Lección de política y periodismo en la mañanera

Andrés Manuel López Obrador o sus expertos en periodismo deben replantearse estrategia para mantenerlo como único protagonista del día a día

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No faltó quien se emocionó con las constantes interpelaciones del periodista Jorge Ramos al Presidente Andrés Manuel López Obrador en la conferencia de prensa mañanera del viernes; tampoco quien se escandalizara, en especial la chairiza, que no tolera que se le toque ni con el pétalo de una rosa, y, desde luego, los reporteros tímidos, atolondrados, acostumbrados a servir de escenografía, que se sintieron representados por el experto del show business del periodismo de la televisión, que se atrevió a lo que ellos sólo viven en sus mejores sueños y en las películas.

Ocurrió solamente que no estamos acostumbrados a ese tipo de periodismo en el que el reportero, si bien no se iguala con el mandatario, una especie de deidad intocable en la era priísta, o un mesías como en la Cuarta Transformación, se atreve a interrumpirlo para evitar que con su muy conocido estilo evada el núcleo de la pregunta y conduzca a la audiencia hacia sus temas preferidos: Corrupción, neoliberalismo, conservadurismo, porfirismo, su derecho de réplica, su respeto por la libertad de expresión… etcétera.

Ciertos episodios de las más recientes mañaneras confirman que denota agotamiento el modelo, exitoso en otra época, cuando Andrés Manuel era jefe de Gobierno de la Ciudad de México, y en las primeras semanas del sexenio, para imponer agenda mediática y política y dejar bien claro quién manda, incluso a los subalternos del Presidente.

López Obrador o sus expertos en periodismo deben replantearse la estrategia para mantenerlo como único protagonista del día a día sin exponerlo a riesgos como los que ya enfrenta.

Hemos pasado, en la mañanera, de preguntas sembradas descaradamente, a fin de que el mandatario hable de lo que quiere comunicar al país, al uso del Presidente arrancándole respuestas previsibles, para colocar a funcionarios en posición de ser extorsionados con la amenaza de repetir la pregunta en otra conferencia, a episodios de pena ajena que más vale no registrar; también a la existencia de una lista pre elaborada para los cuestionamientos a modo, así como al reportero designado para entrar al quite cuando una pregunta mete en aprietos al dueño del escenario y, como en el teatro, darle pie para que se sumerja en sus temas predilectos.

Pero, en la mañanera del viernes, los asesores debieron alertar al Presidente, a fin de que se preparase para un momento difícil no sólo por la fama internacional del reportero, por su estilo de entrevistar y porque escribe en Reforma, un tema recurrente desde la carta al Rey Felipe VI.

Era previsible lo que ocurriría desde que Jorge Ramos ocupó su lugar, pero fue evidente que los asesores dejaron solo al Presidente.

Ramos, el exitoso periodista mexicano que opera en Miami, es experto en protagonizar espectáculos con las grandes figuras. Entre lo último que ha acrecentado su bien ganada fama está el desencuentro con el entonces candidato Donald Trump y la manera pedestre con que Nicolás Maduro se comportó con él y su equipo en Venezuela. Los mexicanos lo recuerdan por el difícil momento que hizo pasar a Enrique Peña Nieto con preguntas sobre la muerte de su esposa.

Insisto, los mexicanos no estamos acostumbrados a los diálogos fuertes, en público, de un reportero con un Presidente. Cuando mucho, los periodistas, en especial columnistas e editorialistas, nos dedicamos al monólogo sin nunca recibir respuesta pública. López Obrador ha roto la costumbre aludiendo por su nombre a algunos que no lo sueltan, como Carlos Loret.

El último episodio público fue el protagonizado por Carlos Marín con Enrique Peña Nieto en Canadá, a propósito de la desafortunada invitación a Trump a Los Pinos. Carlos, por entonces director de Milenio, reconoció, con el tiempo, que se le pasó la mano cuando en entrevistas televisadas sugirió que el Presidente debió despedir con una mentada al candidato republicano.

 

Algunos, me cuento entre ellos, hemos tenido encuentros privados sin mascaras con Presidentes que permitían el debate, como Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Felipe Calderón y Peña Nieto.

Pero no es usual un intercambio como el protagonizado entre López Obrador y Ramos.

Más allá de partidismo e ideologías o de simpatías o antipatías, reconozcamos el valor de uno y otro. El reportero insistió en su tema una y otra vez e intentó no permitir que lo torearan como hacía Eloy Cavazos con el público, y el Presidente contestó a su estilo y, en ocasiones, asumiendo riesgos saliéndose del libreto que tiene muy bien aprendido.

Que el episodio sirva de lección por si las mañaneras superviven, como creo que ocurrirá, aunque lo aconsejable sería espaciarlas para evitar la erosión de la palabra presidencial y el aprovechamiento del micrófono nacional, por parte de algunos periodistas, para derruir las estatuas que se construyeron por décadas o, como hacen otros, para asustar y extorsionar a funcionarios sonsacando respuestas al Presidente con acusaciones sin fundamento que luego son utilizadas por la Función Pública.

Que nadie se escandalice o se emocione; lo ocurrido en la mañanera podría suceder a diario si no hubiese una estrategia absurda para proteger a López Obrador porque los asesores parten del supuesto de que el Presidente no tiene capacidades para enfrentar a cualquier reportero que haga su tarea y acuda bien preparado a preguntar lo que interesa a lectores de la prensa escrita y audiencias de los medios electrónicos.

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