nuño.

De ser cierto, esto podría ayudar a explicar un tanto la derrota priísta, pero no es suficiente para entender la narrativa, por escribir, de la debacle histórica.

¿Por qué si los prohombres del priísmo, los militantes de décadas, los que todo saben y todo lo podían, no alzaron la voz, o movieron un dedo a tiempo, para impedir la concreción de la estrategia derrotista?

¿Por institucionales? ¿Por temor al Presidente? ¿Por importamadrismo? ¿Por qué la derrota de su partido, generalmente, los beneficia en lo individual?

Hubo quienes, pocos, se atrevieron sin tener obligación.

De muchos príistas he escuchado, en privado, sus quejas y, en algunos casos, casi me convencen de la existencia del pacto de impunidad acuñado por Anaya para justificar la postulación del candidato priísta, es decir, la imposición de los responsables de su campaña y la inacción presidencial para obstaculizar el triunfo de Andrés Manuel.

El agradecimiento de López Obrador a Peña Nieto por no influir, desde la cumbre del poder, para impedir su elección vino a confirmar las sospechas de la supuesta existencia del Pacto en quienes se sentaron con los brazos cruzados, y la boca cerrada, a presenciar los acontecimientos en lugar de enfrentar al Presidente y evitar el cumplimiento de la entrega del poder supuestamente pactada.

Debo reconocer la injusticia de generalizar. No todos se mantuvieron inactivos; hubo quienes hicieron lo que les correspondía y ofrecieron sus servicios a los jerarcas de la campaña cuando se permitían bajar a tierra y abrir las puertas de sus oficinas para hablar con quienes no estaban en el Olimpo.

Pero nadie, de quienes pudieron hacerlo, se atrevió a hablar con claridad con el Presidente y mencionar sus sospechas, fundadas o no, de que se preparaba la entrega del poder.

Para acabarla de amolar, no sé si porque se trató del Día de los Inocentes, el Presidente López Obrador dijo, en la mañanera del 28, que sigue adelante con la consulta de preguntar al pueblo sabio si se enjuicia a sus antecesores, de Carlos Salinas a Enrique Peña Nieto, por actos de corrupción cometidos durante el periodo neoliberal, pero a quienes acudan a votar él aconseja, desde ahora, poner punto final al asunto.

A su estilo ambiguo planteó su posición en la consulta que permite todo tipo de interpretaciones: “¿Estás de acuerdo, como lo sostiene el actual Presidente, de que se ponga punto final y que iniciemos una etapa nueva sin corrupción y sin impunidad?”.

Es de imaginar la respuesta casi unánime de los consultados: “¡Punto final!”, y a partir de esto se acrecentará la sospecha sobre el pacto.

Pero esto es historia; con el tiempo sabremos qué fue lo que ocurrió realmente en el año anterior a las elecciones, ¿por qué Enrique se inclinó por Meade y no usó el poder del Estado, como no lo hizo Ernesto Zedillo, para impedir el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas, primero, y, luego, el de Vicente Fox?

Si la conspiración existió para asegurar el triunfo de Andrés Manuel debió de ser de tal magnitud que será imposible ocultarla por mucho tiempo, pero mientras los hurgadores encuentran elementos fehacientes para probarlo, concentrémonos en lo que queda del priísmo para saber si sobrevivirá como oposición testimonial, morirá para siempre o resurgirá.

El problema es que con los priístas de relumbrón en vacaciones nada se puede adelantar.

Sabemos de su existencia porque se han dedicado a ser oposición virtual, es decir, están dedicados a enviar, vía WhatsApp, memes o videos haciendo burla del Presidente o alimentando las sospechas sobre sabotaje en la muerte de Érika Alonso y Rafael Moreno Valle.

Más allá, nada. Por ahí se sabe que el ex gobernador de Oaxaca Ulises Ruiz intenta algo; que su antecesor, José Murat, se resiste a dejar la Fundación Colosio, y que Manlio Fabio Beltrones tiene planes para, desde esa plataforma que lleva el nombre de su paisano y compadre sacrificado en Lomas Taurinas, reinsertarse, en 2021, en la vida pública, vía la Cámara de Diputados.

Ulises Ruiz. Que echa aire al moribundo

 

2021, EL AÑO CLAVE

El priísmo sobreviviente alberga la esperanza que, en 2021, la popularidad del Presidente López Obrador haya descendido a niveles que permitan a la oposición, al menos al PRI, duplicar su presencia en la Cámara Baja, de tal suerte que esté en condiciones de ser, por sí mismo, la oposición fuerte que quiere Arturo Zamora.

El problema es que en los planes de Andrés Manuel, el 2021 será diferente. Para entonces quizás no resuelva los problemas fundamentales del país, como los financieros, que causará la cancelación del NAIM, o no logre desterrar del todo las sospechas consecuentes del accidente del helicóptero de los Moreno Valle, pero sus programas asistenciales, que involucran a jóvenes, adultos mayores, discapacitados y a los militantes de Morena, le mantendrían una base sustancial de electores.

