Las rebeliones del PAN

Lejanos principios que siempre enarbolaron sus numerosos forjadores

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Federico Ling Altamirano. ‘Yo puedo imaginar a una PAN sin poder, pero no puedo imaginar a un México sin el PAN’

Todo parece indicar que, en el Partido Acción Nacional (PAN) se vive una nueva rebelión, que en forma tangible sacude y estremece a esta agrupación, distante de una réplica como la acontecida en respuesta al autoritarismo del gobierno de Lázaro Cárdenas del Río que suscitó el nacimiento de ésta asociación política, en respuesta a la corrupción y el desprecio de su gobierno por valores básicos como el trabajo, el sacrificio y la perseverancia: Baluartes del sector empresarial.

Pasado y presente que se encuentran para una corporación política como la describiera José Woldenberg Karakowsky, que emerge como un partido testimonial hasta convertirse en una organización capaz de disputar de tú a tú las más diversas posiciones, situándose en el flanco derecho del espectro político mexicano; identificándose actualmente bajo una tendencia amorfa respecto a los principios que le dieron origen.

Una comunidad que asciende al poder presidencial sustituyendo al Partido Revolucionario Institucional (PRI), nacido de la Revolución Mexicana que le dio sentido como partido político, que se constituyó para defender al Estado de la Revolución, y, que, tuvo que removerse ante su enemigo histórico el PAN, su némesis, que no emerge de un levantamiento social, sino capitalizando los excesos, ineficiencias y corrupción en que incurrieron y derivaron en  su sustitución, en un tránsito inevitable en el proceso democrático mexicano.

Una alternancia en el poder que no fue una apertura democrática, sino una consecuencia del desarrollo de la sociedad mexicana y la decadencia del PRI, como parte fundamental de una convivencia en descenso que se fue produciendo durante más de siete décadas de gobernanza.

Un PAN que perdió la primera y única oportunidad de un cambio político genuino que fomentara raíces como partido único, tras 12 años consecutivos de gobierno, y la vuelta del PRI, es el mejor indicador inequívoco de su paso por el poder.

Un Acción Nacional que cuando deja a un lado las banderas del conflicto, se vuelve muy atractivo para la ciudadanía, y hoy, después de una jornada electoral muy fructífera en cuanto a triunfos acaecida en el año 2016, que lo reposicionaron políticamente, viven un cisma que fragmenta las conquistas obtenidas.

 

REFERENTE HISTÓRICO

El PAN, es el partido político más antiguo del país.

Parte incuestionable de su patrimonio histórico-político.

Es el partido procreado por ciudadanos de a pie, que, sin el apoyo del poder del Estado, es el que más ha permanecido en el escenario político desde su fundación hasta nuestros días.

De valor incuestionable como lo señalara uno de sus grandes referentes Federico Ling Altamirano: “Yo puedo imaginar a una PAN sin poder, pero no puedo imaginar a un México sin el PAN”.

Y bajo este contexto del expurgo histórico, cómo olvidar la filosofía que difundía a sus correligionarios uno de sus fundadores Manuel Gómez Morín, quien señalaba sistemáticamente: “Nuestro deber es permanente, que libremente hemos aceptado, no una lucha por un día, sino una brega de eternidad”.

Una filosofía que estableció como el ideal panista en su actuar, que siempre manifestó con orgullo, convertido en una sentencia para su real militancia: “Nuestro propósito no es el de ganar una elección, sino de luchar por una verdadera transformación de México”.

Y en este legado de principios, cómo desterrar del pensamiento a uno de sus grandes ideólogos, Carlos Castillo Peraza, aquel que pregonó que el objetivo partidista era crear ciudadanía antes que militancia.

Una ciudadanía que no se respaldara con una credencial de elector, sino en la virtud que se ejerce en cumplir su parte con la comunidad, sustento filosófico que siempre defendió el receptor “post mortem” de la medalla Belisario Domínguez del Senado de la República.

