Las riendas del poder

En el nivel cotidiano, el ser humano es hijo de la costumbre; demasiada innovación resulta traumática y conducirá a la rebelión si no hay equilibrios de mando; los peores momentos que ha vivido el país es cuando ha perdido la confianza

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Fernando Gutiérrez Barrios. ‘El recuerdo ficticio de un pasado grandioso perdido por la culpa de una élite voraz tiende a convertirse en populismo político donde el líder destruye las instituciones mediadoras para comunicarse directamente con el pueblo’

Acotada para la historia nacional, queda registrada la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador bajo el protocolo constitucional para proclamarlo como Presidente de la República en el recinto de la Cámara de Diputados, bajo un proceso de civilidad que la pluralidad política partidista de nuestra democracia moderna no lo permitía desde hace décadas.

Un acto irrefutable para asumir el poder que emana del Ejecutivo federal, que tuvo que compartir escena de coronación con un acto subsecuente lleno de misticismo, para muchos inédito, ya que, en plena plaza pública del Zócalo capitalino, bajo un esquema de planificación bien delineado por sus efectos de consolidación de imagen con éste sector poblacional, fue “ungido” por parte de los 68 pueblos originarios al depositarle el Bastón de Mando del país: consumando una doble coronación


Proceso innovador para el sistema laico que nos regula: un acto que desconcierta al sistema republicano.

Investidura que destaca Porfirio Muñoz Ledo, éste decano político que siempre se ha distinguido por sus certeros comentarios lacónicos para diversos personajes de la clase política, y que hoy, asombra por la lisonja como describe esta escena: “Es un iluminado, un servidor de la patria, cuidémoslo”.

Ceremonias de las que se han vertido una infinidad de comentarios por analistas y comentaristas calificados que las destacan y la observan; donde al ciudadano de a pie, sin ideología política pero inmerso en la problemática del país, le cuesta trabajo retener el contenido de esos prolongados actos, donde aflora un extenso discurso, una disertación prolifera  que no sintetiza explícitamente el proyecto de gobierno que asume el nuevo presidente, ya que se confunde la denuncia, la queja, la promesa y la reconstrucción; donde no queda claro cómo se van a financiar: estacionándose en la fluctuación entre promesa y hechos.

 

TOMA DE MANDO

Una toma de mando como hace años no se apreciaba, revestida de legitimidad y legalidad, bajo un estilo propio de gobernar, donde de inicio retoma las “riendas del poder” como el mismo pregona, trasladando todos los males que se padecen a sus antecesores y al sistema político de los últimos 30 años, bajo la tutela del “neoliberalismo”, al que denuncia como el productor de la desigualdad, pobreza y corrupción que nos aqueja y arrastra como nación.

Una arenga de reclamos y señalamientos para una historia fallida, donde es indudable que todos, tanto los favorecidos como los afectados, desde cada una de su trinchera, participamos en menor o mayor medida en esta diagnosticada debacle.

Señalando con voz crítica y severa al llamado neoliberalismo, como un sistema promotor de la corrupción lacerante que se perfeccionó y sofisticó en el tiempo, tornándolo en la actualidad en ingobernable e incontenible; cuestionando y señalando a los gobernantes que le han antecedido como partícipes de ese mal; así como, su falta de visión y compromiso con la población mexicana más desprotegida.

Un sector de mexicanos que será su prioridad como gobernante, construyendo una estructura funcional y operativa bajo una serie de esquemas de asistencialismo novedosos, sustentados con golpes de “timón” anticipados, con los que pretende cumplir sus promesas, aunque desarticule otros sectores que no debe menospreciar, porque pueden generar el principio del fin.

Un reclamo severo que lo convierte en un juez supremo, con la obligación inevitable de reconstruir las ineficiencias y omisiones herencia de Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto, con la inseparable oligarquía empresarial que los acompañó; donde surge la pregunta por qué la sociedad tardó tanto en despertar, identificar y exigir la reorientación de estos mandatos fallidos, no obstante que hoy clasifican a México como la quinceava economía mundial.

Al respecto, Fernando Gutiérrez Barrios señalaba: “El recuerdo ficticio de un pasado grandioso perdido por la culpa de una élite voraz, tiende a convertirse en populismo político, donde el líder destruye las instituciones mediadoras para comunicarse directamente con el pueblo”, porque quien pelea contra monstruos, debe tener cuidado de no convertirse en monstruo, como señalara: Nietzsche

 

SU MENSAJE

Con un activismo anticipado en la toma de decisiones públicas de trascendencia, ha puesto en jaque las finanzas empresariales y de la banca, acechando una incertidumbre sobre la economía nacional.

Su mensaje de toma de posesión era de importancia relevante, siendo inevitable que no se despilfarrara el tesoro de su palabra, porque se encaminaría al debilitamiento de posición y poder, recordando lo que señalara al respecto el ex presidente Mariano Paredes y Arrillaga: “A los niños se les engaña con juegos, a los pueblos con palabras”.

Bajo esta ficción, desaprovechando la tribuna para mandar un mensaje de conciliación, tendiendo puentes tan necesarios de comunicación para que todos sumen y aporten, se privilegió el mensaje de descalificación y división, en un personaje que se aprecia que sigue confundiendo compromisos de campaña con la aplicación tangible de los actos de gobierno, haciendo recordar al terapeuta argentino Jorge Bucay: “Los malos momentos vienen por sí solos, pero, es voluntaria la construcción de los buenos”, y esa voluntad, se ve distante de conjugar al menos en su inicio de gobierno.

 

CENTRALISMO

No es cuestionable su estilo de gobernar, su tiempo, energía y talento que dedica en la construcción del presente para aspirar a un inmejorable porvenir.

No es cuestionable su austeridad y honradez, además de su lucha frenética por los desposeídos y sacrificados, porque en teoría todo el mundo comprende la necesidad del cambio, pero en el nivel cotidiano el ser humano es hijo de la costumbre, demasiada innovación resulta traumática y conducirá a la rebelión si no hay equilibrios de mando, porque los peores momentos que ha vivido el país es cuando ha perdido la confianza.

Empezando a percibirse la construcción de un centralismo de poder, que puede desencadenar en un presidencialismo imperial que tanto daño causó al país.

Un poder presidencial del que, Adolfo López Mateos hace la mejor descripción de lo que significaba: “Durante el primer año la gente te trata como Dios y la rechazas con desprecio; en el segundo te trata como Dios y no le haces caso; en el tercero te trata como Dios y lo toleras con incredulidad; en el cuatro te trata como Dios y comienzas a tomarlo en serio; en el quinto te tratan como Dios y no solo lo crees, lo eres”.

Un poder que puede ser sinónimo de abuso, de amenaza y destrucción.

Una energía que adquiere el color de la intención de quien la utiliza.

Porque la justicia constitucional puede morir, así como muere la democracia cuando no somos capaces de constituir su defensa y dejamos que un solo hombre tome las riendas del poder.

 

 

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