Las FARC y otras historias: entre ‘los imperdonables’ y ‘los intocables’

El resultado en Colombia sobre el plebiscito por la paz es una alerta para aquellos grupos, incluyendo a los existentes en México, que escudados en una presunta ideología social se atribuyen el derecho de armarse y aliarse, muchos desde hace décadas, con el flagelo del narcotráfico, los cárteles, desviando una pretenciosa tarea política hacia el crimen y la impunidad

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¿Y si en México hacemos un plebiscito por la paz? ¿Ganaría el “sí” o el “no”?

Definitivamente, en primer lugar no habría razón para una consulta de ese tipo. México no vive una guerra. No la ha vivido desde la Revolución Mexicana, primero y, después, desde la Cristera, entre 1926 y 1929.

El tema de un plebiscito por la paz fue noticia mundial durante semanas o meses por el conflicto en Colombia desde hace 52 años, principalmente, entre el movimiento Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Gobierno nacional.

Un conflicto surgido por cuestiones de política social en aquellos tiempos cuando imperaba todavía a nivel mundial la hegemonía de una Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas y un grupo de países aliados identificados como comunistas. Su peso político impactó en gran parte en muchas naciones de Latinoamérica e hizo cundir el activismo guerrillero. De los más representativos fueron los comandados por Fidel Castro y Ernesto, “El Ché” Guevara en Cuba en 1959, y los sandinistas en Nicaragua en 1979.

Otros intentos terminaron en desastre antes de tiempo. Hoy Cuba ha modificado su forma de interactuar, no su ideología, aunque ya se internó, otra vez, en algunos engranajes del capitalismo. Nicaragua nunca funcionó. Daniel Ortega, uno de los máximos dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional ha gobernado como cualquier otro dictador. De repente se olvidó de la democracia.

De Venezuela no hablamos. Extemporáneamente se introdujo también en la locura. Un militarismo puro iniciado por Hugo Chávez, al más fiel estilo de las dictaduras de derecha extinguidas en Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Guatemala y otras.

Otros han aprendido a luchar desde trincheras políticas y han logrado avances. Bolivia, por ejemplo. Todos estos movimientos en el rol de la Izquierda mundial.

El domingo pasado, la mitad de los colombianos y unos más, dieron otra lección al mundo, de esas sorprendentes. No endurecieron el corazón, ablandaron la mano: Dijeron “no” a la firma de la paz con las FARC.

El caso de Colombia es sui generis porque en medio siglo las FARC fueron evolucionando, ante la necesidad de subsistir, de una guerrilla con objetivos sociales definidos hacia un tipo de emporio mercantilista. Publicaba Caracol: “(Las FARC) se fortalecen como cartel del narcotráfico, revela informe de la Policía”.

Vaya, en Colombia no estaba a la vista ni en un año ni nunca el triunfo de ninguna revolución.

La maldición de la guerrilla fue haberse topado en la Historia con la aparición en su país del infierno del narcotráfico (los cárteles de Cali, de Medellín, principalmente) y de fraguar una alianza con él.

Colombia, como otros países envueltos en líos políticos y sociales, fue dando la vuelta y logrando un desarrollo sistemático. La vieja idea de conformar sociedades más humanitarias a través de las armas se fue diluyendo. Pero las FARC en lugar de disminuir, crecía.

Y sobrevivir se convirtió, mercantilmente, no solo en traficar droga haciendo el gran favor a los grandes capos colombianos, sino exigiendo a los ciudadanos el pago de “impuestos sobre el gramaje de productos, el robo de ganado, el pago por rescatar a civiles secuestrados, vacunas extorsivas (“impuesto revolucionario”), asalto a bancos, hurto de combustibles, extorsiones”.

Y la muerte cundía en toda la república colombiana. Se habla de 220 mil muertos en 52 años. Eso haciendo referencia a las FARC. Existen otros grupos guerrilleros con los cuales aún no negocia el gobierno, como el ELN, con menos identificación con los cárteles.

La cifra de víctimas nunca dejará de ser enorme, así se hable de medio siglo y no en tres años (1926-1929) de la Cristera en México en donde se habla de entre 200 mil y 300 mil muertos. Los menos escandalosos dan cifras de 50 mil. De los muertos en la Revolución Mexicana mejor ni hablamos.

Y entonces surgió en Colombia la necesidad de la paz, de terminar con la muerte inútil e imbécil. De la muerte prostituida y disfrazada de revolución social. Porque a la guerrilla y el narcotráfico, siguieron los grupos paramilitares. Hacían de todo, pero nada bueno.

