Las puertas entreabiertas

Monsergas, ni anuncian ni advierten; ni permiten ni prohíben; mayores conflagraciones políticas a lo largo de la historia provienen de la contraposición entre dos comportamientos de la psique de los políticos

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Las puertas de la política, hoy, se encuentran entreabiertas. Los mismos sucesos se repiten, idénticos, varias semanas. Eso aburre, pero luego asusta. En todos los frentes y partidos hay quienes se conducen con realismo y otros que lo hacen con ensueño, si no es que con embuste.

Todos tenemos nuestras manías. Una de las mías es la repugnancia por las puertas entreabiertas. Me gustan las puertas abiertas y las cerradas. Ellas cumplen con su función existencial. La abierta anuncia una amable invitación al paso o permite la libertad de la salida. La cerrada advierte una restricción a la intromisión o impide la inoportuna escapatoria.

Sin embargo, la entreabierta es una monserga que ni anuncia ni advierte; ni permite ni prohíbe. Denota abandono, descuido, fodonguez, indolencia, indecisión, irresolución y pereza. Las puertas entreabiertas pueden encontrarse en todos los lances de la vida. En la amistad, en el amor, en el trabajo, en los negocios y hasta en las creencias. Ante ellas quedamos como mensos al no saber si entrar, llamar, asomar o esperar a que algún comedido nos saque del pasmo.

No obstante, también se nos presentan en la política. Cuando no sabemos si las compuertas de la gobernanza nada más se entreabren para ceder el paso o para impedirlo. Cuando no queda en claro si el acontecer de la política es producto de la reflexión, de la decisión y de la resolución o, por el contrario, cuando es la resultante de  la casualidad, de la suerte o de la magia.

La “puerta-rendija” en la política suele ser el batidillo de la mala mezcolanza de la realidad con la ensoñación. No estoy en contra de la ensoñación. Toda mi vida me he esforzado por ser muy objetivo, por ser muy realista y por ser muy maduro.  Para mi fortuna, todavía no lo logro. Para mi ventura, todavía disfruto en ensoñarme y en ilusionarme con lo que todavía no llega, con lo que ya pasó o con lo que no existe, pero estoy convencido de que lo peligroso no es soñar, siempre y cuando la ensoñación venga a enriquecer, a decorar o a mitigar nuestra realidad. Lo verdaderamente peligroso estriba en  sustituir la realidad con el ensueño.

Las mayores conflagraciones políticas a lo largo de la historia provienen de la contraposición entre dos comportamientos de la psique de los políticos. Por una parte, aquellos que conciben y practican la política con apego a la realidad y, por otra, quienes lo hacen en el espacio de lo imaginario. Estas oposiciones entre la realpolitik y la política-ficción han provocado más crisis, revoluciones y guerras que todas las ideologías o los intereses que han inspirado a los seres humanos a través de su existencia. La política-ficción lleva, siempre, a la confrontación. Sólo la política real es la que nos lleva al respeto, la tolerancia, el consenso, la cooperación y la convivencia.

La fórmula infalible de la política real es la suma de todo lo que queremos, menos todo lo que cedemos. Si de ello algo queda, eso se llama “política”. Si no queda nada, pues no tenemos nada. Sólo ilusiones, ensueños o fantasías.

Mucho ha que no lo recordaba, pero hace tiempo tuve un talentoso amigo que adoptó, desde su juventud, una singular manía. Fundó, para sí mismo, un reino imaginario en el que fue el supremo monarca. Como era un hombre muy rico, en su enorme mansión instaló un gran salón del trono. Lo adornó con estandartes, escudos, armaduras, las banderas del reino y, desde luego, un imponente sillón real bajo el palio de un dosel. Allí, por las noches, se imponía sobre el pecho la banda real; emitía decretos, escuchaba marchas, pronunciaba discursos y, casi siempre, bebía coñac.

Incluso, cierto día me confesó su intención de invitarme a ocupar el honroso cargo de “primer ministro”. Como es lógico, decliné tal distinción con algún comedido pretexto que él aceptó y nuestra amistad permaneció intacta. Con ello, por mi parte, yo guardé siempre la tranquilidad de no haber contribuido con su patología y de no haberme contagiado. Quizá por ello nunca he aceptado comisión o encargo de aquellos a quienes no advierto en el pleno uso de su realidad política.

Desde luego, la desalineación de mi amigo era inocua. Él no era un político, pero era uno de los hombres más talentosos que he conocido y durante el día gobernaba, con mucho acierto, un reino empresarial de su propiedad. Era un empresario muy realista y su chifladura era tan sólo un pasatiempo. Las compuertas de su mente nunca estaban entreabiertas, sino que las abría o las cerraba a su antojo. Él sabía muy bien que no era un monarca, sino que tan sólo jugaba a gobernar, pero ¡cuidado con los que sí juegan con los destinos verdaderos!

La imaginación, según Octavio Paz, es el más valioso de nuestros dones, pero el más peligroso. Si nos abandona nos convertimos en bestias. Si nos domina nos convertimos en esclavos. Dosificarla y dominarla es el atributo exclusivo de las grandes naciones y de sus grandes gobernantes.

 

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Si bien la imaginación es el más valioso de nuestros dones, también es el más peligroso, decía Octavio Paz

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