En este tiempo de enfrentamientos, qué lejanos se encuentran los principios que siempre enarbolaron los numerosos forjadores del panismo, cuyos valores indisolubles por mucho tiempo fueron la solidaridad y la subsidiariedad.

Una solidaridad que desplegaban de estar con el otro y que se daba entre pares.

Una subsidiariedad, como decía Manuel de Jesús Clouthier del Rincón, el histórico panista llamado “Maquío” que, en términos modernos se describiera como: “Tanta ciudadanía como sea posible y tanto gobierno como sea necesario, pero también apoyar a quienes menos tienen en tanto puedan hacerlo por sí mismo”.

Tanta historia, tanta lucha, tantos personajes con un sustancial legado doctrinario, para terminar, convirtiéndose en un partido “oportunista” en busca de la ganancia electorera, muy lejos de lo que pregonó Gómez Morín de enfocarse para seguir ideas, más que hombres.

 

LAS SUBLEVACIONES

Como todo partido político en evolución, parte fundamental del proceso de transición democrática que se significó en mayor medida para el país en el año 2000, donde fue protagonista principal de la alternancia presidencial, ha tenido sus momentos difíciles como agrupación, que siempre ha superado capitalizado esas sublevaciones que lo han constituido como una de las tres fuerzas políticas principales del país.

Acción Nacional ha vivido incontables batallas internas dentro de su militancia a través de su largo peregrinar político, pero nunca tan significativas y de mayor relevancia mediática desde que asumieron la Presidencia de la República.

Tal es el caso de un Vicente Fox Quesada, un militante sin arraigo, prosapia o talento político, que aprovechó su andamiaje para arribar a la Presidencia de la República, provocando un parteaguas en la política nacional con la alternancia presidencial.

Un presidente Constitucional que gobernó casi sin su partido, creando los recelos y resentimientos de aquellos militantes que han entregado su vida en la lucha partidistas, y que no fueron considerados para gobernar.

Extensión de poder que evidenció Felipe Calderón Hinojosa, cuestionado por el presidente del partido que condujo al PAN a la Presidencia en el 2000, Manuel Espino Barrientos, quien criticó severamente la injerencia del Ejecutivo federal en el partido, que en ese tiempo comandaba Gustavo Madero Muñoz.

Un Espino Barrientos que también enfocó sus críticas severas a la dirigencia de Acción Nacional, ya que señaló con conocimiento de causa que: “Hay personas que no conocen al partido, que no conocen su historia, y que no tienen el propósito de ver por los interese generales”.

 

SACUDIDA AL CALDERONISMO

Correspondió a su presidente nacional Gustavo Madero, sacudirse el poder que emana del presidencialismo, al acotar con esta frase una nueva etapa de mando: “Acción Nacional no es un patrimonio de una persona ni de un grupo”, poniendo fin al “calderonismo” cuando el ex Presidente quiso imponer una refundación del PAN antes de dejar el poder.

Preámbulo que significó a través del tiempo, la conquista de parcelas de poder que empezaron a empoderar a los líderes del partido.

Un poder que se dejó sentir con todo el peso de su accionar al destituir a un miembro prominente del calderonismo, Ernesto Cordero Arroyo, al deponerlo como coordinador de los senadores del PAN.

Pasaje idéntico que padeció Santiago Creel Miranda, por diferencias sustanciales con el entonces Presidente de la República Felipe Calderón.

Sucesos que Luis Felipe Bravo Mena calificó como la pérdida del sentido de la institucionalidad, sumándose contra estos actos la Senadora Gabriela Cuevas Barrón, quien manifestó: “Yo sí creo que el PAN tiene mucho que dar, pero este PAN dividido, este PAN mezquino, este PAN que tiene tiraderos internos, no es la oposición que México necesita y mucho menos la oposición que México quiere”.