Hoy los protagonistas principales son tres: El Presidente Juan Manuel Santos, el ex Presidente Álvaro Uribe y el líder de las FARC, Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”.

Uribe fue ahora el impulsor del “no” en el plebiscito tan esperado del domingo pasado, del cual nadie podría haber imaginado la negativa de la población a la expresión “paz”, palabra mágica, romántica, sin pasar nunca de moda, porque la paz es la tranquilidad.

Pero ocurrió.

A Uribe se le criticó mucho haber sido uno de los primeros en proponer la búsqueda de una firma de paz con la guerrilla cuando gobernó el país.

“El gobierno nacional estudiará la posibilidad de otorgar el beneficio de libertad condicional sin impunidad para los miembros de los grupos violentos implicados en delitos atroces, siempre y cuando se desmovilicen o realicen acuerdos de paz”, expresó hace 10 años.

Y más atrás, hace 36, también pensaba en la paz. Entonces publicó en el periódico El Mundo un excelente artículo (“La paz: Un concepto liberal”).

¿Por qué cambió de opinión e hizo cambiar a los colombianos de opinión?

Porque las FARC, con su metamorfosis, cayeron de la gracia de la ciudadanía, del pueblo, dicen ellos.

Existen testimonios de miedo de secuestros (cuyos plagiados duraban años, lustros, décadas, encarcelados, vejados, en la selva), de aseguramiento de fincas, de asesinato de legisladores. Testimonios de unos 4 millones de desplazados, de miles y miles de desaparecidos.

Una revolución no dura medio siglo. Una postura así se convierte en enfermedad. Lástima por los convencidos. Aunque también la pobreza imperante en Colombia daba la oportunidad a muchos de obtener un sueldo aliándose a las FARC.

Errores por todos lados. Primero de la propia revolución engañada. Luego la estrategia del Presidente Santos. ¿Primero firmar la paz (con una serie de reuniones en La Habana), y luego realizar un plebiscito?

En Colombia el resultado de la votación tiene dos vertientes. Primero, evitar la impunidad en 52 años de balas y muertos, por una u otra razón, pero, sobre todo, desde la simbiosis guerrilla-narco, dando nacimiento a la narco-guerrilla.

O, segunda, la aprobación de quienes rechazaron la firma de la paz para continuar con el sueño de una revolución instauradora del paraíso en donde el pueblo manda. Vaya, la instauración por la vía armada de un Estado más justo en el país, como es el viejo apotegma de la Izquierda. Pero, como se dice en México, ¿y el narco, apá?

Definitivamente el romanticismo de la guerrilla se acabó en Colombia.

¿Por qué ahora urge a “Timochenko” que la paz se haga realidad?

¿Retornarán las FARC a las montañas? ¿Quedan desprotegidos?

Para quienes ven solo un torneo de pulsadas entre Santos y Uribe, el asunto es más grave, más serio.

El lío hoy preponderante en Colombia es como hablar, sin ficción, de “Los Intocables” (“The untouchables”), aquellos encabezados en Estados Unidos por el agente federal Eliot Ness para enfrentar y acabar con la mafia. Pero también de “Los Imperdonables” (“Unforgiven”), destructores, desfiguradores, bandidos.

El triunfo del “no” en Colombia en el plebiscito por la paz es una alerta para aquellos grupos, incluyendo a los existentes en México, que escudados en una presunta ideología social se atribuyen el derecho de armarse y aliarse, muchos desde hace décadas, con el flagelo del narcotráfico, los cárteles, desviando una pretenciosa tarea política hacia el crimen y la impunidad.

¿Esto nos dice algo? ¿Nos conduce a Michoacán, Guerrero, Oaxaca?

¿Nos hace referencia sobre quienes con bandera de luchadores sociales incendian decenas de vehículos, queman edificios, destruyen oficinas, retan al Ejército, violan los derechos humanos de policías y maestros, atacan encapuchados, marchan y desfilan con un fusil en las manos frente a militares?

Lo ocurrido en Colombia es la lógica de una ciudadanía ya no tan fácil de engañar. Quien la hace la paga.

Aquellos movimientos limpios de rebelión social de los 50s y 60s, fueron carcomidos por los cárteles. México no es la excepción. Han creído que el fondo justifica la forma.

Están equivocados.

Moraleja: Cuando veas las barbas de las FARC cortar, pon las tuyas a remojar.

 

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