Para entonces planea preguntar al pueblo, en las boletas electorales, si quiere que permanezca en la Presidencia o deje el mando. Es decir, su rostro y nombre estarán en las boletas y hará campaña en compañía de los candidatos de Morena a diputados y gobernadores a sabiendas de que el efecto AMLO incidirá en las urnas.

En estas condiciones quizás no mantenga el 53 por ciento de la votación de 2018, pero la merma no será tan sustancial como para garantizar al PRI (y al PAN) un cambio de panorama.

Para decirlo de otra manera, la posición del PRI en la Cámara de Diputados podrá mejorar, pero no lo suficiente como para, por sí mismo, obligar a Morena a negociar o bloquear las reformas constitucionales pensadas con la intención de perpetuar en el poder al partido de López Obrador.

En esto reside la importancia de que Rafael Moreno Valle ya no sea más un problema político para Morena. El ex gobernador de Puebla se había convertido en el líder de la oposición del PAN, PRI y MC en el Senado. Fallecido en el accidente aéreo, no hay quien supla su liderazgo.

Miguel Osorio Chong pudo, y quizás pueda, ser el líder en la resurrección priísta, pero a los priístas les costará trabajo olvidarlo como secretario de Gobernación.

A él, a Videgaray y, en menor medida, a Aurelio Nuño culpan los priístas del aislamiento del Presidente Peña Nieto.

Lo habrían hecho a grado que gobernaron por él; los miembros del gabinete acordaban con Videgaray y hubo gobernadores que no recuerdan haber sido recibidos en privado por Osorio.

Si conductas como la del gobernador Javier Duarte pudieron prosperar habrían sido, precisamente, por el ocultamiento de la realidad al Presidente y porque aquellos en quienes delegó sus facultades no hicieron su trabajo.

Más aún, la determinación de abandonar al PRI en tiempos de Beltrones habría provenido de una orden de Videgaray.

La competencia entre Videgaray y Osorio Chong habría sido factor fundamental en la debacle del PRI en junio de 2016, preludio de lo que ocurriría en 2018, cuando perdió 7 de 9 gubernaturas, pero el ex secretario de Hacienda y de Relaciones Exteriores ya no se dedica a la política o, al menos, eso dice; es Osorio Chong quien está metido de lleno y podría suceder a Claudia Ruiz Massieu en agosto, cuando concluya el mandato para el que fue electo Beltrones.

Manlio Fabio Beltrones. A la espera del 2021 para reinsertarse en la vida pública vía la Cámara de Diputados

Ya sin Moreno Valle en el Senado, el hidalguense está obligado a unificar las fuerzas de oposición. Por su condición de ex gobernador y ex secretario de Gobernación se le supone con la mayor presencia y experiencia para frenar a Ricardo Monreal y a Morena, como lo estaba haciendo el ex gobernador de Puebla y ex coordinador de los senadores panistas, pero Miguel necesita unificar, primero, a los senadores priístas y, luego, operar con panistas y de Movimiento Ciudadano.

Miguel Osorio Chong quizás pueda ser el líder en la resurrección priísta, pero…

Esta aproximación a la realidad augura años difíciles para el PRI, sobre todo porque sus esperanzas están colgadas de la posibilidad de que el Presidente López Obrador cometa los errores suficientes que convenzan al electorado de dar una nueva oportunidad a la oposición, sea panista o priísta.

Esto debería ser escrito en otra fecha, no el Día de los Inocente; por ejemplo, en forma de carta, el Día de Reyes.

Es cierto que Andrés Manuel no la tiene fácil, sobre todo si continúa aferrándose a promesas de campaña a todas luces inviables porque la militarización del país no garantiza la disminución de los índices de inseguridad, porque tardarán en dar resultados las medidas para combatir la pobreza, causa de todos los males, y porque la madre tierra suele jugar malas pasadas, pero en un mes de gobierno, aún con el enfrentamiento con el Poder Judicial de la Federación, la exhibición de soberbia por parte de Mario Delgado y Ricardo Monreal, el conflicto por la creación de gobernadores alternos, la reacción airada de servidores públicos despedidos en vísperas de Navidad o que sufrieron reducción en sus salarios, y el intercambio de insultos con quienes reclaman justicia en torno a la muerte de Erika Alonso y su esposo, no hay quien se atreva a presagiar que López Obrador perderá popularidad en el corto plazo, pero todo esto tiene que ver con el Presidente; lo que importa es si la única esperanza de los priístas está en la caída de su popularidad. ¿Qué hacen ellos? A la vista no tienen líder; carecen de causa y tropa. Así, poco podrán hacer.

Sólo como muestra de botón de que no han aprendido, en Puebla, el ex gobernador priísta Mario Marín tiene candidato para suceder a Erika Alonso, el senador, por Morena, Alejandro Armenta.

 

 

 

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