 

DIRIGENCIA METEÓRICA

Asumiendo la presidencia de su partido, bajo cuestionamientos de padrinazgo y de muerte fratricida para su progenitor político, Ricardo Anaya Cortés ha tenido una dirigencia meteórica que arroja más beneficios que perjuicios en materia electoral para su partido.

Hoy, como nunca, Acción Nacional está presente gobernando una parte sustancial del país.

Sigue siendo una opción atractiva para el 2018, pero ha sido trastocado por la heterogeneidad de grupos difícil de armonizar, donde prevalecen las venganzas entre los mismos, y una desmedida ganancia electoral.

En su seno corporativo, soplan vientos de división, que traslucen una unidad interna resquebrajada, enfrascada en una cuestionable crisis institucional.

Donde el presidente de éste organismo ha perdido el control de las decisiones cupulares, enfrentándose abiertamente al gobierno en turno, y, por consiguiente, al partido en el poder, en una embestida que ha denominado “franco estado de guerra “contra el PRI y el gobierno del Enrique Peña Nieto.

Reyertas cuestionables, como si el país estuviera para este tipo de eventos, cuanto tenemos enfrente un personaje destructivo llamado Donald Trump y su sumario de daños colaterales que nos produce, y un compromiso de gobernanza prioritario para combatir la pobreza, desigualdad, corrupción, impunidad y violencia que no se puede sacudir.

En este proceso conflictivo, sus acciones de defensa se confunden entre la línea política y la personal, cuando la política es el arte de organizar el espacio público en el que todos convivimos, no exacerbarlo.

Cuando gobernar significa entre otras cosas perfeccionar, dar continuidad, corregir y crear instituciones a partir del diálogo y la conciliación política, para eso se conforma nuestra representación legislativa y se subsidia a los partidos políticos, no para declararles la guerra.

Justificada o no sus acciones, porque han tenido el tiempo suficiente para dirimir las mejores opciones para el país, generan una crisis al Congreso General, convirtiendo a la política en el oficio más peligroso para golpear al gobierno, debilitar instituciones y generar incertidumbre.

Ricardo Anaya en su juego de poder, en defensa de sus derechos personales, en la planeación de estrategias políticas para posicionar a su partido y al grupo de adherentes que lo secundan, se ha olvidado que desde hace tiempo se genera una desconfianza en la ciudadanía hacia los partidos políticos, persistiendo una evaluación negativa sobre su desempeño, contribuyendo en cierta medida con este accionar, a seguir fomentando el distanciamiento entre partidos y ciudadanía.

Una desconfianza que permea persistentemente, donde los canales de los partidos políticos ya no son suficientes para la expresión de las demandas ciudadanas.

Espacio de actuación donde estas representaciones no han podido instaurar un Estado de Derecho en el que todos estemos sometidos a las leyes, generando una confianza que transmita seguridad, equidad y justicia.

Sólo el tiempo podrá identificar, justificar o enjuiciar la causa que persigue Anaya Cortés en su lucha y su quehacer político, pero de momento, arrastra al panismo.

Lo que no debería desecharse son las recientes alocuciones pronunciadas en el reciente informe de labores de Enrique Peña Nieto.

Pronunciamientos que es válido analizar y reflexionar por su contenido, ya que son acordes al momento de enfrentamiento que está provocando un panismo desbordado por la pasión: “Hacer política implica no convertir las diferencias en divisiones, hacer política exige no confundir a los rivales con enemigos, hacer política implica sumar a todos en favor del interés general”.

En ese tenor: “La política es la única vía para concretar cambios positivos y duraderos en la vida de las sociedades, por ello, la política debe reivindicarse como un instrumento de transformación al servicio de la sociedad”.

A manera de colofón sobre este enfrentamiento político, es conveniente resaltar lo que el escritor británico Vlive Staples Lewis alguna vez profirió: “Si los rebeldes pudieran triunfar, descubrirían que se habían destruido a sí mismo”.

 

 

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